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| Agencia EFE

UN GRUPO DE MAESTROS ESPAÑOLES PUSO EN PELIGRO LA ORTOGRAFÍA EN EL SIGLO XIX

La lenta, pero inevitable, evolución de la Ortografía corrió un serio peligro a mediados del siglo XIX, cuando un grupo de maestros madrileños acordó una reforma radical de las reglas ortográficas, lo que obligó a la reina Isabel II a declarar oficial el prontuario ortográfico de la Academia.

Ese momento delicado, que pudo dar al traste con la actuación que en este campo venía haciendo la Real Academia Española desde 1726, lo recordó el director de esta institución, Víctor García de la Concha, durante la presentación de la nueva edición de la Ortografía, en un acto que estuvo presidido por los príncipes de Asturias.

Aunque García de la Concha, que el próximo 13 de enero le pasa el testigo a José Manuel Blecua, elegido nuevo director de la RAE, no mencionó los cambios que proponían esos maestros de Instrucción Primaria, en el prólogo de la Ortografía de 1999 sí se indicaba que ese grupo de docentes pretendía nada menos que suprimir las letras h, v y q.

«Hubo que atajar el desmán», y así lo hizo Isabel II, decía García de la Concha, para reconocer a renglón seguido que ese incidente «frenó un poco el impulso de continua adaptación que la Academia venía realizando, pero, a cambio, se inició un proceso que fortalecería más y más la unidad de la lengua española».

Y es que, a partir de 1844, las Repúblicas americanas fueron adoptando como oficial la Ortografía académica. La última en hacerlo fue Chile y ocurrió el 12 de octubre de 1927, una «fecha significativa» que daría pie al lingüista Ángel Rosemblat a decir que «el triunfo de la ortografía académica es el triunfo del espíritu de unidad hispánica», citó García de la Concha.

Como afirmó el académico Gregorio Salvador al presentar en 1999 la anterior edición de la Ortografía, si no hubiera sido por aquella «rebelión» de los maestros, es muy probable que la Real Academia Española hubiera aceptado la denominada I>Ortografía chilena, defendida por el erudito venezolano Andrés Bello (Caracas, 1781), que llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores de Chile.

Bello deslindaba el uso de i e y, vocal la primera y consonante la segunda, con lo que rey se escribía rei. También ponía límites a la diferenciación entre la g y la j, al estilo de lo que empleaba Juan Ramón Jiménez en sus poemas. La disidencia chilena se prolongó hasta 1927.

«El tiempo es maestro», decía Antonio de Nebrija y recordaba García de la Concha, antes de asegurar que un cotejo de las sucesivas ediciones de la Ortografía académica desde 1741 a 1844 «muestra la flexibilidad» con que se fueron «adaptando las normas al progreso lingüístico».

Pero «no sin tensiones a veces», porque, según señalaba García de la Concha, en las actas del pleno «queda constancia de la resistencia numantina de algunos académicos, -‘por encima de mi cadáver’ decía alguno- oponiéndose a que la palabra ‘Christo’, pasara a simplificarse en ‘Cristo’».

El académico español Salvador Gutiérrez, coordinador de la nueva edición de la Ortografía, publicada por Espasa en todo el ámbito hispanohablante, se encargó hoy de destacar la importancia de esta obra esencial de referencia para millones de hispanohablantes.

«Las academias reclamaron la necesidad de abordar esta disciplina con una nueva mirada. Se imponía superar el clásico formato de un escueto prontuario de reglas para iniciar la elaboración de una ortografía razonada», congruente en sus normas y coherente en sus vínculos con la dimensión fónica y gramatical de la lengua», subrayó el coordinador.

En definitiva, las Academias ponen a disposición de los ciudadanos una Ortografía «explícita, razonada, exhaustiva, coherente, simple, inteligible e incluso amena», afirmó Gutiérrez.

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