Noticias del español

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| Arcadi Espada
El Mundo, España
Miércoles, 26 de septiembre del 2007

ZOOM: COMEN LENGUA

Cada cierto tiempo, y coincidiendo con necesidades administrativas, algún cómico de la lengua sale a la calle y da unas cuantas voces, siempre las mismas: ¡Las lenguas se mueren!


Uno de mis favoritos es el forense David Crystal, autor de un libro (¡Cambridge University Press!) titulado La muerte de las lenguas, el cual lleva a plantearse seriamente la posibilidad de que humana y técnicamente sea posible escribir más estupideces de un tirón, desde la primera, en la primera página, embutida en este impresionante apotegma: «Decir de una lengua que ha muerto es como decirlo de una persona». La muerte de las lenguas (síncope) es un floreciente negocio que cada vez tiene más promotores. El último, cuyas excrecencias leo en el terso blog de mujer-pez (mujerpez.blogspotcom) es un David Harrison que no duda en encadenarse a uno de los más queridos tópicos de la secta, que es el de equiparar la diversidad biológica y la lingüística, de modo similar a como Lacan equiparaba ecuaciones y psicoanálisis.

«Las lenguas están más en peligro que las especies de peces, pájaros o plantas», ha dicho Harrison. Desde luego no soy proclive a que me ciegue la pasión por los animalitos (siempre he apreciado una insoportable falta de correspondencia entre el cariño que el hombre siente por ellos y el que ellos sienten por el hombre), pero hay algo suavemente conmovedor en que un material biológico organizado de una manera determinada e irrepetible desaparezca engullido por un medio que se ha vuelto hostil. A pesar de que hay cerdos joselitos nacidos para ser jamón, no parece que los animales extintos hubiesen elegido ese destino de poder ser consultados. El instinto de cualquier ser vivo tiende a la supervivencia.

No es el caso de las lenguas, naturalmente. Porque las lenguas, una forma de respiración articulada, no son seres vivos y no tienen instintos. Son sólo una marca de vida, y más concretamente, de vida humana, pero confundirlas con un ser vivo es lo mismo que confundir un semáforo con una ciudad. Hasta tal punto esa confusión es falsa e inmoral que la muerte de las lenguas (una expresión por lo demás puramente metafórica,

porque las lenguas sólo se transforman) es un dictado del instinto de supervivencia humano. A diferencia de los animalitos, las lenguas se extinguen por un proceso de decisión voluntaria del hablante; muy parecido al que le lleva a abrir la boca para respirar y seguir comiendo.

Las lenguas mueren porque los hombres quieren vivir, y vivir mejor (de ahí que ninguna comunidad de hablantes abandone una lengua por otra menos útil), y porque el sentido del habla no está en el fetichismo de la diferencia sino en el favorecimiento dé la cooperación.

(Coda: «Los cuentos en yuchi hablan de la creáción del mundo a partir del agua, con la ayuda de un cangrejo. La tribu habria nacido a partir de una gota de flujo menstrual en el cielo». (Cada dos semanas muere una lengua, La Vanguardia, 25 de septiembre.)

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