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| Gregorio Salvador
abc.es, España
Miércoles, 17 de septiembre del 2008

UN DICCIONARIO GUAY

María Moliner, la excepcional lexicógrafa aragonesa consiguió lo que muy pocos consiguen: traspasar su nombre al libro que fue la obra de su vida, el Diccionario de uso del español, el DUE en sigla, que todos denominamos, sin más, como el María Moliner. Lo que aquí se ofrece es la versión abreviada que editó Gredos hace pocos años, basada en la segunda edición que llevó a cabo esa misma editorial en 1998. La primera edición la habían hecho ellos también, en 1966, en su Biblioteca Románica Hispánica, que dirigía Dámaso Alonso.


Cuando murió María Moliner en el mes de enero de 1981, las reimpresiones se habían ido sucediendo, se habían vendido ya más de treinta mil ejemplares y los dos grandes tomos no faltaban, para entonces, en ninguna biblioteca personal que se preciara. El tesón, la inteligencia y el gigantesco esfuerzo de la asombrosa mujer que, sin ser siquiera filóloga sino historiadora, sin ayuda de nadie, había levantado tan impresionante monumento a su propia lengua ya eran extensamente reconocidos. Y Gabriel García Márquez escribió un inolvidable artículo elegíaco, «La mujer que escribió un diccionario», que le dio a su figura una dimensión literaria, que la convirtió, si es que ya no lo era, en un personaje de fábula.

Educada en la Institución Libre de Enseñanza, licenciada en Filosofía y Letras, bibliotecaria y archivera por oposición, esposa de un catedrático universitario de Física, madre de familia, decidió a sus cincuenta años, en 1950, ponerse a hacer un diccionario que echaba de menos, «un diccionario orgánico y de uso», donde se combinaran en un mismo plano la descripción precisa y matizada de los significados reconocidos de una palabra y la información sobre otras voces que le pudieran ser semánticamente vecinas, en cada acepción, y alternativas posibles en el uso idiomático para afinar expresivamente los conceptos.

Quince años, trabajando en ello hasta diez horas diarias, le llevó la empresa de construir el diccionario de autor más prodigioso que ha iluminado y enriquecido la lexicografía española. Y, tras su publicación, siguió trabajando en él hasta pocos meses antes de su muerte: anotando, añadiendo, puliendo, mejorando, pensando en una segunda edición remozada y puesta al día.

Un diccionario no es nunca obra acabada, porque la lengua no se estanca, es continuamente caudal en movimiento y un diccionario de autor puede morir con él, quedar concluso para siempre y convertirse en solo referencia histórica. Pero no es este el caso: la Editorial Gredos creó un equipo lexicográfico que mantuviera vivo el diccionario y puso al frente de él a un lexicógrafo experto, joven e inteligente, Joaquín Dacosta. El grupo se hizo cargo del material acumulado por su autora desde la primera edición y trabajó a partir de ahí, con fidelidad a la concepción fundamental de la obra y acrecentándola y actualizándola de manera constante. Así nació la segunda edición y luego la tercera, en el 2007, y la abreviada, que la redujo a un tomo, haciéndola más utilitaria y manejable, aliviándola de voces desusadas o de ámbito limitado.

Es, pues, un diccionario vivo y actuante el María Moliner, aunque haya pasado más de un cuarto de siglo desde la muerte de su autora. Un diccionario guay, aunque ella no recogiera este adjetivo, que todavía no existía y se ha extendido coloquialmente después; pero sí lo han registrado ya sus continuadores.

Hay quien quiso ver en él —y esa vaga idea ha perdurado en muchos de sus confesados usuarios— un diccionario antiacadémico, pero nada más lejos de su intención y de su propósito, como asevera en la segunda página de su presentación originaria donde declara que «respetando con rigurosa fidelidad el fondo de las definiciones del DRAE, estas están por primera vez refundidas y vertidas a una forma más actual, más concisa y, en suma, más ágil y más práctica», es decir, este, como todos los demás diccionarios del español general que han ido apareciendo en paralelo con la lexicografía académica, ha tomado también como base el Diccionario de la RAE.

El supuesto antiacademicismo, no es más que una leyenda urbana, como se dice ahora, literaturizada por García Márquez o por Paco Umbral. Se dice que no la aceptó la Academia, que la rechazó, y lo único cierto es que varios académicos presentaron su candidatura al sillón B, en noviembre de 1972, pero no era candidata única y la votación otorgó el sillón a Emilio Alarcos, un lingüista señero. «Mi único mérito es el diccionario», había dicho ella, y no era poco y así lo estimaba la Academia, que quiso presentarla a la vacante siguiente, pero ella ya se negó, no se sentía con fuerzas. Nos dejó la obra que lleva su nombre. Y además su ejemplo.

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