Noticias del español

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| Óscar Ordóñez Arteaga
la-epoca.com, Bolivia
Lunes, 23 de abril del 2007

WILLIAM OSPINA: «QUE NUESTRA LENGUA SEA EXPRESIVA Y VIGOROSA EN LA ÉPOCA EN QUE VIVIMOS»

Que el español permanezca cinco siglos en América Latina no significa que haya colmado las expectativas de convertirse en un idioma pleno. Aún tiene abismos, tiene algunos vacíos y silencios. Sólo un diálogo con las lenguas nativas le puede ayudar mucho a encontrar sus raíces y a definir qué pasos habrá de seguir para consolidarse en el futuro.


Así, con esa reflexión sobre la mesa, el escritor y periodista colombiano William Ospina, quien acaba de participar en el IV Congreso internacional de la lengua española, comparte con los lectores de La Época sus reflexiones sobre los peligros que afronta el español y cuál la responsabilidad del periodismo frente al idioma.

Pero antes que nada, considera oportuno aclarar que el idioma español, como cualquier otro, está amenazado por dos grandes peligros: el orden y el desorden. En el primer caso, un exceso de rigidez normativa podría matar a nuestro idioma, lo convertiría en algo repetitivo, sin vida y no podría relacionarse con el mundo que lo rodea.

Pero también se corre el peligro de que el español viva un exceso de desorden. De ocurrir eso, no tendría pautas, criterios y normas con qué guiarse en el mundo de los idiomas. La demasiada flexibilidad de lo moderno podría provocar un desorden incalculable. Pero por suerte, dice el experto, el castellano o español siempre ha sabido sortear peligros y milagros a lo largo de la historia.

Periodismo cultural

¿Existe periodismo cultural en América Latina? William Ospina considera que esa frase es un juego de palabras, porque el periodismo forma parte de la cultura. Se suele llamar periodismo cultural aquel que escribe sobre acontecimientos artísticos. Pero se podría ir más lejos, se podría discutir, por ejemplo, cómo hacer más cultural al periodismo o cómo hacer más culto al periodismo. Es decir, cómo hacer que todo el periodismo incorpore más la reflexión, promueva el debate, la polémica, y consolide el conocimiento a la información cotidiana y a su labor corriente.

Amparados bajo esa idea, no hablaríamos de un periodismo cultural, sino de una relación más viva entre la cultura estética, la cultura literaria y el periodismo. Esto, a juicio de Ospina, fortalecería la calidad de periodismo en América Latina.

Pecado mortal de la anécdota

Se podría correr el riesgo de caer en el vacío de la anécdota, que no aporta información a la noticia. Pero Ospina nos explica que las anécdotas, tanto en la literatura como en el periodismo, no son necesariamente un lastre. Pueden serlo, pero por torpeza, no por definición ni por principio. Casi todo recuento de un hecho puede ser anecdótico.

En esa medida, el escritor considera que la literatura puede ayudar a que el periodismo sea más ágil, más expresivo, más rico y que el periodismo no se regodee demasiado en ejercicios de estilo que malogren su labor inmediata de informar con claridad, con sencillez, con similitud lo que ocurre.

Sería un error, dice Ospina, que un periodista juegue a ser James Joyce, cuando está escribiendo una nota, haciendo juegos de palabras y malabares sintácticos, pero no cree que un periodista se equivoque cuando trate de ser Dickens o García Márquez a la hora de hacer periodismo.

¿Invasión de anglicismos?

La evidente invasión innecesaria de algunas palabras del idioma inglés copiadas al pie de la letra por cierto periodismo de América Latina creó el riesgo de perder poco a poco palabras españolas con qué designar a los hechos que ocurren ante nosotros. Por ejemplo, calificamos a los accidentes de «serios» pero ya no de «graves» o «leves». ¿Qué hacer frente a ese problema?, le preguntamos al experto.

Es bueno estar alerta con los riesgos del manejo negligente que el idioma pueda tener, nos dice. Pero es imposible impedir que grandes fenómenos históricos se cumplan. El latín fue una gran lengua de civilización y de cultura, pero le llegó el día en que tuvo que desintegrarse en varias lenguas distintas (eso podría parecer en ese momento un retroceso, una agonía). Pero no, era el surgimiento de lenguas nuevas, y eso obedecía a un montón de fenómenos históricos muy complejos.

Nosotros no podemos legislar para el futuro, ¡quién sabe si en un siglo o dos, el español y el inglés se vayan a convertir en una sola lengua! Ya sea por el auge o por el impulso de la integración, de las migraciones, en fin…

Nuestro deber como periodistas, dice Ospina, es tratar que la lengua sea expresiva, vigorosa, en la época en que nos tocó vivir, y —en la medida que sea posible— conservar su pureza, pero toda pureza termina transformándose, y así como el mundo no se detiene, la realidad y la lengua no se detienen.

Las modas del lenguaje

Por otra parte, añade nuestro entrevistado, las modas no siempre llegan a configurar fenómenos profundos de la lengua. No basta que yo diga TQM para reemplazar «te quiero mucho». Eso no llegará a ser un hábito de la lengua. Los pueblos en eso son muy sabios y aceptan nuevas palabras, cuando sienten que son necesarias para expresarse.

Permítame contarle algo curioso: Hoy «TQM» nos parece una sigla, y como tal la vemos con cierta dignidad. Sin embargo, hace siglos, la palabra cadáver, que hoy es una palabra muy inquietante, era originalmente una sigla que significaba «carne dada a los gusanos». Y de esa sigla, alguien empezó, por razones médicas, a no decir «carne entregada a los gusanos» sino cadáver. El genio popular la aceptó. O tal vez, había una ausencia de cómo nombrar al cuerpo de un muerto. Toda innovación en el idioma triunfa cuando verdaderamente el genio de la lengua, que es la comunidad, la acepta.

Por último, Ospina dice que no basta que alguien se invente un modismo para que éste se imponga. Las modas en las que habla la juventud, y que tanto alarma a sus padres, no pasan de una generación. Esas modas no se integran de una manera definitiva a la lengua, salvo si el genio del idioma lo entiende así y lo acepta. Tal vez por eso, Nietzsche tenía razón cuando dijo que es más fácil romper una piedra que una palabra.

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