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| Marco Schwartz (tomado de la revista Salomón)
eltiempo.com, Colombia
Martes, 10 de julio del 2007

VIAJE POR EL JUDEOESPAÑOL, UNA LENGUA OLVIDADA

En el reciente festejo al idioma castellano en Cartagena, nadie pareció percatarse de que faltaba alguien muy importante en la lista de invitados: el 'ladino'.


Filólogos, intelectuales y escritores de todos los rincones de Iberoamérica pronunciaron discursos floridos sobre la potencia y el futuro promisorio de una lengua que hablan más de 400 millones de personas. En medio del jolgorio, nadie pareció percatarse de que faltaba alguien muy importante en la lista de invitados: el judeoespañol. Esa lengua rebosante de poesía y nostalgia que los judíos de España cargaron, no en sus baúles, sino en sus corazones, cuando los Reyes Católicos decidieron su expulsión.

«El meoyo del ombre es una tela de sevoya», dice un refrán judeoespañol. Sí: tal vez por eso, porque el cerebro del hombre es tan débil como una capa de cebolla, nadie recordó en la fiesta iberoamericana aquel viejo idioma de profundas raíces castellanas, que hoy, con poco más de 200 mil hablantes, lucha heroicamente contra la amenaza de extinción. En este artículo intentaremos subsanar esa omisión imperdonable.

Una lengua con historia

El 31 de marzo de 1492 se produjo uno de los acontecimientos más dramáticos en la atormentada historia del judaísmo.

Ese día, los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, aconsejados por el inquisidor general Tomás de Torquemada, promulgaron el edicto de expulsión de los cerca de 600 mil judíos que vivían en España.

Tres meses antes habían derrotado para siempre a los musulmanes, con la victoria de Granada sobre Boabdil. Había llegado el momento de someter a la península a un proceso de «limpieza de sangre». Aunque la orden de destierro excluía a aquellos que se convirtieran al cristianismo, la inmensa mayoría de los sefardíes optó por el exilio.

Algunos historiadores sostienen que los que se marcharon fueron un tercio, otro tercio se convirtió, y la tercera parte restante pereció a manos de la Inquisición. Sea como fuere, casi todos los exiliados fueron recibidos con los brazos abiertos por el sultán Bayaceto II del Imperio Otomano, quien, según la leyenda, puso en duda la inteligencia de los Reyes Católicos por haberse desprendido de la laboriosa población judía.

De ese modo se formaron importantes comunidades sefardíes en Salónica, Esmirna, Constantinopla, Bosnia, El Cairo y Jerusalem. Otros se establecieron en Marruecos, en Holanda —país con una larga experiencia de tolerancia— y en algunos países de Europa Central.

Se marcharon con las escasas pertenencias materiales que les permitieron las precipitadas circunstancias: los Reyes Católicos les habían concedido tan solo cuatro meses de plazo para que abandonaran sus dominios, que incluían la España peninsular y otras posesiones, sobre todo en el sur de Italia. Ello no impidió que se llevaran a cuestas un tesoro de valor incalculable. Un tesoro etéreo, que pasaría hoy desapercibido para el más sofisticado sistema de detección de metales. El idioma.

Tres variantes

Para entender en qué consiste el idioma de los judíos españoles hay que aclarar, antes que nada, que los estudiosos distinguen tres variantes de esta lengua: el ladino, el djudeo-espanyol y el haquetía.

El ladino, argumentan, surgió de la costumbre de los rabinos de traducir los textos bíblicos al castellano. A ese trabajo se le denominaba «fazer en latino». Con el paso del tiempo, ese latino derivó en ladino. De acuerdo con algunos expertos, el término ladino debe aplicarse en exclusiva a la traducción estrictamente literal de los textos sagrados hebreos al español de la Edad Media.

El investigador Jacobo Hassan lo ilustra con el siguiente ejemplo. En el libro del Deuteronomio figura este versículo en hebreo: «Haesh hagdolá hazot». Nosotros lo traduciríamos hoy como «Este fuego grande». Pero su traducción en ladino es: «La fuego la grande la ésta». Como se ve, se mantiene el género femenino en hebreo de fuego y se respeta, en general, la sintaxis hebrea.

Mientras el ladino consiste en calcar al castellano los textos sagrados hebreos, el judeoespañol (o djudeo-espanyol, en su grafía más aceptada) se refiere a la lengua de la comunidad sefardí del destierro, en su manifestación oral y escrita, tanto en lo que respecta a textos religiosos como seculares. La gente del común, sin embargo, no presta atención a estas distinciones eruditas y lo llama a todo ladino.

Caso aparte —y más insignificante en cuanto a número de hablantes— es el haquetía, lengua de raíces españolas que desarrollaron los judíos establecidos en Marruecos y que contiene una fuerte influencia del árabe. En la España de hoy, algunos judíos que han regresado en los últimos treinta o cuarenta años desde Marruecos hablan o chapucean el haquetía.

Hablando desde el destierro

Para una mejor comprensión de la historia del judeoespañol es preciso saber que los judíos expulsados de los dominios de los Reyes Católicos hablaban predominantemente castellano, pero muchos se expresaban en otras lenguas de la península ibérica, como catalán, gallego, aragonés o portugués. Y otros judíos hablaban italiano o provenzal, porque residían en posesiones extraterritoriales de la Corona Española.

Así, en las primeras comunidades de desterrados no era raro oír hablar en todos esos idiomas. Sin embargo, los judíos de Castilla y Andalucía, mucho más numerosos, impusieron la hegemonía del castellano y el declive de las demás lenguas, que, sin embargo, dejaron su huella arcaica en el judeoespañol. Por ejemplo, ningu (ninguno, en catalán), ayinda (todavía, en gallego), luvya (lluvia, en aragonés) o lavoro (trabajo, en italiano).

El árabe también se filtró en el judeoespañol —maraman, servilleta; kebab, carne asada—, no solo porque ese idioma ya estaba presente en la península como consecuencia de siete siglos de dominación musulmana, sino porque los sefardíes lo volverían a encontrar en el destierro, en algunas regiones del imperio otomano. Y, por supuesto, los judíos incluían en su lenguaje cotidiano numerosos hebraísmos. Utilizaban palabras originales, como séjel (inteligencia) o brajá (bendición). También, palabras inventadas a partir del hebreo, como malsín (mentiroso), procedente de lashón (lengua). Incluso adaptaron términos españoles a la gramática hebrea: ladronim (ladrones) o haraganut (condición del haragán).

En los Balcanes se asentaron las comunidades más numerosas de exiliados. En la ciudad de Salónica, la congregación sefardí llegó a representar el 65 % de la población total. Su presencia era tan avasalladora que el judeo-español se adoptó como lengua franca en el comercio y en las relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes.

El español de los sefardíes se conocía en el Imperio Otomano con el nombre de yahudice (judío, en turco). Se cuenta que un diplomático otomano que visitó España en el siglo XVII envió una carta a su emperador, en la que le comunicaba con evidente sorpresa: «Curiosamente, en España han adoptado la lengua de los judíos de nuestro imperio». El arraigo en los Balcanes incorporó con el tiempo nuevos términos al judeo-español, esta vez del turco (boyadear, pintar) y el griego (papu, abuelo).

En siglo XIX se produce un cambio radical en el destino del judeo-español. El movimiento emancipador de la Revolución Francesa dio derecho a los judíos de participar en la vida pública. El mundo sefardí se secularizó, se intensificaron las migraciones, y la vieja lengua quedó progresivamente relegada al ámbito familiar. Algunos sefardíes cultos, propensos de la occidentalización, afrancesaron el idioma judeoespañol y dejaron de lado la herencia turca. Ingresaron así palabras como çesmis (camisas), trezor (tesoro) o capeo (sombrero).

Entre 1880 y los años 30 del siglo XX, el auge de los nacionalismo ejerció fortísimas presiones sobre los sefardíes para que abandonasen su arcaico idioma en favor de la lengua de sus Estados de residencia. Curiosamente, esos años coinciden con el mayor ímpetu de las comunidades sefardíes, debido en parte a su desarrollo demográfico, y se produce una especie de primavera del judeoespañol, con publicaciones de novelas, traducciones de obras europeas, representaciones teatrales, etc. Las corrientes migratorias de los sefardíes generaron numerosas variantes dialectales del judeoespañol. Sin embargo, siempre se conservaron los principales rasgos fonéticos del castellano del siglo XV.

El declive de la lengua

Dos acontecimientos marcaron el declive del judeoespañol en el siglo XX.

El primero de ellos fue el holocausto nazi, que exterminó comunidades enteras de judíos, entre ellas la otrora esplendorosa congregación de Salónica. El otro fue la creación del Estado de Israel, donde se forjó una nueva identidad judía que encontró en el renacido hebreo su idioma común.

En apenas un puñado de años, la hermosa lengua sefardí perdió cerca del 90 % de sus hablantes. En la actualidad, unas 150.000 personas aún saben expresarse en judeoespañol. La mayoría reside en Israel, donde la Autoridad Nasional del Ladino publica la revista Aki Yershushalayim (www.akiyerushalayim.co.il) y emite un programa en Kol Israel.

A su vez, Radio Exterior de España transmite desde hace más de 20 años el espacio Bozes de Sefarad. En Turquía quedan unos 15.000 hablantes de judeoespañol.

Los sefardíes solían escribir el judeoespañol en 'caracteres Rashi', como se conoce un estilo peculiar del alfabeto hebreo desarrollado por el sabio francés rabi Shlomo Itzjaki del siglo XI, más conocido por su acrónimo Rashi. Algo parecido sucede con el yídish: se escribe con caracteres hebreos, pero el núcleo del idioma es alemán.

Con el paso del tiempo, y como resultado de migraciones a otros países europeos, los sefardíes empezaron a adoptar los caracteres latinos para escribir el judeoespañol, según explica en un estudio la profesora estadounidense Rifka Cook. Hacia 1929, la revolución laica en Turquía prohibió la publicación de libros o periódicos en caracteres distintos al latino, lo que asestó la estocada de muerte a la escritura Rashi.

En 1971, cuando llegué a vivir a Israel, el judeoespañol gozaba aún de buena salud, aunque ya se advertía que su lucha por la supervivencia iba a resultar muy dura. En el internado donde culminé el bachillerato, el Mosad Mosinzon, había una supervisora de origen turco, gruñona y a la vez cariñosa, que cada mañana nos levantaba al grito de «¡Fazer la esponya!». La orden era clara: debíamos pasar el trapero por la habitación antes de ir a clase. Fue mi primer contacto con el judeoespañol. Ella lo denominaba ladino.

A partir de los años 90 se está produciendo, aunque de manera muy leve, cierto renacimiento del judeoespañol. Un fenómeno similar al que está ocurriendo con el yídish.

El haketía (nombre derivado del verbo árabe hask'a, que significa hablar, contar) se refiere a la lengua que hablaban los judíos de Marruecos y que, con posterioridad, se propagó con Ceuta, Melilla, Gibraltar y Casablanca, e incluso dio el salto a América. Este dialecto, de predominio castellano-andaluz, tiene una influencia muy marcada del árabe y el hebreo. Ejemplos: jarear (defecar; del árabe jara, excrecencia); estar en alef-bet (ser un principiante); jajmear (pensar; del hebreo jajam, sabio); negro mazal (mala suerte).

Pese al poco interés que suscita entre los cultores modernos del castellano, el judeoespañol constituye una fuente inigualable para indagar sobre los orígenes de nuestro idioma. Como señalaba el estudioso valenciano Rafael Lapesa (1908-2001), «el interés que ofrece el judeoespañol consiste en su extraordinario arcaísmo; no participa en las transformaciones que el español ha experimentado desde la época de su expulsión». Pruebas de esos arcaísmos son aldikera, por bolsillo; agora, por ahora; o aki endelante, por de aquí en adelante.

Disfrutemos con un muestrario de refranes sefardíes para entender, y paladear, lo que apuntaba el experto Lapesa:

El amigo ke no ayuda y el kuçiyo que no korta, ke se piedran poco emporta.

El rey se eço kon mi madre, ¿a kien reklamo?

Kada gargajo a su paladar es savrozo.

Lo tienes de fazer el martes, fazelo el día de antes.

El ke se eça kon gatos se alevanta areskunyado.

La ida esta en mi mano, la vinida no se kuando.

El día ke no barri, vino kien no asperi.

Gayegos semos y no mos entendemos.

Amigos i hermanos semos, a la bolsa no tokemos.

Por Marco Schwartz

Tomado de la revista 'Salomón'

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