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¿UN INSULTO? ¿UN TRABALENGUAS? NO, UN NOMBRE ORIGINAL

Daniel Samper Pizano
El Tiempo (Colombia)
Viernes, 6 de junio del 2008

Ante la evidencia de que ciertos nombres perjudican social y laboralmente a quienes los llevan, muchos países han decidido limitar los derechos onomásticos de los padres.


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Le ruego, estimado lector, que se ponga la mano sobre el corazón, como cuando nuestro Presidente interpreta el Himno Nacional, y responda el siguiente cuestionario con absoluta franqueza:

1) Usted es jefe de personal de una empresa y debe escoger entre tres candidatos de características, capacidades y méritos parecidos. Uno se llama Millerland, otro Farvielly y el tercero Juan Pablo. ¿A quién le daría el puesto?

2) Su hijo tiene tres amigas a las que quiere con igual cariño. Usted no conoce a ninguna, pero sabe que las tres son bonitas, inteligentes y simpáticas. Una se llama Dignacelly, la otra Jismerlay y la tercera Patricia. ¿Con cuál de ellas querría que se casara?

3) Usted es profesor de exámenes de admisión universitarios y, al calificar una prueba, se da cuenta de que tres de los trabajos carecen de firma. Dos son flojos y el tercero es bastante bueno. Los posibles candidatos que no firmaron la hoja son tres: Nibvilideb, Rodwelia y Francisco. ¿Por puro instinto, quién creería usted que respondió el examen brillante?

4) El apartamento contiguo al de su familia está vacío y va ser ocupado. El dueño no se decide por ninguno de los tres aspirantes a alquilarlo y le pide a usted que escoja a partir del mero nombre. Son las familias de Divanilsen, Hemirleny o José Antonio. ¿A quién señalaría usted como su próximo vecino?

5) Usted es dentista. Después de un día agitado hay tres pacientes que esperan atención. Usted no conoce personalmente a ninguno y solo le queda tiempo para atender a uno. A quién manda llamar: ¿a Darynelly, a Xachelli o a Claudia?

Según estudios realizados en varios países sobre el mensaje psicológico que envían los nombres, lo más probable es que usted escoja a Juan Pablo como empleado; a Patricia como novia de su hijo; a Francisco como el mejor estudiante de los tres; a la familia de José Antonio como vecina de su apartamento y a Claudia como paciente.

Injusto, ¿no? Sí: incluso triste. Pero de ese tamaño son las cosas en el mundo cruel de la onomástica, algunos de cuyos ejemplos más horripilantes publiqué en mi artículo de Revista Credencial del mes pasado.

Mientras más feo, menos salario

La situación puede llegar a ser aún peor que un estremecimiento antiestético. De acuerdo con cierto estudio que adelantó la Universidad de los Andes hace un año, y cuyo resumen publicó uno de los investigadores, Alejandro Gaviria, en El Espectador (8 de abril, 2007), «un nombre atípico puede reducir el salario hasta en un 15 %». El estudio se basó en la comparación de individuos cuya experiencia, preparación, lugar de residencia, afiliación racial y educación paterna eran muy similares. La diferencia entre ellos se reducía a los nombres. Y la investigación demostró que, en esta comparación, los ciudadanos que llevaban a cuestas nombres extravagantes percibían salarios inferiores en un 15 a 17 % a los de nombres normalitos.

El mismo trabajo encontró que la costa atlántica Atlántica es la región con mayor porcentaje de personas sin tocayo: casi 12 de cada 100 cargan un apelativo completamente exótico. Al litoral atlántico le siguen la costa pacífica Pacífica (11 %), la Orinoquia y Amazonia (8,7 %), el Valle del Cauca (6,8 %), la región central (6,4 %) y la oriental (5,7 %). Antioquia, que tiene fama de criar nombres insólitos, ocupa un modesto octavo lugar (5,2 %) y Bogotá es el rincón del país menos propenso a los bautizos estrafalarios (4,5 %). San Andrés y Providencia aparecen en el primer lugar (20,6 %), pero seguramente se debe a su condición angloparlante: un William James es exótico en Medellín, pero no tendría por qué serlo en el archipiélago.

Concluye Gaviria en su artículo: «Los nombres atípicos no solo señalan una pertenencia social específica, sino que pueden también contribuir a deprimir las oportunidades laborales y por ende a afianzar las brechas sociales. Aparentemente, los nombres se han convertido en un factor más de exclusión y discriminación. Pero, más allá de las especulaciones sociológicas, 15 % parece un costo muy grande para un capricho paterno o materno o familiar».

Lo más paradójico es que muchos padres no bautizan a sus hijos con nombres salpicados de letras inusuales —x, y, ll, x, h intermedia— por simple capricho, sino porque creen que de esta manera tendrán el éxito que acompaña a los paradigmas de nombres extranjeros que ven en la televisión.

Por eso Fernando Vallejo escribe en La virgen de los sicarios: «Tyson Alexander o Fáber, o Eder o Wilfer o Rommel o Yeison o qué se yo. No sé de dónde los sacan o cómo los inventan. Es lo único que les pueden dar para arrancar en esta mísera vida a sus hijos, un vano, necio nombre extranjero o inventado, ridículo, de relumbrón».

En Venezuela abundan los nombres curiosos, como Yusmairobis o Yaxilany; pero son más frecuentes los de personajes célebres aplicados al producto nacional. Hasta el New York Times se sintió atraído por el fenómeno y publicó en enero del 2007 un informe donde campean Darwin Lenin Jiménez, Hitler Eufemio Mayora, Elvispresley Gómez y Mao Breznyer Pino. Este último, lejos de acomplejarse dos veces, se muestra orgulloso de haber reunido en una sola cédula al patriarca chino Mao Zedong y al jefe soviético Leonid Brezhnev… Bueno, más o menos.

También en Estados Unidos se impone el uso de nombres raros procedentes de gente famosa. La actriz norteamericana Mary Tyler Moore, cuya comedia semanal fue entre 1970 y 1977 uno de los programas favoritos de la audiencia, es responsable del auge de su nombre —poco utilizado hasta entonces— en las estadísticas. Tyler ascendió del montón de los mil nombres más usados en los años cincuenta a ser uno de los diez principales en 1992. A Colombia aún no ha llegado la epidemia, seguramente porque nunca se transmitió el programa.

Lista negra

En los países latinoamericanos los nombres insólitos suelen denunciar el origen social del individuo. Es raro hallar un Kevin Yovanny o una Xiomara Mylady entre los socios del Jockey Club, así como abundan los Alexanders, Jhonnys y Freddys en la Selección Colombia. En Estados Unidos, cierto tipo de nombres revelan más bien la raza de quienes los llevan. Da'Quan, Damarcus, Dwayne, La Quisha y Venus son nombres característicos de afroamericanos. Durante años los negros adoptaron nombres de blancos —recuerden al tío Tom, el esclavo de la cabaña—, pero desde hace un tiempo, por razones de orgullo y diferenciación, muchos prefieren opciones que los identifiquen más con su raza.

Esto puede ser muy meritorio, pero no siempre es prudente. De acuerdo con una investigación de la Universidad de Florida divulgada en mayo del 2005, los estudiantes negros con nombres exóticos tienden a obtener notas inferiores. David Figlio, el economista que realizó el estudio, advierte: «Los nombres que den los padres a sus hijos juegan un papel importante en la explicación de por qué los miembros de familias afroamericanas consiguen en promedio calificaciones inferiores a las de blancos o hispánicos, y es porque aquellos dan a sus hijos nombres que denotan un nivel socio-económico bajo». La tesis de Figlio es que, al calificar exámenes, los profesores inconscientemente infieren circunstancias especiales del nombre del alumno firmante. «Un chico que se llame Damarcus, por ejemplo, tiene más posibilidades de una nota baja que su hermano con nombre normal».

Todo nace de un perjuicio prejuicio: el perjuicio prejuicio de que los niños negros, por el reducido nivel educativo de su familia, son peores estudiantes que los demás. En cambio, los nombres asiáticos tienden a mejorar la nota del alumno, dado el prestigio de los estudiantes orientales, particularmente en matemáticas y ciencias. «Cuando alguien ve un nombre corriente, como David o Catalina, lo procesa de una manera diferente a La Quisha», explica el mismo autor en un trabajo monográfico para el Departamento Nacional de Investigación Económica.

Nombres sin cara y nombres descarados

Nuevas investigaciones apoyan las conclusiones anteriores. El 13 de marzo de este año, el Internacional Herald Tribune informó de que «varios estudios descubrieron que los niños con nombres raros generalmente provienen de hogares más pobres y de familias con educación más precaria, lo cual explica sus problemas en la escuela». Y explica también los prejuicios que logra crear.

La mayoría de los sociólogos opina que lo que decide el futuro del niño es su origen social y racial, no su nombre. Steven Levitt, economista inglés, sostiene que un empleador racista le negará el puesto a un aspirante negro aunque lleve un hermoso nombre, y a un patrón no racista le importara poco cómo se llame el candidato. «Por eso pienso que los padres negros hacen bien en bautizar a sus hijos como les dé la gana -señala Levitt—. A lo mejor les evitan con ello la dolorosa experiencia de una entrevista de trabajo con un racista».

La buena noticia es que el impacto negativo de un nombre extravagante obra, sobre todo, cuando no se conoce a la víctima. Apenas se le pone cara al nombre descarado, la situación cambia. «Los nombres solo tienen una influencia significativa cuando es lo único que sabes sobre la persona», señala en el mismo informe un psicólogo de la Universidad George Mason. Ya nadie juzga a Condoleezza Rice por el atentado onomástico que atestigua su cédula, sino por sus virtudes y defectos como gobernante.

Y a todas estas, ¿qué piensan quienes llevan a cuestas un nombre insólito? Algunos se muestran orgullosos de él. Muchos lo detestan. Y algunos más se resignan a su suerte. Es el caso de la escritora cubana Wendy Guerra, bautizada así como homenaje de su padre uno de los personajes del cuento de Peter Pan. «Mi nombre -confiesa ahora la autora- era una especie de karma. Los amigos de la escuela no se cansaban de hacer chistes; los primeros novios decían con escaso gusto ser mi Peter Pan».

Wendy Guerra no se cambió el nombre, pero todos los años lo hacen miles de ciudadanos afectados por un bautizo esperpéntico. En Panamá, país que procrea numerosos niños con apelativos que dejan boquiabierto a cualquier Sinforoso, a cualquier Guentcy, hay cada semana una veintena de personas que acuden al Registro Civil del Tribunal Electoral para enmendarse el nombre.

Algunas famosas que también quieren hacerlo son Madonna y Jennifer López. Aquella insiste en que la llamen Esther, no por el dato de pila de su madre, que heredó cuando niña. Y Jennifer quiere ser ahora Lola López. Lo conseguirán, seguramente, aunque Marisol nunca llegó a ser del todo Pepa Flores para sus fanáticos. El problema es: ¿cuántas Madonnitas y Jeniffercitas nombradas en su honor nos dejan como saldo?

Nada de Juanitas

Muchos piensan si, en vez de facilitar el cambio de nombres, no sería más práctico acudir a la prohibición de las denominaciones extravagantes. (A propósito: es extraño que aún no exista ninguna mujer llamada Prohibición. ¿O será que faltan datos de algunos municipios?). Colombia no es uno de esos países. Los juristas interpretan que el artículo 16 de la Constitución que ampara «el libre desarrollo de la personalidad» impide que autoridad alguna pueda coartar el derecho a bautizar a un hijo como el padre quiera.

En otros tiempos, en Colombia solo se aceptaban los nombres del santoral. Esta talanquera impedía el paso a los inventos de laboratorio (Mitesa se llama una hija de Miguel y Teresa) o los sustantivos propios de resonancias foráneas, pero no el de los horrores que reserva la nómina celestial, desde San Abaco hasta San Zótico.

Muchas son las sociedades que consideran semejante prohibición como una salvaguardia contra la indefensión infantil. Incluso en Panamá, los notarios tienen la facultad de negarse a registrar un nombre determinado si lo consideran extravagante. En ese caso, decidirán el conflicto los miembros del Tribunal Electoral.

Una razón adicional contra los nombres arrevesados es el problema que los sin tocayos crean en los computadores oficiales. El cambio, adición o supresión de una letra (Jhon en vez de John o Marlenny en vez de Marleny) obran el lamentable prodigio de desaparecer a un ciudadano de la vida civil.

España, famosa por las largas sartas de nombres que fatigaban los bautisterios (Picasso se llamaba Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispín Crispiniano de la Santísima Trinidad), decidió acabar con tan tradicional y engorrosa costumbre. Desde hace ocho años ningún recién nacido puede llevar más de dos nombres entre pecho y espalda.

Hasta 1994 las leyes españolas tampoco permitían emplear nombres extranjeros, como Elizabeth o George. Este veto se modificó. Pero, en cambio, la nueva norma rechaza «los nombres que puedan afectar la dignidad o inducir a error respecto al nombre del individuo». Las Juanitas colombianas, por ejemplo, cuando optan por la ciudadanía española tienen que convertirse en Juanas a secas. Sus amigos las llamarán como quieran, pero en el Documento Nacional de Identidad no caben apodos ni hipocorísticos.

En cuanto a las confusiones de sexo, ¿Rosario es nombre de hombre, o de mujer? ¿Y Guadalupe? Respuesta: ambos son de ambos. ¿Qué ocurriría si bautizaran Susana a un varón? El músico gringo Johnny Cash tiene una canción sobre Un niño llamado Sue, donde combate la idea de que alguien que padece traumatismo tan evidente tenga que acabar condenado a la marginalidad.

Derechos filiales, no paternos

Parece cada vez más cierta la necesidad de frenar la peste de los nombres vejatorios, ridículos o desopilantes. Paraguay, como casi todos los países latinoamericanos, padeció diversos atentados onomásticos: no faltaban en sus registros las personas llamadas María Kikita, Semen, Junior Bahiano (como el futbolista) o Sostenes (no Sóstenes, que es feo pero figura en el santoral cristiano y tiene fecha asignada: el 28 de noviembre). Pues bien: desde hace seis años un decreto regula la grafía de ciertos nombres (nada de «los nombres no tienen ortografía», ni da igual Jonatthan que Johnatan) y aporta una lista de gracias que el Estado considera aceptables.

Otros países, como Francia, lo hacen desde hace tiempo. Las naciones escandinavas tienen claro que con los nombres no se juega, y no toleran exotismos ni frivolidades. Dinamarca es tal vez el país más exigente en esta materia. Señala un informe del The New York Times (9 de octubre del 2004) que la selección del nombre de un niño no es cosa de los padres sino que, por sus consecuencias personales y sociales, se trata de «un asunto multilateral en el que participan los progenitores de la criatura, la ley y los ministerios de Asuntos Eclesiásticos y Asuntos Familiares». Si el niño es candidato para un nombre habitual, de los que figuran en una lista de 7000 expedida por el Gobierno, su inscripción en el Registro Civil es cuestión de minutos.

Pero si los padres se empeñan en llamarlo de manera que desborde la nómina aceptada, surge un largo proceso. La parroquia o la notaría consultan la petición a los ministerios del caso; estos averiguan en los archivos del Departamento Onomástico de la Universidad de Copenhague la historia y presencia del nombre en la sociedad danesa y, al final, el ejecutivo dicta sentencia. Padres que aspiraban a llamar a su crío Asleiy, Bepop o Jakopp vieron rechazadas sus solicitudes. En cambio, Ali y Hassan, requeridos por progenitores árabes, fueron aprobados.

«La Ley de Nombres Personales -explica el informe- fue dictada para proteger a los inocentes, aquellos niños que reciben la carga inmerecida e incluso cruel de nombres absurdos o idiotas».

Tal vez sea hora de imitar el ejemplo de los países que han resuelto reglamentar la selva onomástica. Si Colombia quiere amparar «el derecho al libre desarrollo de la personalidad» de sus más jóvenes ciudadanos «sin más limitaciones que las que imponen los derechos de los demás y el orden jurídico», haría bien en poner freno a las atribuciones que se otorgan arrogan los padres respecto a los nombres de los sus hijos. El derecho al nombre es atributo del hijo que lo recibe, no del padre que lo bautiza.

De lo contrario, no tardaremos mucho en ver que se han reproducido como metástasis en nuestra sociedad esos Asleiy, Bepop y Jakopp que prohibió Dinamarca y que no he debido mencionar en estas líneas por pura precaución.

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