Noticias del español

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| Jesús Hernández
La Opinión-El Correo de Zamora, Zamora (España)
Martes, 19 de septiembre del 2006

VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA: «LA NORMA NO ES UNA DECISIÓN CAPRICHOSA DE LA ACADEMIA»

«La Lengua española no es una propiedad exclusiva de España o de cada uno de los países, sino un condominio»


Víctor García de la Concha (Villaviciosa, Asturias, 1934) es director de la Real Academia Española desde diciembre de 1998. El catedrático y ensayista —estudios sobre Santa Teresa, el Lazarillo, Garcilaso, León Felipe, Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala, la poesía española de posguerra…— preside la Comisión Interacadémica. Y no se quedó en Madrid. Ha venido a Zamora. Para trabajar como uno más en el análisis de la Lengua que, con singularidades, une a los hispanohablantes.

¿Sin normas, no hay vida lingüística?

– Desde su fundación, y va ya para tres siglos, la Real Academia Española y las instituciones que después nacieron como correspondientes de aquélla tuvieron reconocida la autoridad normativa. Es decir, la de fijar cuál es la norma del uso correcto de la Lengua en sus distintos niveles. Y esto es algo que lo propios hablantes quieren como referencia, para saber si lo que dicen es acorde. Pero la norma no es una decisión caprichosa de la Academia. Esta consagra lo que resulta normal en el uso de los hablantes, y que no contradice a lo que se llamaba antes el espíritu de la Lengua. Por tanto se declara norma aquello que resulta normal entre los hablantes cultos medios. Y, de acuerdo con ellos, se establecen niveles: se dice «esto es correcto en el uso coloquial y no lo es tanto en el formal».

¿Y no resulta aventurado afirmar, como se acaba de hacer, que «será una Gramática vanguardista»?

– Yo no he utilizado ese término, sino Gonzalo Santonja. Y creo que él estaba refiriéndose a la metodología de trabajo: El hecho de que 22 academias son capaces de construir un método de trabajo mancomunado y que los textos son discutidos de la primera a la última línea. Esto puede recibir, de una manera convencional, ese término… Ciertamente, sí es algo muy nuevo.

Se quiere realizar una Gramática del Español Total, con el reconocimiento de variedades y características. No es mala tarea.

– Se reconoce, se asume que el español se realiza con una gran unidad sintáctica. Una de las grandes sorpresas del estudio —llevamos diez años en ello— ha sido ésta: comprobar que la unidad del español es mucho más ancha de lo que pensábamos. Y se recoge esa unidad básica y, también, la variedad.

Sin unas normas estrictas y definidas, ¿existe el peligro de disgregación del español?

– Hace tres años vino a visitarme un destacado integrante de la delegación general para la lengua francesa, adscrita a la presidencia de la República de aquel país, para preguntarme cómo hemos puesto en pie la hispanofonía. Le dije: «Esa palabra no existe». Pero disponer de esa red de Academias, que trabajan de manera unida, es una verdadera bendición, resulta un instrumento formidable de refuerzo de la unidad. Eso hace que todos seamos conscientes de dos cosas: la Lengua no es una propiedad exclusiva de España o de cada uno de los países, sino un condominio, y, también, derivado de eso, todos tenemos una responsabilidad comunitaria. Nosotros hemos de estar abiertos al enriquecimiento en esas variedades y cada uno de los pueblos hispanohablantes deben hacer lo propio.

¿La sociedad española se desentiende del bien hablar?

– Hay etapas sociales en las que se da un mayor cuidado por el modo de hablar. No estamos en un periodo en el que, efectivamente, se cuiden mucho las formas de expresión. Como tampoco se cuidan en exceso las formas sociales en otros campos. Y van muy unidas. O, por lo menos, pueden ir unidas… Es preocupante, ciertamente, el uso empobrecido que los jóvenes hacen del gran patrimonio de la Lengua. Muchos tienen, hoy, dificultades de expresión. A veces, básica.

¿Y eso sucede…?

– Porque vivimos en una sociedad donde predomina lo audiovisual, lo pasivo. Muchos jóvenes son incapaces de construir una oración con sujeto, verbo y complemento directo. Eso es un fallo del sistema educativo. Estamos en un ambiente social que no favorece el cuidado que debemos tener por la Lengua. El bien hablar, el dominio más rico de aquélla, no es una cuestión solamente de ornato cultural. Se trata de un problema que afecta al ser de la persona. Es más libre quien posee una capacidad lingüística mayor. Porque eso significa una superior comprensión y expresión.

Otro académico, Francisco Rodríguez Adrados, nos decía que el castellano corre peligro de convertirse en Lengua de segunda clase en algunas Autonomías españolas, como Cataluña. ¿Exagera?

– Hay que discernir entre grupos de hablantes. La Real Academia ha defendido siempre el bilingüismo. España es un país que tiene la riqueza de la variedad lingüística: cuenta con la Lengua castellana, denominada por excelencia española, y con otras.Y, en este punto, la Academia fomenta el bilingüismo. Es decir, que una persona que vive en Cataluña sea capaz de hablar en catalán y en castellano. Y lo mismo en el País Vasco. El bilingüismo no es una utopía, sino un objetivo verdaderamente posible. La primera voz que se alzó frente a la persecución de la Lengua catalana en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera fue la de la Real Academia Española, con Menéndez Pidal a la cabeza.

«Memoria histórica». Lingüísticamente, ¿una aberración?

– Es uno de esos términos que se acuñan en el lenguaje sociopolítico, y para unos significa una cosa y para otros equivale a lo distinto. Son expresiones que van decantándose y quedándose en su justo punto. Sin embargo, la Academia nunca entra en cuestiones políticas.

Puede aprenderse mucho de ellos. ¿Por qué los clásicos interesan tan poco a los españoles?

– Yo no diría eso. Acabamos de celebrar el cuarto centenario de a publicación de la segunda parte del Quijote, en el 2005, y mire usted la cantidad de ediciones vendidas, aunque eso no quiere decir que todos los que adquirieron el libro después lo leyeron completo. Pero eso significa algo. El Quijote de las Academias vendió, en el mundo hispanohablante, 2.200.000 ejemplares. Y sirvió, como cabeza de tren, para que se realizasen otra serie de ediciones, muchas de ellas muy buenas, que también dispusieron de amplísima difusión… Puede tener algo que ver con la enseñanza. Hay una conciencia generalizada, en España y en otros países del área románica, y de Europa en general, de que debe volverse a una educación más humanística.

El Espacio Europeo de Estudios Superiores está ahí. ¿Sabemos qué modelo de universidad queremos?

– Los alumnos que acceden ahora a la universidad tienen un nivel de preparación muy inferior al que disponían los estudiantes de hace treinta o cuarenta años. Pero hay que distinguir: existen grupos de investigación que trabajan muy bien. Las generalizaciones siempre son peligrosas. Se ha realizado un esfuerzo para el acceso de todo el mundo a la universidad. Eso no es, en sí mismo, reprobable. Al contrario. Pero esa multiplicación ha podido generar improvisaciones. El cambio tan frecuente de normas y sistemas no es bueno. Sin embargo, yo no me atrevería a formular un juicio tan absolutamente negativo. Hay que establecer muchas distinciones, entre universidades y facultades.

El sobrio escenario, austeramente digno

El escenario, éste: un salón del Parador Nacional de Turismo, recogido, de pocos metros cuadrados -pocos, pero suficientes; no se quiere más-, en un esquinazo del antiguo palacio zamorano. Con varias mesas se ha formado algo así como un cuadrado. Hay 16 sillones. Todo muy austeramente digno. Sobre los tableros, algunos instrumentos de trabajo, como la Gramática descriptiva de la Lengua, el Esbozo de una Nueva Gramática…, el Diccionario panhispánico de dudas, el de la Docta Casa y la Gramática Española de 1931. En un rincón, también, un ordenador. Lingüistas y filólogos, académicos y asesores, tan sabios en la cosa, no requieren más. Los altos presupuestos quedan para otros. La intendencia de Condes de Alba y Aliste ha dispuesto algunos platillos, con pequeños caramelos. ¿Para que, al final, la palabra, justa y certera, deje el mejor sabor de boca? Puede ser. No resultaría mala norma… Ellos, como monjes de aquellos, o como estajanovistas de los otros, a lo suyo: al «labora». Nada libresco.

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