Árbitros a la nevera  (CRÓNICA)

Foto: ©Archivo Efe/Alfredo Aldai

Mandar a un árbitro a la nevera viene a ser como mandar a un crío de seis años al rincón de pensar: el niño suelta el silbato con el que llevaba media hora martirizando a sus progenitores, avanza arrastrando los pies hacia la zona de castigo, se rasca quizá una sien; cara a cara contra la pared, desenfunda un rotulador oculto y se pregunta: «Y yo… ¿yo qué pinto aquí?».

Más tarde o más temprano, sabemos que la volverá a liar. Está en la naturaleza de los niños improvisar trastadas, agarrar una pieza de LEGO y concluir que es una ocurrencia brillante escondérsela en un agujero de la nariz para fruición de los padres.

Del mismo modo, el colegiado que completa una actuación tan desafortunada como para que el Comité Técnico de Árbitros tenga que mandarlo a la nevera, probablemente repetirá errores sonados, como si también él, en la aplicación del reglamento —al igual que el niño usando sus piezas de construcción—, fuese lego.

Así que se arma la marimorena y para ‘sancionar a un árbitro’ se dice aquello de mandarlo a la nevera: «Ayza Gámez, un mes a la nevera» o «Muñiz Fernández, seis jornadas en la ‘nevera’».

Como se ve, esto del destino frigorífico genera cierta duda: ¿se escribe con resalte o puede ir sencillamente en letra redonda? Argumentos existen para defender ambas opciones.

Por un lado, el resalte quedaría justificado porque recurrir a una nevera como medida de escarmiento, tomado el sustantivo literalmente, parece cosa extraña: ¿quién en sus cabales, al descubrir una berenjena o una zanahoria en mal estado, decidiría cobijarla en la nevera un mes, a ver si al sacarla la hallaba lozana cual Aldonza? ¿Por qué, entonces, guardar en la nevera a un colegiado pocho?, ¿para conservarlo así?

Por otra parte, si el trencilla pretende imponer autoridad a fuerza de tarjetas y se solivianta enseguida, quizá sí suponga una cura mandarlo a una nevera, donde enfriará sus ánimos.

En cualquier caso, este giro se halla tan extendido en el ámbito futbolístico que puede interpretarse como una locución ya fijada, por más que no se encuentre aún en los diccionarios principales. Por eso, porque está asentada y cualquier aficionado la entiende sin dificultad, la opinión de quien escribe es que no precisa de cursivas ni comillas, de las cuales podría haberse prescindido en el segundo de los ejemplos anteriores.

En concreto, mandar, dejar o poner algo o a alguien en la nevera significaría ‘suspenderlo temporalmente como medida sancionadora o cautelar o para posterior consideración’. Se trata de un giro coloquial, que podría alternar con poner al árbitro en cuarentena.

De una forma u otra, lo importante es que los árbitros afinen el ojo y el criterio. Sin duda, también sería justo destacar con grandes titulares sus actuaciones sin tacha y alternar así reproches con refuerzos positivos.

Y, por supuesto, sería de agradecer que los jugadores no se enzarzaran en rifirrafes continuos ni simulasen agresiones ni se echaran mocos ni se intercambiaran insultos ni se escupieran ni se pisaran manos o muslos por lo bajini.

Sí, lo natural y loable sería que se comportaran como deportistas y no como meros perseguidores de triunfos, caiga quien caiga, olvidando a menudo que son ídolos sociales, modelos de conducta para nuestros hijos. El fútbol, para ser un espectáculo, depende de muchas piezas y, si no se cuenta con la colaboración de los futbolistas, la tarea de los árbitros, legos o no, será cualquier cosa menos un juego de niños.

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