Noticias del español

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Daniel Samper Pizano

Infoling, 2 de diciembre del 2011

Un diccionario que es una chimba


Por primera vez se imprime la obra que Roxana Fitch empezó en internet como un glosario para aclarar el léxico de las telenovelas latinoamericanas .


Un poco como María Moliner hace medio siglo, Roxana Fitch ha dedicado parte de su vida a construir un diccionario. Ambas adelantaron su propósito con más tesón que ayudas y finalmente se dieron a conocer al público gracias a su obra. El de María Moliner se convirtió en el de uso y régimen por excelencia. El de Roxana Fitch es, probablemente, el más socorrido de los diccionarios actuales de términos coloquiales y modismos en español.

Pero hay algunas diferencias. María Moliner era española (1900-1981) y Roxana Fitch nació en Tijuana, México. La señora Moliner se ocupó principalmente del español que se habla en España y dispensó poca atención al de América Hispana; la señora Fitch ha recogido la jerga de veintiún países donde se habla el castellano, incluyendo a España como uno más. La señora Moliner desterró de su recopilación las palabras malsonantes o procaces; al lidiar con vocablos típicos e informales, buena parte del léxico que clasifica y explica en su recopilación la señora Fitch corresponde al grupo de palabras que sonrojaban e irritaban a la señora Moliner.

El diccionario de María Moliner apareció por primera vez en edición impresa en 1966 y 32 años después en edición electrónica. El de Roxana Fitch nace y se desarrolla en la red de internet a partir de 1997 y solo en 2011 acaba de publicarse su versión impresa. Es un volumen editado por Arco/Libros en Madrid.

Por último, lo más importante: el de Moliner nació como un ilustre diccionario para escritores y profesores. El de Fitch, en cambio, surgió a modo de modesto glosario para aclarar los diálogos de las telenovelas.

 

 Así hablaba Betty la fea              

Fitch lo recuerda así: “De adolescente, cuando ni siquiera había e-mail, tenía correspondencia con medio mundo y mantenía un cuadernito donde escribía las palabras y frases ‘raras’ que mis amigos me mandaban. Yo me carteaba con la gente a la antigüita, antes de la existencia del email. Luego, una de mis corresponsales, una muchacha andaluza, me escribió pidiendo ayuda: le encantaban las telenovelas mexicanas, pero no entendía la mitad del vocabulario que usaban.”

Para ayudarle, Roxana creó un pequeño glosario. Años después, ya vinculada a un chat internacional en español en el que participaban foristas de numerosos países, se dedicó a completar aquel viejo puñado de mexicanismos. Lo que empezó como un trabajo en un grupo cerrado se convirtió más tarde en un diccionario de internet donde podían colaborar todos los interesados.

Así nació el proyecto Jergas de habla hispana (JHH). La lista de palabras recopiladas por Fitch se convirtió en útil manual de millones de personas cautivadas por telenovelas como Yo soy Betty, la fea, Luz María o Soy tu dueña.

El 10 de octubre de 1997, Roxana subió el diccionario a un sitio web y empezó la labor a la que ha dedicado las horas libres que le deja su trabajo de traductora. En un principio actualizaba el vocabulario diariamente; más tarde lo hizo cada semana y, a medida que la colección engordó, necesitó cada vez menos tiempo para agregar nuevas palabras o significados y corregir errores cometidos.

Para entonces ya contaba con una red de amigos en todos los países de habla hispana que se preocupaban por cuidar de JHH. Son decenas, y a los principales los menciona y les agradece en la edición impresa. El capítulo más sólido es el mexicano, que en un ochenta por ciento es, dice ella, “harina de mi costal”. Esto significa que ella ha realizado la investigación, verificado los contenidos y completado la cita bibliográfica.

 

 ¿Qué dice y cómo lo dice?                

El cuaderno colombiano contiene cerca de 1.300 palabras y su principal colaborador es Federico Arboleda, un bogotano que se vinculó al proyecto hace cinco años, cuando tenía 19. “Este culicagao –escribe Roxana, como prueba de que domina la jerga colombiana—es un verdadero genio, y ni siquiera se especializa en humanidades: su fuerte son las matemáticas. Todo mi respeto a este chamaco”. Escribe lo último en español mexicano, porque si hubiera sido en colombiano habría dicho sardino. Ambos, culicagado y sardino, figuran con el significado aproximado de persona joven en el glosario de Colombia.

En el diccionario de Roxana Fitch no solo tienen importancia los significados, sino los ejemplos y las marcas que ofrecen el contexto gramatical y social en que se emplean. El término venezolano papeado (“Fuerte o musculoso”) sugirió en un principio que se trataba de un sustantivo. Pero exploraciones posteriores llevaron a la conclusión de que era un adjetivo, y aparece como tal. Ejemplo propuesto: “Los guachimanes del presidente son unos tipos superpapeados”.

En algunos casos se señala el origen de la palabra (nahua, quichua, inglés) y, por supuesto, su género. Tratándose de jerga, lo más importante es conocer su valor social. Si corresponde al dialecto o al léxico coloquial, así lo indica el glosario. Pero suele señalar también si se trata de una palabra malsonante.

El valor social de un término puede variar de manera importante en cuestión de kilómetros. En el glosario colombiano, el vocablo pendejo lleva simplemente una marca de “coloquialismo”; pero en el capítulo mexicano lleva una clara advertencia: “palabra frecuentemente usada en insultos”.

 

 Una guía para académicos 

 

A la recopilación de Fitch no solo han ayudado matemáticos y traductores, sino individuos de profesiones muy variadas. Por eso la autora aclara en el prólogo que  “este diccionario no ha sido respaldado por ninguna autoridad académica: es totalmente popular.” Pero también es totalmente original. “El material –agrega– ha sido coleccionado por medio de aportes de personas del mundo de habla hispana, por mi propia experiencia e investigación, pero nunca ha sido copiado de textos publicados sobre el tema”.

Aunque Fitch dice que carece de respaldo académico, al diccionario cuenta con la simpatía del profesor Humberto López Morales, embajador de las academias de la lengua americanas antes la Real Academia Española. López Morales fue el coordinador del Diccionario de americanismos que publicó la Asociación de Academias de la Lengua Española en 2010.

En carta escrita a Roxana Fitch pocos meses antes, cuando el Diccionario de Americanismos se hallaba en gestación, López Morales le dice: “Nuestros colaboradores han acudido con frecuencia al diccionario de usted, y eso se ha debido a que es de lo mejor que existe en la bibliografía lexicográfica de Hispanoamérica. Me complace decirle que todos sentimos un profundo respeto y una gran admiración por su estupendo trabajo sobre las jergas. Desde aquí le agradezco -en nombre de todos– que haya elaborado materiales tan ricos y, en su mayoría, exactos, lo que sin duda ha ayudado no poco a nuestras tareas iniciales.”

 

  Con saborrr y sin saborrr                 

Ahora, casi tres lustros después de que anidara en las nubes de internet, el diccionario de Roxana Ficht desciende a la tierra de la imprenta. Contiene 7.800 voces, abarca 941 páginas y pesa cerca de un kilo. Convertido en papel busca un público más culto y especializado que los aficionados a las telenovelas. “Pretende ser una herramienta útil para traductores, profesores y estudiantes de español, escritores, guionistas, lingüistas y curiosos del idioma”, dice su nota introductoria.

A tono con ello, ya no se llama Jergas de habla hispana. En la edición impresa tiene un nuevo título: Diccionario de coloquialismos y términos dialectales del español. También es más formal la presentación, que se refiere a “la ejemplificación de las diferencias de uso y de sentido del léxico en los distintos países”, mientras que la introducción a JHH dice así: “Jergas… argot… slang…modismo… tú llámalo como quieras… el caso es que se trata de ese vocabulario, esas expresiones tan especiales que son típicas de cada país de habla hispana y que convierten el español neutro e insípido en algo pintoresco y vivo, algo que es de la esencia de cada pueblo de habla hispana: un idioma con saborrr…”

En ambos casos está claro el propósito del diccionario: ofrecer, con más saborrr o menos saborrr, el sentido de las palabras coloquiales en países del mundo hispanoparlante, con marcas y matices a fin de que puedan comprenderse en todos los demás.

Gracias al diccionario de Roxana Ficht es posible saber que rubio se dice catire en Venezuela y que tortillera significa lesbiana en España. Hace falta ahora la interconexión entre los diversos coloquialismos panhispánicos. Es decir, un diccionario que recoja sinónimos dialectales en distintos países, de modo que podamos saber que, en jerga mexicana, catire se dice güero, en Colombia se dice mono y así sucesivamente de frontera en frontera. Y que Uruguay comparte con España el término tortillera con el mismo significado, pero en Venezuela es cachapera y en Colombia, arepera.

Para esto, sin embargo, ya no se necesita una María Moliner ni una Roxana Fitch, sino un programa infomático.

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