Noticias del español

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| Juan Cruz Ruiz
laopinion.es, España
Domingo, 22 de marzo del 2009

UN DICCIONARIO TITÁNICO

La palabra es el primer viaje; abre una puerta que ya no se cierra; y es una puerta que da a otra puerta, y a otra, y así hasta el infinito. Hasta la muerte.


La primera palabra acaso fue magua, o dolor, o amargura; hay infancias que tuvieron otras palabras; mi palabra, una de las palabras de mi infancia, fue droga, o embargo, y droga entonces no era ni medicina ni estupefaciente. Y las maguas eran el dolor pasado por la resignación, por la aspereza de saber que todo sabía ríspido, o rípido, o que al fin, después de tanto pasar, nos ìbamos a ir pa la Chacarita.

En medio de esa decepción que la posgtuerra tiñó del polvo de las aceras de tierra, nosotros jugábamos al boliche o al trompo, recogíamos chatarra de los barrancos, y volvíamos a casa a trapaliar la comida; nosotros, en realidad, comíamos, y nuestros padres trapaliaban la comida; estaban amargos como los chochos. Mi madre me contaba, para explicarme la amargura tal como ella la sentía, el cuento de la Virgen huyendo de Herodes, y traspasando una huerta plantada de chochos que hacían. Secos, un ruido infernal. Cuando acabó su calvario miró hacía atrás y se dirigió a los chochos de la plantación: «Amargo se vean como yo me he visto». Y cuando acababa su cuento se dirigía a mi para decirme: «Y por eso, Juanillo, los chochos saben tan amargos, porque la Virgen los maldijo».

Creo que ya he contado que cuando recibí estos dos tomos espléndidos, el Diccionario ejemplificado de canarismos, de Cristóbal Corrales y de Dolores Corbella, editados por el Instituto de Estudios Canarios, estaba en mi lugar de trabajo, en Madrid, un buen amigo, Ricardo Lezcano, el hermano del poeta Pedro, y estábamos hablando de determinados sucesos que a ambos nos causaban desconsuelo. Para mí desconsuelo es cuando algo que ha sucedido y te rompe el entusiasmo de vivir no tiene explicación concreta, te deja dentro como un come come, una especie de rabia interior por lo injusto y/o inexplicable. Y como no tenía palabra mejor que decirle a Lezcano para explicarle esa sensación le saqué de mi memoria una palabra que siempre tengo presente, la palabra magua.

Y como tenía a mi lado este diccionario de Corrales y Corbella fui a buscar esa palabra, que es la primera palabra que siempre busco en cualquier diccionario, y que ya busqué con satisfacción y con ahinco en el Tesoro Lexicográfico que precede a esta magna obra. Y ahí estaba magua, como si fuera una piedra del pasado, un regreso veloz y raro a la infancia en la que la escuché por primera vez.

Las palabras son la casa propia, el patio, la comida, la discusión familiar, y también la risa; yo viví entre palabras, las de mi madre, las de la radio, y entre las palabras se colaba a veces el silencio melancólico, dolorido o ausente, de mi padre; y en ese tiempo se hizo mi memoria de las palabras. De entonces guardo una paradoja que libros como este, y aquel tesoro lexicográfico, me han ayudado a explicar y por tanto a sobrellevar; mientras que la radio hablaba de una determinada manera, excluyendo acentos y palabras que decíamos en casa, mi madre se expresaba un habla que el uso común ya había declarado obsoleta; pero ella seguía hablando así, de manera diferente a lo que yo entonces creía que era canónico, autorizado; de hecho, cuando empecé a leer, tampoco caía en los vocablos que yo le escuchaba utilizar, así que reiteradamente le afeaba esos vocablos y aquellas expresiones; por ejemplo, ¿dónde iba a escuchar yo que el hecho de que una casa estuviera manga por hombro convertía esa casa en una chercha? El conocimiento posterior ligaba esa palabra al desagrado, entonces común, de que los protestantes anglosajones de mi pueblo tuvieran su propio templo, al que llamaban Church. Así que mi madre establecía una una simultaneidad entre el vocablo church y aquello que está mal hecho; chercha llegó a ser, para ella, e imagino que para todos los hombres y mujeres de su cultura y de su tiempo, sinónimo de lo peor que puede suceder, y por tanto de la propia muerte.

A veces no la entendía, porque ya ese lenguaje no era el mío, y cuando la entendía y su habla no se correspondía con lo que ya entonces me parecía correcto, la rectificaba, y era cuando ella me decía eso que he contado (me parece) muchísimas veces: «Mira, Juanillo, yo sé decir hilo e hilacha y mierda para quien me tacha».

Luego supe, gracias a un hermoso libro de Álex Grijelmo, El genio del idioma, que aquel modo de hablar no era incorrecto sino el resultado de un sedimento del que hablaba Dulce María Loynaz en su libro Un verano en Tenerife; la consecuencia de un mestizaje que le dio vigor al castellano hablado en Canarias y que ha dotado de unas peculiaridades gloriosas a nuestro modo de sentir, pensar y expresarnos.

Este trabajo de Corrales y de Corbella, decía, prosigue aquel espléndido tesoro lexicográfico que tanto nos sirvió para reiniciar este viaje perpetuo a la infancia que es el descubrimiento de los primeros vocablos que escuchamos. Recuerdo que cuando salió aquella primera versión de este monumento más actual se lo regalé a un gran amigo, José Toledo, el eminente cirujano; lo miró como si él mismo estuviera esperando ese barco para regresar. Y ahora que le he ido a visitar en Madrid, le he contado que de nuevo tenemos la oportunidad los que siempre estamos rescatando del pasado lo que somos en el presente de viajar otra vez a las palabras que no nos pueden quitar ni el viaje ni la historia. Y mientras lo contaba yo sé que sentí que la lejana pero siempre presente coña marinera de mi madre me estaba diciendo desde algún lado: «Mira que te lo tengo dicho, yo sé decir hilo e hilacha y mierda para quien me tacha».

A mi me parece que este trabajo ímprobo y ejemplar, tan unido a la literatura como al sentimiento y a la historia, es la mejor expresión de un homenaje a la gente que, como ella, o como el doctor Toledo, vivieron o viven amando las palabras que escucharon como si ellas fueran la firma de lo que somos.

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