Noticias del español

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| Pilar Rubiera
www.lne.es, España
Domingo, 13 de diciembre del 2009

UNA GRAMÁTICA ÚNICA PARA UN ESPAÑOL VARIADO

La informática ha sido decisiva en la elaboración del nuevo tratado; hace sólo veinte años la empresa hubiera sido muy difícil, afirma el ponente


Ignacio Bosque: «La lengua no cabe en 4.000 páginas, y la obra, analítica, también ha de ser de síntesis e intentar reflejar el universo de matices».


La Nueva Gramática de la lengua española es ambas cosas. Lo dejó escrito con claridad el gramático chileno-alemán Rodolfo Lenz (Halle, Sajonia, 1863-1938): «La gramática que se necesita para hablar es tan inconsciente, tan ignorada del que la aplica, como la lógica de Aristóteles o de Santo Tomás puede ser ignorada de cualquier mortal que habla y piensa lógicamente».

Las gramáticas modernas constituyen obras de síntesis. Hace un siglo, las principales y en ocasiones únicas fuentes de información de los autores de estos textos eran otros tratados. La informática, según el ponente de la nueva gramática, Ignacio Bosque, ha sido decisiva. «Hace sólo veinte años hubiera sido una empresa muy difícil, no teníamos bases de datos, no existían corpus informatizados, internet, correo electrónico ni otros recursos modernos. Sólo nuestra Real Academia Española cuenta con 12 millones de fichas. Con los medios actuales podemos saber en segundos dónde aparece una construcción, si está en Lope de Vega, en el siglo XVII o en el Perú. Podemos manejar muchas variables y obtener resultados inmediatos. Esto ha sido posible gracias a la tecnología».

La lengua, añade Bosque, «no cabe en 4.000 páginas», y aunque las gramáticas «son obras analíticas, también lo son de síntesis e intentan reflejar el universo de matices». La nueva gramática ha utilizado 40.000 ejemplos, la mitad de ellos construidos. Los que se han recogido de libros proceden de 3.767 títulos, de los que se han utilizado 18.977 citas. A esto hay que sumar las 307 cabeceras de periódicos y revistas, de las que se han utilizado 3.381 textos. Ciento veintitrés personas han participado en la elaboración de la obra, iniciada hace once años.

La gramática de la unidad y el consenso contiene textos literarios, ensayísticos, científicos, periodísticos y otros de procedencia oral. Abarcan todas las épocas y todos los países hispanohablantes, pero son más numerosos los procedentes de obras publicadas en el siglo XX. Los textos poéticos son escasos. La razón, según Ignacio Bosque, es que en ocasiones «el metro y la rima pueden forzar las estructuras gramaticales; también condicionan la sintaxis y la morfología, en proporción mucho mayor que en la prosa literaria, los rasgos que ponen de manifiesto la particular voluntad de estilo de los poetas».

Las recomendaciones que se hacen pretenden reflejar propiedades objetivas que ponen de manifiesto el prestigio de las construcciones sintácticas y de las opciones morfológicas, así como los tipos de discurso y los niveles de lengua que las caracterizan, añade. «Y se hacen con el propósito de llamar la atención de los hablantes sobre la lengua que usan, que les pertenece y que deben cuidar».

A comienzos del año 1771, una comisión de la Real Academia Española se dirigió a Palacio para ofrecer a S. M. el Rey Carlos III el primer ejemplar de la primera «Gramática» académica, que entonces se llamaba «de la lengua castellana». Había hecho lo propio en 1726, apresurándose a llevar el primer tomo del Diccionario de autoridades al Rey Felipe V, nuestro fundador, a quien poco después, en 1741, había presentado la «Ortographia». Con aquella «Gramática» completaba la Academia en poco más de medio siglo la construcción de los tres grandes códigos lingüísticos en que se sustenta y se expresa la unidad de nuestra lengua y sentaba, a la vez, la base de un reconocimiento de autoridad académica que no haría más que extenderse y consolidarse con el paso de los siglos.

«Todas las naciones —decía entonces la Academia al Rey— deben estimar su lengua nativa, pero mucho más aquellas que abrazando gran número de individuos gozan de un lenguaje común que los une en amistad y en interés». Tarea de todos ha de ser —añadía la Academia— «ponerla con su estudio en el alto punto de perfección a que puede llegar». Era la declaración del propósito científico que animaba a aquellos ilustrados «novatores», maridado con el objetivo de favorecer el progreso social. La descripción gramatical —hacer patente, decían, «el maravilloso artificio del lenguaje»— se unía con el interés pedagógico: ayudar a hablar con propiedad y corrección y a usar la lengua con dignidad. Treinta y cuatro ediciones y numerosos compendios y epítomes educaron a muchas generaciones de hispanohablantes. Así, hasta 1931. Justamente ese año apareció la última edición de la «Gramática», que desde 1924 se titulaba ya Gramática de la lengua española. En realidad, reproducía una edición anterior, la de 1920, que, a su vez, se limitaba a añadir a la de 1917 un capítulo sobre la formación de nuevas palabras.

Si tomamos esa última fecha como referencia, ha pasado casi un siglo. No olvidó en ese tiempo la Academia su compromiso con la gramática. Tras el desastre de la guerra, apenas recuperada la dirección por don Ramón Menéndez Pidal, se registra en nuestras actas el propósito no de hacer una nueva edición de la «Gramática», sino de construir una gramática de nueva planta ampliando la mirada al español de América.

En este mismo salón y en el marco del II Congreso de la Asociación de Academias, fundada por iniciativa mexicana, pronunció Dámaso Alonso en 1956 un revolucionario discurso sobre el sentido, responsabilidad y misión de las academias en lo que respecta a la defensa y promoción de la unidad de nuestro idioma. «A las academias les convendría arrojar la casaca dieciochesca. Estaríamos mucho más ágiles (…). Yo desearía que a la medalla que llevamos sobre el pecho, algún ingenioso emblemista le grabara (en vez de la leyenda «limpia, fija y da esplendor) otra más actual que hablara de unidad». Para hacer frente a las resquebrajaduras que amenazan a nuestra lengua es preciso —concluía— crear una comisión interacadémica al servicio de la unidad idiomática. La propuesta se hizo realidad hace once años.

A comienzos de 1960 incorporaba la Española a sus tareas a dos eminentes gramáticos, Fernández Ramírez y Gili Gaya, que pusieron de inmediato manos a la obra de la «Nueva Gramática». De sus trabajos fueron dando cuenta puntual a las academias hermanas, que en sucesivos congresos de la asociación, en 1964 y 1968, animaban e incluso apremiaban a la Española a concluirla con presteza. Diferencias de planteamiento doctrinal lo hicieron entonces inviable y, así, en 1973, se publicó como «mero anticipo provisional» un Esbozo de una nueva Gramática: simples materiales básicos ofrecidos por la comisión de gramática de la Española, que, en una Advertencia preliminar, reconocía que la atención prestada al español de América resultaba deficiente no por falta de interés, sino por carencia de información. Terminaba, por ello, solicitando de las academias hermanas «las noticias precisas que habrán de colmar estas lagunas hasta hoy insalvables».

A pesar de carecer de validez normativa, alcanzó aquel «Esbozo» enorme difusión, con numerosas reimpresiones, lo que indica la necesidad que la comunidad hispanohablante sentía de disponer de las directrices actualizadas de la Academia, de las academias, en materia gramatical. Un nuevo intento encomendado a Emilio Alarcos dio como fruto una excelente gramática que, a la vista de su particular planteamiento de escuela, se acordó publicar como obra personal y que obtuvo, de hecho, en la Colección Nebrija y Bello, una recepción ratificadora de lo que acabo de señalar a propósito de la del «Esbozo».

Nada tiene de extraño que en el Congreso de la Asociación de Academias celebrado en Puebla de los Ángeles a fines de 1998 se produjera, a instancia de la Academia chilena, un debate cuyas conclusiones marcaron el inicio de una nueva etapa. Dimos allí cuenta los representantes de la Española de que nuestro llorado Fernando Lázaro Carreter había nombrado ponente a nuestro compañero Ignacio Bosque y de que llevábamos tiempo acopiando materiales. La asociación acordó, por unanimidad, urgir a la Española para que afrontara de madera definitiva —dicho pronto y bien: de una vez— la construcción de una gramática del español total y que lo hiciéramos con la colaboración de todas las academias hermanas. Era, insisto, en 1998. Un siglo antes, exactamente en 1892, el Congreso Literario Hispanoamericano, celebrado en Madrid con motivo del IV Centenario del Descubrimiento, que prestó atención prioritaria al problema de la unidad de la lengua, declaró por unanimidad la conveniencia de que la RAE, con el concurso de sus academias correspondientes, publicara —cito textualmente— «una nueva Gramática de la lengua castellana, fundada en los principios y leyes de la filología moderna, escrita con todo el detenimiento que su importancia exige…».

Cuando hace unos días, tuvimos en las manos los primeros ejemplares de la «Nueva Gramática» —ésta, sí, ya real— dije de modo espontáneo: «Parece un milagro». «Es un milagro», repitieron los académicos en las sesiones inmediatas del pleno. No es un milagro. Constituye, sí, la realización de un largo sueño, pero es el fruto de un ambicioso proyecto de investigación. Sentíamos el apremio de que el español dispusiera de una gramática a la altura de las grandes lenguas de nuestro entorno. Queríamos conocer a fondo, científicamente, y explicar después en «román paladino» el español de todo el mundo, el de todos los países hispanohablantes y el de todos los grupos sociales.

Entre América y España se tejió entonces como en formidable y compleja lanzadera, esta «Nueva Gramática». Tras escuchar en una de las últimas sesiones, con la «Gramática» a la vista, la explicación que de ella hacía nuestro compañero Ignacio Bosque, el pleno rompió de manera espontánea a aplaudir. Creemos que era la primera vez que esto ocurría. Ese largo aplauso revelaba la conciencia de que la Academia jalonaba con un hito extraordinario la historia de su servicio a la unidad de la lengua española y que en ella tenía una gran parte de mérito quien lideró en el plano doctrinal y científico la investigación.

Pero allí mismo, sin falsa modestia, con profunda convicción, el ponente Ignacio Bosque y de inmediato con él todos los académicos de la Española, subrayamos que esta Nueva Gramática es una obra colectiva. En los preliminares del primer volumen figuran las listas de decenas y decenas de instituciones, entidades y personas, desde los directores de las academias y los miembros de las comisiones de gramática y de la comisión interacadémica, a otros colaboradores: de la gestión interacadémica, de los equipos de asesores, de consultores especiales, de preparación de materiales, de revisión y de edición… Ellos son los que han hecho posible esta construcción que en los próximos meses se completará con el tercer volumen, de «Fonética y Fonología», acompañado de un DVD en el que podrán percibirse las variantes de pronunciación, entonación y ritmo del español en las distintas áreas lingüísticas. Aquí nos veis, señor, señora, amigos todos, gozosos, y, por qué no decirlo, orgullosos. Nos queda trabajo: a lo largo del próximo año, en primavera y en otoño presentaremos las versiones manual y básica, equivalentes a los tradicionales compendios y epítomes. Al mismo tiempo, por cierto, que aparecerá el Diccionario de americanismos, un proyecto concebido por la Academia en el siglo XIX y hecho ahora realidad, y esperamos aprobar la nueva redacción de la «Ortografía».

La lista de nuestros agradecimientos debiera ser muy larga. Permitidme condensarla en dos universidades, la Complutense de Madrid y la Autónoma de Barcelona, que nos han cedido todos estos años el trabajo del ponente de la «Nueva» Gramática» y del responsable de la sección de «Fonética y Fonología»; Ignacio Bosque y José Manuel Blecua, respectivamente; también, en quienes, con su mecenazgo, nos han ayudado y ayudan en la preparación de las distintas versiones —Altadis, en la «Morfología y Sintaxis»; Caja Duero, en la «Fonética y Fonología» y en la versión manual; y Mapfre, en la «Gramática básica»—, así como la editorial Espasa, que no ha escatimado esfuerzos para publicar y difundir la obra. Gracias también a cuantos habéis venido a acompañarnos: señores embajadores de las repúblicas hispanoamericanas, presidentes y delegaciones de las comunidades autónomas, autoridades, directores y miembros de otras academias, patronos y miembros tan queridos de la Fundación por RAE, rectores, profesores universitarios, escritores, periodistas y amigos todos.

Todos en última instancia representamos aquí, bajo la presidencia de Sus Majestades los Reyes, a la comunidad hispanohablante; al pueblo. Porque este libro viene del pueblo y busca al pueblo. Aquí están todas las voces, todas las hablas, conformando una gran polifonía. Y por entre las líneas de análisis científico circula a lo largo de 4.000 páginas un discurso de humanidad.

Lorenzo Valla, el gran humanista italiano, afirmó que melius loquitur populus quam philosophus (que habla mejor el pueblo que el filósofo) y tenía tal fe en el valor social de la gramática que añadía que la más pequeña observación gramatical de sus Elegancias podía restaurar toda una civilización. Así como suena. Porque la gramática no es un conjunto de calificaciones y esquemas abstractos. En el orden individual, es una guía para la configuración del pensamiento y para el refinamiento del espíritu; y en el plano social, inscrita en la vida cotidiana, que rezuma por todos los poros de sus expresiones, está llamada a iluminar la realidad.

Porque comulgamos en esa fe nos hemos reunido hoy aquí gentes del ancho mundo hispánico. Pido prestada la voz grave de Pablo Neruda: «Nosotros / (los gramáticos) / caminantes / exploramos el mundo; / en cada puerta / nos recibió la vida / participamos en la lucha / terrestre / ¿Cuál fue nuestra victoria? / Un libro lleno / de contactos humanos, de camisas / un libro sin soledad / con hombres / y herramientas, / un libro es la victoria».

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