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| Edmundo Moure Rojas
lacomunidad.elpais.com, España
Viernes, 1 de agosto del 2008

VIDA Y ESPLENDOR DEL LENGUAJE

Las palabras no son relicarios,


sino corazones vivos... Ramón del Valle-Inclán


Las palabras contienen en sí mismas un mundo que va más allá de sus significados específicos, porque ellas fueron originadas como seres vivos y su historia está hecha de hallazgos y sorpresas…

Ramón del Valle-Inclán escribió, en La Lámpara Maravillosa: «Los idiomas son hijos del arado. De los surcos de la siembra vuelan las palabras con gracia de amanecida, como vuelan las alondras… Los idiomas son hijos del arado y de la honda del pastor. Caín tuvo labranzas y rebaños Abel. Labranzas y ganados ocuparon la mente del hombre en el albor del mundo, después de la caída. ¡La mente del hombre ya estaba llena de la idea de Dios! Así advertimos en las más viejas lenguas una profunda capacidad teológica, y una agreste fragancia campesina… Y en el latín galaico cantan como en Geórgicas las faenas del campo con mitos y dioses, presididas por las fases de la Luna, regidora de siembras, de ferias y de recolecciones. Tres romances son en las Españas: Catalán de navegantes, Galaico de labradores, Castellano de sojuzgadores…»

Y agrega el hijo de Vilanova de Arousa: «El pensamiento toma su forma en las palabras, como el agua en la vasija. Las palabras son en nosotros y viven por el recuerdo con vida entera, cuando pensamos. La mengua de nuestra raza se advierte con dolor y rubor al escuchar la plática de aquellos que rigen el carro y pasan coronados al son de los himnos. Su lenguaje es una baja contaminación: Francés mundano, inglés de circo y español de jácara. El romance severo, altivo, grave, sentencioso, sonoro, no está ni en el labio ni en el corazón de donde fluyen las leyes. Y de la baja sustancia de las palabras están hechas las acciones… Toda mudanza sustancial en los idiomas es una mudanza en las conciencias, y el alma colectiva de los pueblos, una creación del verbo, más que de la raza…»

Toda lengua es dinámica, como la vida del hombre, y evoluciona y cambia con nuevas generaciones. En las últimas tres décadas el salto tecnológico es gigantesco, e ingentes necesidades de expresión y comunicación incorporan numerosos vocablos y conceptos, la mayoría de ellos de origen sajón o germano, pues los idiomas latinos (romances) han sido más renuentes al cambio, revelando, de paso, una menor disposición creadora en el desarrollo de la tecnología. Y ante la eclosión de tales realidades cabe preguntarnos: ¿Qué ocurrirá con idiomas tan multitudinarios como el chino o el hindú, ahora que sus pueblos se incorporan al desarrollo contemporáneo y progresan a ritmo vertiginoso? La lengua de Castilla vivió un proceso parecido, durante los ocho siglos de convivencia con el árabe. Así, su acervo ofrece gran cantidad de palabras de origen arábigo, especialmente en las artes, la arquitectura, la agricultura y el comercio, donde los hijos de Allah fueron brillantes adelantados; muchos de aquellos vocablos, por desgracia, se perdieron en el abandono de sus oficios milenarios, cuando la España fundamentalista cometiera la aberración histórica de exiliarles de Al Andalus…

El castellano nuestro, de Chile, herencia de conquistadores torvos, de frailes escolásticos y de barrocos letrados, diluido con vocablos mapuches y expresiones mestizas, está lleno de frases, refranes y modismos de origen agrario, pese a que nuestra existencia es, desde hace medio siglo, mayoritariamente citadina. Así, decimos y escuchamos decir: «Cosechó lo que había sembrado»; «más vale pájaro en la mano que ciento volando»; «el ojo del amo engorda el caballo»; «aró por el suelo» (cuando alguien cae cuan largo es); «esto es el colmo» (cuando algo nos rebasa, como el colmo del trigo, que es la paja sobrante de la malla, venteo o trilla); «se acuesta con las gallinas y se levanta con las diucas» (por quien se recoge y levanta temprano); «anda a salto de mata» o «a palos con el águila» (quien tiene escasos medios económicos); «siembra vientos y cosecha tempestades»; «puso la carreta delante de los bueyes»; «una golondrina no hace verano», «a buey viejo, pasto tierno»; «sacó las castañas con la mano del gato»… Y no sigo, paciente lector, que luego se me acusa de «dar la lata» o de «emborrachar la perdiz»…

En mi segundo viaje a Galicia, julio de 1985, con ocasión del Congreso «Rosalía de Castro e o seu tempo» —¡que veinte años no es nada!— compartíamos la cena con Eladio y María, en la Casa de A Touza, mi amigo chileno y cisternino, José López y quien escribe… Era sábado por la noche, y pregunté a Eladio: ¿A qué hora hay misa mañana en Vilaquinte?, y enseguida: ¿oficia el cura en gallego o en castellano? Eladio me respondió, con su voz suave y dulce: En castelán, que eiquí os curas non falan en galego…

José López intervino: ¿Y en qué idioma hablará Dios?… Se hizo un silencio, quebrado luego por María, quien pareció responder, dejando la marmita donde cocinaba para abrir la ventana que daba al huerto… Como si brotara de los oscuros labios de la noche de verano, nos llegó el rumor fresco del campo, el tamborileo de una lluvia intempestiva, un canto de curuxa desde el campanario de la iglesia, y lejanos ladridos de alborotados canes de palleira…

Sin proferir palabra, con sencillo gesto campesino, María nos había respondido, en honda y atávica elocuencia: «Sí, la voz de Dios es la que nos habla en el inefable idioma de la Tierra».

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