Noticias del español

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| Ignacio Monzón
www.elreservado.es, España
Lunes, 10 de mayo del 2010

UNA MAESTRA CON M MAYÚSCULA

María Moliner, una española humilde.


Nacida en tierras mañas, en el pueblo de Paniza, a unos 50 kilómetros de la capital de Aragón, el 30 de Marzo de 1900. De padre médico, su infancia la pasó entre su pueblo natal, Almazán (Soria) en 1902 y Madrid, donde desarrolló buena parte de su actividad intelectual.


Sus estudios comenzaron en la famosa Institución Libre de Enseñanza, aunque terminó el bachillerato en el Instituto General y Técnico de Zaragoza entre 1917 y 1918. De ahí pasó a ingresar en la Universidad de Zaragoza, algo no demasiado usual para su género. Se matriculó en Filosofía y Letras y se especializó en Historia. Su pasión por el estudio e inteligencia sobresaliente le proporcionaron los laureles del Premio Extraordinario al finalizar su carrera en 1921. Pronto pasó a formar parte del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, ejerciendo en diferentes puntos de la geografía española.

Casada en 1925 con Fernando Ramón y Ferrando, académico de Física, no dejó su empleo como fue costumbre a lo largo de casi todo el siglo XX. Más aún, dando a luz a cuatro hijos, tampoco renunció a su vida profesional, compaginando ambas cosas en una actitud que se podría calificar de «innovadora». Y a pesar de que ejerció varios cargos de cierta importancia, como la dirección de la Biblioteca de la Universidad de Valencia y del meritorio proyecto de Bibliotecas Populares – todo un precedente de nuestras redes de Bibliotecas Públicas – ha sido recordada sobre todo por su monumental trabajo lingüístico y lexicográfico encarnado en su diccionario.

Su gran obra, Diccionario de uso del español, conocida vulgarmente por el «María Moliner» –interesante el uso del artículo masculino aquí– y que se sigue editando en la actualidad, comenzó a tomar forma en los años 50 y no se elaboró sin azares. Aunque su posición económica era desahogada, el proceso de «depuración» del Régimen de Francisco Franco –ella había trabajado activamente en iniciativas de la II República– la rebajó de rango administrativo en los 40, algo que ella se empeñó en enmendar. En un «mundo de hombres» y con varias tareas que llevar a cabo, unido a una nueva ideología que no veía demasiado bien a la mujer trabajadora el comienzo de su trabajo del diccionario en 1951 no dio fruto hasta 1966, cuando la Editorial Gredos decidió publicarlo.

Afincada en Madrid desde los años 40, manejó toda la información que tenía a su disposición para elaborar una obra que concibió como una herramienta –muy vanguardista para la época y que abrió toda una nueva manera de entender estos libros- de uso cotidiano, con ejemplos de empleo de las palabras –de uso común y no sólo las aceptadas por la RAE- y no una colección de reglas como el diccionario de la Real Academia Española. Si a esto le sumamos su trabajo en Biblioteconomía y Archivos, que se suele ejemplificar con su «Carta a los bibliotecarios rurales» (Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, Valencia, 1937) podemos afirmar, como decía Manuel Seco, que María Moliner no fue un nombre sino una obra.

Una, ironías de la Historia, que no llegó a ser miembro de la Real Academia Española, a pesar de los apoyos que hubo en 1972 para su nombramiento. Quizá como una pequeña reparación al trabajo de esta elegante y decorosa mujer los responsables de la Universidad de Zaragoza bautizaron con su nombre a la Biblioteca de Humanidades, amén de cierto número de institutos.

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