Noticias del español

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| Pilar Rubiera
La Nueva España (Oviedo, Asturias)
Miércoles, 31 de mayo del 2006

VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA. DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (RAE): «VEO PERMANENTEMENTE LA GRAN UNIDAD DEL ESPAÑOL Y SU EXPANSIÓN»

«Juan Ramón Jiménez es uno de los pocos universales de nuestra literatura contemporánea»


El Diccionario de la Real Academia Española define revolución, en una de sus acepciones, como un cambio rápido y profundo en cualquier cosa. Víctor García de la Concha, asturiano de Villaviciosa, ha transformado la Academia, que dirige desde 1998. Él suele atribuir el mérito de la modernización lingüística y tecnológica de la institución a su antecesor, Fernando Lázaro Carreter, con el que ocupó el cargo de secretario. Y siempre afirma que la unión de todas las academias en defensa del español —la RAE, las de América y la de Filipinas—, que hoy se traduce en una política idiomática común, es una idea del Rey. Pero nadie duda de que su impulso ha sido esencial. Filólogo apasionado y trabajador incansable, no conoce el aburrimiento. Preside el jurado que hoy fallará el «Príncipe de Asturias» de las Letras.

Siempre ha escrito y leído muchísimo. ¿Continúa haciéndolo?

—Hay tiempo para todo. Lo último que he escrito fue una lección densísima que hice el pasado miércoles en el I Simposio sobre Juan Ramón Jiménez, con motivo de los 50 años de la concesión del Nobel al poeta. Lo he titulado «El modernismo que va por dentro», una expresión que dijo Rubén Darío cuando leyó los primeros libros de Juan Ramón. Le dijo: «Usted va por dentro». Decía Amado Nervo que hay dos tipos de poetas, los que miran hacia afuera y los que lo hacen hacia dentro. No es casual que Juan Ramón Jiménez destinara su poesía a la inmensa minoría.

¿Son más grandes los que miran hacia dentro?

—Conocí a Juan Ramón Jiménez de mano de Ricardo Gullón, buen amigo, a quien yo habría de suceder en el sillón de la Academia. Fue Gullón quien en la posguerra con voz más alta protestaba de que se olvidaran de que el gran poeta universal de la literatura española contemporánea era Juan Ramón Jiménez. Gullón me convenció para que fuera a trabajar al archivo de Riopedras, en el que se guardan más de 50.000 papeles de Juan Ramón Jiménez. Cuando volví empecé a enseñar en la Universidad española, en Zaragoza, y entonces apenas se prestaba atención a Juan Ramón. Más tarde, un discípulo muy cualificado, Javier Blasco, tomó la antorcha e hizo la tesis sobre el poeta: «La poética de Juan Ramón Jiménez», y fue creando escuela. Juan Ramón Jiménez es uno de los pocos universales de la literatura y específicamente de la literatura española.

¿Qué le atrae de la novela Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, sobre la que ha escrito otro estudio?

—Me parece que no ha sido justamente valorada y no debo estar muy equivocado porque recientemente el New Yorker le ha dedicado nada más y nada menos que cuatro páginas.

¿Por qué ha sido así?

—No es una novela fácil, es una novela de novelas. Define una cosa que a mí me interesa mucho en la literatura contemporánea, un espacio simbólico que no está explicitado en el discurso novelístico pero que está ahí, es decir, que todo hombre es Sefarad, que su vida es destierro, alienación y eso en esta novela es una construcción memorable.

La Academia prepara más diccionarios y una gramática. ¿Todo en colaboración con el resto de las academias?

—En noviembre aparecerá el Diccionario Esencial de la Lengua Española, que selecciona lo más vivo del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), unas 50.000 entradas. El DRAE quiere y debe ser un diccionario del español universal, de Guatemala a la Patagonia. También hemos puesto en marcha el Diccionario Histórico, un proyecto de quince años que va a movilizar a mucha gente y que coordina José Antonio Pascual. Aparte de la labor de actualización y enriquecimiento permanente, ahora estamos muy centrados en la gramática.

¿Cuál es el reto de esta nueva gramática?

—La última edición de la actual es de 1931 y ésa, en realidad, repetía la de 1917. Es verdad que en los años setenta publicamos un esbozo. El gran reto es hacer una gramática que por primera vez va a ser una realización del español total, tanto del europeo como del americano. Y además tiene que responder a todas las cuestiones que los estudios gramaticales han ido planteando. Las academias están respondiendo. El ponente es Ignacio Bosque.

¿Qué es lo más difícil en la realización de todo este trabajo conjunto entre academias?

—Hoy, en la dirección de la Real Academia, ocupa una grandísima parte todo lo relacionado con la presidencia de la Asociación de Academias, somos 21, cada una con sus problemas. Los beneficios económicos los repartimos ex aequo entre todos, y eso es signo de una fraternidad verdadera. Las academias de Honduras o Nicaragua reciben lo mismo que la de España o México. En las reuniones de la RAE raro es el jueves que no asiste un presidente de alguna Academia, la pasada semana asistió el de la República Argentina. Las academias americanas están absolutamente presentes y la RAE ha impulsado esta unión con absoluta convicción.

¿Esa unión lingüística ayuda a la política?

—En esta vida todo empieza y termina en las personas. El Diccionario panhispánico ha sido un logro de cada uno y de todos en su conjunto. Esa trabazón de unidad del idioma es un valor y trasciende con mucho el campo de las lenguas y se convierte en una labor de Estado de primer orden. El gran impulsor de esta unión ha sido el Rey. La lengua está por encima de los problemas bilaterales.

La gran expansión del español y su unidad contrastan con su marginación en la enseñanza en el nuevo Estatuto catalán.

—Yo lo que estoy viendo permanentemente es la gran unidad del español y su expansión, que no se hace sin problemas, porque nuestra lengua tiene dificultades en los campos científico y diplomático. El español vive y convive con otras lenguas no sólo en España, también en América. La visión de América es importante. Guatemala, por ejemplo, tiene veintitrés lenguas, veintiuna de la familia maya. El español se usa en muchos de los casos como lengua de comunicación. Las academias proclaman una política muy clara, la del bilingüismo. Cuando Primo de Rivera prohibió el catalán, la primera voz que se alzó en su defensa fue la de Ramón Menéndez Pidal, como fue la primera que se oyó cuando los nacionalistas catalanes se excedieron en sus medidas contra el castellano. Rechazar el español sería un empobrecimiento, no sólo ya por razones de nación, porque España es una nación. La literatura española es una literatura de maridaje continuo de lenguas. Cervantes es un ejemplo. Dos de cada tres universitarios norteamericanos eligen el español como segunda lengua. Y lo eligen porque les es útil, porque les permite entrar en contacto con una comunidad de hispanohablantes de 400 millones de personas.

En los últimos años ha viajado mucho a los países de América Latina. ¿Cómo es nuestra relación con ese continente?

—La mejor idea sobre este asunto, que suscribo plenamente, se la oí a Felipe González en una entrevista en televisión, y decía que España sólo se entiende bien desde América. Yo que soy un converso a esta línea de interés por lo hispanoamericano, porque antes era de tendencia más bien europea, cuando he conocido América he comprobado que González tiene razón.

¿Qué está leyendo el director de la Real Academia?

—Estoy leyendo la nueva traducción que Javier Marías hizo de El espejo del mar, de Joseph Conrad. Había leído ya el libro pero lo tenía perdido en el recuerdo. Estoy releyéndolo y paladeándolo porque es una prosa que hay que paladear.

¿Cuántos sillones vacíos hay en la RAE?

—Dos, el de Lázaro Carreter, que se va a cubrir inmediatamente, y el de Julián Marías.

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