Noticias del español

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| Francisco Ayala
El País (Madrid)
Miércoles, 16 de marzo del 2006

Z MAYÚSCULA

El escrito siguiente me ofrece una buena oportunidad para volver a ocuparme aquí de la Real Academia y de mi condición de académico. Forma parte de un volumen colectivo titulado Al pie de la letra. Geografía fantástica del alfabeto español, en el que cada cual debió fantasear o discurrir, según su genio y manera, acerca de la letra asignada al sillón que en su día, y por casualidad, le vino a caer en suerte. A mí me cayó la zeta mayúscula que, por ironía del destino, representa el sonido menos apropiado para mi dicción de andalús. Y así, el texto que redacté para el libro en cuestión presenta un tono ligero y humorístico muy en concordancia, de otra parte, con el ambiente de cordial amistad (oasis hoy día de civilizado respeto civil y buenas maneras) que domina entre los miembros de la Docta Casa.


La vida está llena de ironías, y una ironía de mi vida ha sido que la Real Academia Española me llevara a su seno para ocupar precisamente su sillón Z. Ironía amable y zumbona en esta ocasión. Pues esa letra -me preguntaba yo-, ¿qué podía significar para mí? Fue un caso enteramente fortuito, como si en un sorteo de rifa o lotería, inesperadamente, me hubiese caído como premio la letra zeta. ¿Por qué precisamente la letra zeta a mí? Un tanto aprensivo, me preguntaba entonces qué significaría tan azaroso premio; qué podría haber oculto detrás de ese punzante garfio, de ese amenazador garabato que me aguardaba, esculpido sobre mi cabeza, en el respaldo de mi simbólico sillón: la Zeda o Zeta, que así se llama. Intentaba repescar su imagen de entre la niebla de los recuerdos de infancia, y por lo pronto se me aparecía en ellos la zeta -aparte, claro está, la cartilla escolar y los palotes de los cuadernos de caligrafía- en los anuncios del papel de fumar Zig-zag y, con tamaño minúsculo, sobre los bidones del enérgico desinfectante llamado Zotal, entonces marca muy anunciada de un muy usado producto, cuyo olor parecía no quererse despegar de mi olfato hasta el día de hoy, cuando al final de una prolongadísima vida han debido irse sumiendo, sin embargo, en lamentable olvido tantísimos objetos menos triviales.

En cambio, las zetas del librillo de papel de fumar marca Zig-zag con cuyas hojas mi padre envolvía su tabaco negro, o la poderosa inicial del apestoso desinfectante, tan ostensible en la lata de donde yo vertía su denso líquido en un balde de agua para aseo de mis perros, son la misma emblemática letra con que debería ahora sentirme académicamente identificado… Aquellas asociaciones eran bastante pueriles; y mucho más pueril todavía lo era otra que también solía acudir a mi mente con intriga de jeroglífico al pensar en esas series ligadas de zetas que los dibujantes de tebeos o cómics hacen salir hacia arriba de la boca de sus personajes cuando quieren dar a entender que el monigote está dormido. Es éste un recurso expresivo que todavía encontramos incansablemente en las páginas de la prensa popular, y que hasta la fecha continúa causándome a mí una cierta curiosidad. Porque esas tiras de zetas enlazadas en escalerilla ascendente deben de querer representar, imagino yo, la decadencia de un cierto sonido, y este sonido no podría ser otro que el de los ronquidos del supuesto durmiente. Y ¿por qué encargar a una zeta reiterándola hasta el cansancio (¡a la letra ilustre de mi sillón académico, caramba!) de que represente un ruido tan áspero y, en verdad, tan desagradable, entre cómico e inconveniente, como es el que suele emitir la garganta de los descuidados dormilones? ¿Merece de veras la postrera letra del alfabeto español, mi pobre zeta, que se le adjudique tan denigrante oficio?

Más acá de esas puerilidades, la famosa zeta, la grande y misteriosa Z de La marca del Zorro, vendría luego, con las películas en serie y las novelitas de quiosco, a estimular mis fantasías adolescentes. Aquella inicial del Zorro sí que era una zeta misteriosa, heroica, llena de dinamismo subversivo, pero quizá tampoco muy compatible con la serenidad, el sosiego académico, que por principio se les supone a los inmortales…

Perplejidades tales acudían a mi mente cuando, a propósito de mi honorable zeta académica, evocaba las impresiones que el trazo de ese mismo signo evocaba en mí desde la remotísima infancia. Hay que decir que no todas esas impresiones arcaicas acudían ni acuden con el consabido encanto agridulce de las reminiscencias pueriles. Pues de aquel lejano entonces, recuerdo también alguna escena de mis días en la escuela primaria, donde el magíster acostumbraba acompañar los castigos, nunca leves, administrando a sus tiernos educandos el calificativo de zote. Aquel dómine era castellano, y la letra inicial de su improperio predilecto sonaba en nuestros oídos andaluces como un bofetón adicional… (A veces, la calificación de zote se alternaba con la de zopenco o la de zoquete. Y para qué decir las burlas, si daba la casualidad de que el infeliz de turno padeciera además la desgracia de ser zurdo o zocato.)

Aquí viene ya a cuento esa ironía de mi vida a la que comenzaba haciendo referencia: al ser elegido miembro de la Real Academia Española me había tocado ocupar en ella el sillón que me designa con esta letra cuyo sonido regular es por completo ajeno, en cuanto andaluz que soy, a mis hábitos verbales. «Última letra del abecedario español -enseña el diccionario oficial de la institución-, se articula como una s en que la lengua adopta posición convexa, generalmente predorsal, con salida dental o dentoalveolar del aire, y con seseo o indistinción fonológica respecto de la s». Así es, pues, como debe pronunciarse esta letra postrera del alfabeto español, y yo -pobre de mí- por más que lo intentara, no me daba maña para conseguirlo. Quizá lo lograría a veces, pero desde luego se me notaba el esfuerzo. En cuanto titular abanderado o alférez de una letra que no me es natural, y que sólo mediante forzada deliberación sale, Dios sabrá cómo, de mis labios, este andaluz debía de sentirse en cierta medida incómodo, como una especie de usurpador, en su sillón Z. ¿Con qué derecho podía sentarme yo en el sillón de la Real Academia Española coronado con la enérgica, altiva, arrogante, engreída, imponente zeta? ¿Acaso ello me obligaría de ahí en adelante a simular, con la inquieta vigilancia que es propia de todos los impostores, una pronunciación que no me pertenecía?

Sin embargo, el propio diccionario de la propia Academia sería quien se encargara de aliviar mis cuitas, ofreciéndome una piadosa coartada al reconocerle a la bendita zeta la posibilidad de una articulación distinta, y también legítima, «en casi toda Andalucía, así como en Canarias, Hispanoamérica, etcétera» (esto es, en la mayor extensión de los inmensos territorios donde nuestra lengua es usada por la inmensa mayoría de los hispanohablantes). Al admitir graciosamente la Academia que «considera correcta tanto la pronunciación interdental distinguidora como la predental seseante», me quitaba un peso de encima… A su indulgencia me acojo. La imponente letra de mi sillón académico no tiene, pues, por qué intimidarme. Yo puedo hacer de mi zeta un sayo, y todos contentos.

Esta licencia parecería invitar -o, si no, yo me la tomaré- a divertirme repasando la lista de palabras que en nuestro diccionario se alfabetizan bajo la inicial zeta, con la intención -algo maligna, lo reconozco- de comprobar si, como sospecho, esta sección del mamotreto alberga en efecto proporcionalmente más vocablos crudos o agrios o despectivos de lo corriente. Busco para empezar el término zahúrda; y ¿por qué es el primero que busco? Pues porque esa palabra guarda en mí desde la infancia una doble resonancia, a la vez familiar y literaria; en la lengua cotidiana la usábamos para significar el estado desordenado, desaliñado y extremadamente sucio de algún recinto; y por otra parte, Quevedo, con su autoridad clásica, me hablaba desde mi antología de bachillerato de las zahúrdas de Plutón. A punto fijo, ¿qué es, en fin, una zahúrda? Ahora, el diccionario me informa de que zahúrda equivale a pocilga, o sea «vivienda del cerdo». ¡No está mal!

Otra palabra. Reparo luego en la voz zapeo. Ésta es palabra nueva, un término de introducción reciente. Recuerdo la sesión académica plenaria en que por unanimidad la aprobamos con intención de castellanizar así el inglés zapping que se estaba haciendo ya demasiado frecuente en nuestro lenguaje usual. Al aprobarla, le atribuimos el significado de «cambio, normalmente reiterado, de canal de televisión, con el mando a distancia, en busca de un programa más atractivo». A este flamante sustantivo correspondió el verbo zapear, que a su vez podría servir también para el muy tradicional zape, «voz familiar que se emplea -según la define el diccionario- para ahuyentar a los gatos», de igual manera que el zapeo televisivo sirve para ahuyentar de la pantalla los programas indeseados. Debo advertir que nuestro viejo y popular zape, el grito usado para hostilizar a Zapirón, fue tradicionalmente aplicado por gente zafia para zaherir a los zarazas, gritándoles ¡zape, puto!, un uso indecente del que el diccionario no se hace cargo.

Pero, aparte zarandajas tales, mi repaso de la lista de palabras cuya inicial es una zeta parecería querer confirmar aquella previa impresión mía de que esta letra ampara una cantidad de términos degradantes, agresivos, ofensivos o simplemente negativos, mayor que ninguna otra de nuestro alfabeto. Piénsese, por ejemplo, en el mal nombre de la esquinera zorra desorejada, o en el del hediondo zorrino; en apelativos como zonzo, zamacuco, zángano, zangolotino, zanguango, zarrapastroso, zascandil, zopenco, zurrapa, zurupeto; en acciones o situaciones como zampar, zurrar, zipizape, zacapela, zapatiesta, zalagarda. Diríase que el duro sonido de la zeta quiere añadir crueldad (o crudeza, vigor y energía, si así se prefiere) al denuesto, al improperio, al insulto.

Con eso y todo, vengo a descubrir que a final de cuentas me he encariñado con la letra zeta; que a la fecha de hoy la zeta me ha conquistado o, mejor dicho, que me he adueñado de ella, y no consentiría ya que nadie me la disputase: ¡es la letra de mi sillón académico! Se ve que, en efecto, el roce engendra cariño. Quizá no era otro en definitiva el secreto que la suerte azarosa me deparó el día de mi elección o -permítaseme- entronización académica.

Este texto forma parte de De vuelta en casa, cuarta parte del libro Recuerdos y olvidos (1906-2006), de Alianza Editorial, que se reeditará a finales de este mes. La nueva edición incluye, además de nuevos textos, un nuevo prólogo y abundante material gráfico inédito.

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