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| (Fuente: elcastellano.org)
www.cubaperiodistas.cu, Cuba
Viernes, 19 de octubre del 2007

UN CUENTO CON EL GERUNDIO, TIEMPO VERBAL PROHIBIDO EN BRASILIA

El gobernador de Brasilia, José Roberto Arruda, obtuvo una inesperada celebridad hace algunos días al descargar todo el peso de su autoridad sobre... el gerundio, tiempo verbal cuyo uso quedó terminantemente prohibido en los documentos administrativos de la capital brasileña.


Arruda se dejó llevar por la irritación que causa en su país el llamado «gerundio de telefonista», que suele sustituir al futuro simple de indicativo. En lugar de decir «le enviaremos», las telefonistas suelen decir «le estaremos enviando».

La gente que acude por trámites a las oficinas públicas brasileñas suele recibir la información de que «lo estaremos atendiendo el lunes», en lugar de «lo atenderemos». Después de haber vivido durante un cuarto de siglo en Brasil, puedo comprender la irritación del gobernador y, permítanme comentarlo, lo que parece un desplante innecesario de poder por parte de Arruda, es una reacción menos autoritaria que ciertas decisiones de la Academia Española, que a veces se ponen por delante del uso.

El gerundio o participio presente es un tiempo verbal cuyo empleo presenta dificultades que conducen al uso inadecuado también en español. Tan complejo es este tema que María Moliner le dedica tres páginas en su Diccionario de uso del español y Manuel Seco otras tantas en su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española.

Pero el gerundio es una herencia del latín, que llegó a nosotros después de milenios de empleo, de modo que prohibir su uso constituye innegablemente una exageración de un político que busca llamar la atención. Como «desagravio» al tiempo verbal prohibido, publicamos un cuento breve de la autora argentina Diana Gamarnik, escrito con uso abundante y aprovechamiento integral de las posibilidades expresivas que ofrece el participio presente:

Mi cara en el espejo

La mesa cubierta de libros y de apuntes.

Sergio leyéndonos las características de los yacimientos de oro.

Alicia preparando café.

Mi mano derecha a veintisiete centímetros de tu mano izquierda.

El anillo en el dedo anular de tu mano izquierda.

Tu voz retumbando en mi cabeza confesándome que no sabías qué hacer con lo que sentías por mí.

Mi voz retumbando en tu cabeza contestándote que eras mi amigo y que estabas casado.

Los nueve días que pasaron entre esa conversación y este momento.

Tu mano que me atrae y me repele como si fuera un imán de polos invertidos.

El anillo que brilla desafiante.

Mi mano que abandona la distancia y busca tu caricia.

Tu mano que se adueña de la mía y la penetra.

Sergio levantándose a buscar agua.

Vos estampándome un beso que me lastima y me desdibuja la boca.

Tu barba raspándome la piel.

Yo enmudeciendo sin saber qué decir.

Vos caminando como un tigre enjaulado.

Sergio avisando que terminamos de estudiar por hoy y que se tiene que ir.

Alicia anunciando que tiene que salir pero que enseguida vuelve.

Vos diciendo que te quedás un rato más para tomar unas notas.

Las respiraciones contenidas esperando encontrarse a solas.

Tu vida apoderándose de mi vida.

Las palabras que no alcanzan para todo lo que queremos contarnos.

Vos y yo escondidos en el baño por si Alicia llega.

Las ganas demoradas de comernos el uno al otro.

El apuro entremezclado con la lentitud de la espera.

Mi camisa azul y mi corpiño desabrochados.

Las bocas cumpliendo todo lo que las manos habían preanunciado.

Mi pollera levantada.

Mi bombacha en tu bolsillo.

Tus pantalones en los tobillos.

Los dos enfrentados a nuestra imagen en el espejo.

El tirón de pelo que me diste para que levantara la cabeza y me mirara.

Tu cara oscura perdida en mi pelo rubio.

Mi cara en el espejo y la rotunda comprobación de la imposibilidad de ponerle límites al deseo.

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