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| Manuel Gómez Ros
granadahoy.com, España
Domingo, 7 de junio del 2009

UN DICCIONARIO LIBRE

El artículo que la Wikipedia dedica a los diccionarios de autor empieza por llamarlos también antidiccionarios.


¡Bueno, señora!, tampoco es eso. Usted se subtitula a sí misma 'La enciclopedia libre'. ¿No le parece un poco altanera su actitud? Precisamente, si algo se puede decir de un diccionario como este del suicidio que ha escrito Carlos Janín es que se trata de un diccionario libre.

El autor de un diccionario convencional, trate de la materia que sea, ha de ser exhaustivo y sistemático. En el ámbito científico o académico, la despreocupación por observar esos principios sería un suicidio. Ahora bien: si el suicidio ya se da por descontado, como sucede en este caso, entonces el autor se ve libre de ataduras y puede recoger personas o historias solo parcialmente relacionadas con la materia, redactar las entradas con más creatividad y establecer relaciones atrevidas entre ellas, no importa si son remotas.

El patrón de los lexicógrafos, Isidoro de Sevilla, lo mira con severidad desde su peana. Pero no por ello deja este diccionario de ser tal, ni, menos aún, se convierte en un antidiccionario. El lector va a encontrar en él definiciones, equivalencias y hasta etimologías, como es de rigor. La ventaja es que, si lo desea, le será fácil esquivarlas y afrontar la lectura de cualquier otro modo, como mejor le plazca. Puede detenerse solo en las biografías de suicidas, tratar de asomarse a sus abismos, comprenderlos o desaprobar su resolución. También puede, saltando de unas entradas a otras, viajar en el tiempo o desplazarse por el mundo para comprobar cómo cambia la consideración social, jurídica y religiosa del suicidio según la época o la cultura. El lector más atento al detalle puede fijarse en las descripciones de métodos e instrumentos, mientras que el más diletante puede entretenerse en los artículos que desarrollan conceptos abstractos, o en los de carácter histórico.

El suicidio, advierte el autor en la introducción, es un tema complejo y tenebroso. Hasta en los lectores más fríos despertará, al menos, alguna inquietud; y para la mayoría resultará emocionante, turbador o hasta terrorífico. Por eso la forma de diccionario es idónea para tratar el suicidio, pues permite un acercamiento más relajado que un ensayo: no importa si se abandona la lectura y se retoma al cabo de un tiempo. A ello invitan, por cierto, las numerosas referencias que se van encontrando por el texto y que quizá nos conduzcan a otro libro, una película o una canción que nos hayan interesado.

Cabe la posibilidad de que algún lector eche en falta algo en este libro, pues no hay en él más polémicas ni más conclusiones que las que cada cual quiera procurarse. Este diccionario es libre también en ese sentido. Los juicios o las doctrinas no tienen cabida: el autor ha entendido muy bien que el territorio del suicidio es el de la confusión, pues, como él mismo afirma en las palabras introductorias, «la muerte voluntaria obedece a las más variadas motivaciones, reviste las formas más peregrinas y recurre a los métodos más impensados. Es tan polimorfa e imaginativa que siempre dejará sin argumentos a quien quiera rebatirla o exaltarla». Al acabar la lectura del Diccionario del suicidio, como siempre ocurre con los buenos libros, habremos obtenido algunas respuestas y un montón de nuevas preguntas.

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