Noticias del español

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| Andrés Montes
La Nueva España, Asturias
Domingo, 21 de febrero del 2010

«UN CÓDICE MEDIEVAL TIENE MÁS ABREVIATURAS QUE UN MENSAJE DE TELÉFONO MÓVIL Y NO POR ELLO CORROMPE EL LENGUAJE»

«La labor de los culebrones en favor de la unidad del idioma es impagable» — «En Galicia no existe conflicto lingüístico, es algo artificial que se contrapone al sentido común de la lengua que tiene la gente» — «Los agoreros anuncian la muerte del libro para el año 2018 y, sin embargo, nunca se leyó tanto como ahora»: Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española.


El vínculo de Asturias y Galicia es, en el caso de Darío Villanueva, de naturaleza biológica. De padre asturiano y madre gallega, el secretario de la Real Academia Española muestra una gran confianza en el idioma muy alejada de las negras advertencias de los agoreros. Para este filólogo al borde los 60 años, padre de dos hijos, el hablante es el auténtico dueño de la lengua, un ámbito en el que «la condición de académico no significa superioridad». Catedrático de Teoría de la Literatura en la Universidad de Santiago de Compostela, Villanueva estuvo en Oviedo para presentar el libro Eternidad en vilo, que reúne estudios sobre la poesía española contemporánea de Emilio Alarcos.

En su infancia abundarán los recuerdos de Luarca

-Así es. Soy hijo de un asturiano que estudió la carrera de Derecho en Santiago. Mi padre es de La Raya, de Vegadeo, y nuestro Villanueva viene de los Oscos. Mi madre es gallega, pero cuando yo nací mi padre tenía destino de juez en Luarca y allí pasé mi infancia. Mis primeros recuerdos son luarqueses y asturianos y siempre vuelvo allí porque eso son cosas que marcan mucho, es un sitio con un encanto extraordinario. De hecho, cuando volví a Galicia, porque el siguiente destino de mi padre fue Lugo, experimenté la primera discriminación lingüística. Mis compañeros me llamaban «el asturianín» por el acento que yo traía, porque empecé a hablar en Asturias.

Pero no sería una discriminación muy fuerte

-No, no me dejó ninguna cicatriz, todo lo contrario.

Lo que contrasta con la belicosidad que ahora hay en torno a las lenguas, incluso en Galicia, donde parecen darse atisbos de conflicto lingüístico

-No existe conflicto, se está inventando, en mi opinión. Los filólogos tenemos, como los médicos, una especie de juramento hipocrático: amamos todas las lenguas y estamos a favor de todas, las estudiamos como vía de comunicación. Por eso cada vez que se instrumentaliza una lengua para dividir y para enfrentar se nos abren las carnes. Es una tergiversación absoluta de un instrumento prodigioso que el cerebro humano creó para facilitar la comprensión y la comunicación.

Pero esos conflictos parecen más de naturaleza política, sin reflejo en la calle

-Hablo por lo que conozco más de cerca y no existe ese problema. Los gallegos, como ocurre también con los asturianos, hemos sido un pueblo emigrante y el gallego hablante, el que tiene en su casa el gallego como primera lengua, cuando se ha ido a Buenos Aires, a Montevideo o a La Habana, se sintió amparado por el hecho de poder utilizar una lengua segunda que también era suya y no le resultaba ajena. Éstas son realidades que marcan y se imponen a cualquier otra consideración de tipo ideológico y político. Hay un sentido común lingüístico, que la gente lo tiene. y es lo que hace que esta conflictividad nos parezca tan artificial, lo que no significa que no percibamos el peligro, porque se empieza con ciertas consideraciones y se puede abrir una brecha allí donde no la había.

En Galicia ¿se pueden dar fricciones lingüísticas como las de Cataluña?

-Las situaciones sociolingüísticas son muy dispares. El panorama catalán o vasco no es equiparable al gallego, son sociedades distintas, con pulsiones e historias diferentes. Y luego también están aspectos inherentes a la propia naturaleza de la lengua. Catalán y gallego son de la misma familia neolatina. Otras lenguas provienen de otros troncos, con lo que es más difícil la comunicación. Pero lo importante es ese sentido común lingüístico. La lengua forma parte del patrimonio más inmediato de las personas. Incluso, una persona que no sea letrada tiene lengua, puede hacer poesía, hablar de forma convincente o expresar un pensamiento sofisticado. Esa riqueza va acompañada del sentido de la lengua como instrumento de comprensión.

Ese sentido común lingüístico ¿es lo que convierte a los hablantes en elemento crucial de las lenguas?

-La lengua es una creación prodigiosa con un componente puramente biológico, en lo que tiene de resultado de la capacidad que ha desarrollado una determinada especie. Junto a eso está también la dimensión social. Una lengua existe porque hay una comunidad. Las academias jamás pueden considerarse ni dueñas, ni censoras, ni administradoras de la lengua. Son simplemente organismos de apoyo y de ayuda a ese organismo prodigioso de comunicación cuyos dueños son los hablantes.

Sin embargo, hay una actitud académica o purista de la lengua que viene a decir a los hablantes algo así como «no me la hablen mucho que me la estropean»

-Las academias tienen que actuar con prudencia. Hay términos que se introducen en el uso e inicialmente, como suele ocurrir con las novedades, resultan no hirientes, pero sí chocantes. Esa prudencia está justificada porque todos tenemos en mente palabras que estuvieron muy vivas en un momento determinado y a los cinco o diez años han desaparecido por completo. La Academia no puede asumir cualquier innovación, tiene que dejar que la lengua se serene y repose antes de incorporarlo, pero esa actitud no es, en modo alguno, contraria a esa fluencia del idioma, porque eso está en el propio origen de las lenguas. No existe una actitud conservacionista y menos intervencionista. Las lenguas neolatinas son un latín manipulado, tergiversado, en cierto modo violentado. Pero de ahí han salido el italiano de Dante, el francés de Rabelais, el castellano de Cervantes, el portugués de Camoens, el catalán de Joanot Martorell y el gallego de Rosalía de Castro. Son creaciones dignísimas que nacen de una corrupción del idioma metropolitano, que se expandió mucho y fue evolucionando. Y ésa es una actitud que está asumida por parte de quienes nos dedicamos al estudio de la lengua y por parte de los hablantes. Si la lengua es propiedad de los que la hablan, la condición de académico no significa superioridad respecto a la posición de los demás.

Desde esa perspectiva cambiante de las lenguas los diccionarios vienen a ser como una foto fija de un momento del idioma

-Es una foto fija como podría serlo la foto fija de una carrera: refleja un estado que al momento siguiente ya no es lo mismo. Bien es cierto que las lenguas son sistemas estables, hay una continua incorporación de novedades, pero sobre un tronco muy estable. En el caso del español, ese tronco es estable no sólo en términos de la lengua, sino también geográficamente hablando, tiene un máximo común denominador amplísimo, que es lo que permite mantenerla unida dentro de la lógica diversidad de un instrumento que manejan 450 millones de personas.

El cambio tecnológico acelerado en el que vivimos ¿causa también una transformación rápida de la lengua?

-Soy muy mcluhiano. Marshall McLuhan afirmaba que la tecnología nos proporciona instrumentos que son extensiones de nuestros sentidos, de modo que cada vez que hay una novedad tecnológica nuestra condición humana se modifica. Esto ya ocurrió con la invención más prodigiosa de la humanidad, que fue el alfabeto fonético en el 3500 antes de Cristo, que marca el comienzo de la historia, el momento en que gracias a la escritura podemos dejar constancia de lo que ocurre. Estamos en un momento de una afloración tecnológica extraordinaria para la comunicación. Estamos ya en lo que Manuel Castells llama la galaxia internet. Estos fenómenos los veo con esperanza. La condición humana y la facultad del lenguaje siempre acabarán acomodándose a esta extensión de los sentidos para bien. Por ejemplo, hay mucha preocupación por el uso de las abreviaturas en los mensajes de telefonía y el nuevo lenguaje que utilizan los jóvenes en ese medio. En un manuscrito medieval encontramos más abreviaturas que en un SMS actual. Todo responde a la misma razón: la economía, algo muy propio de las lenguas. Cuando hay que transmitir algo lo más rápido posible o en el menor espacio posible se recurre a la abreviatura. Sin embargo, ese uso ya presente en los códices del siglo XII no supuso ninguna corrupción de la lengua.

El español ¿tiene en internet el peso que le corresponde a su presencia en el mundo?

-En internet hay que progresar. Al hablar de la importancia o de la preeminencia de una lengua hay que considerar varios criterios. Está el criterio de la lengua como portadora de cultura, que en el caso del español es extraordinaria, enriquecida con aportaciones de ambas orillas del Atlántico. Luego está el factor demográfico y ahí jugamos en condiciones muy favorables porque el crecimiento vegetativo de los hispanohablantes es continuo y somos la segunda lengua más estudiada del mundo. En el terreno de la economía o geopolítica ya inciden otras circunstancias. La II Guerra Mundial la ganó el inglés, que barrió al alemán, predominante hasta entonces, como lengua de cultura y de ciencia. En internet tenemos un espacio modesto que no es equivalente al peso cultural de la lengua española.

Y ¿cómo superamos eso?

-A ello contribuirá el propio desarrollo económico y demográfico, pero también lo que hagamos en el ámbito mediático. Participé desde el origen en la creación de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes, que ofrece 30.000 libros digitalizados y es una de las más importantes que existen en este momento en la red. La sensibilidad hacia este mundo por parte de la comunidad hispánica existe y yo creo que vamos ocupando espacios que afianzarán más nuestra posición, siempre amparados por la enorme fuerza cultural que tiene el español.

Esa biblioteca virtual se relanzará con ese nuevo instrumento tecnológico que quiere ser una reinvención del libro

-Me gustaría que lo llamáramos «portalibros» porque eso de «e-book» es muy difícil de adaptar fonéticamente al español. Claro que esto es un brindis al sol, porque acabará llamándose como se tenga que llamar. Eso es fascinante, aunque los agoreros vuelvan a anunciar la muerte del libro, que al parecer acaecerá en el año 2018. Sin embargo, hoy en día se escriben, se editan y se leen más libros que en ningún otro momento de la historia de la humanidad.

Congresos como el que está a punto de celebrarse en Valparaíso ¿alientan el sentido de comunidad del español?

-La comunidad lingüística se mueve a diario y en todos los ámbitos, al margen de los que hagan las academias. Los medios de comunicación y la educación son fundamentales, son los auténticos factores de la unidad del idioma y de su desarrollo en positivo. El beneficio de los culebrones en favor de la unidad del español es impagable. Son producciones que atraen a un público muy amplio y sirven para exhibirse en cualquier país de la comunidad hispanohablante. La Asociación de las Academias de la Lengua realiza una importante labor en esta misma línea, que se materializa en hechos como que la gramática más reciente, que acabamos de presentar, sea la primera gramática panhispánica, avalada por las veintidós academias. Los congresos son una gran asamblea, una celebración, pero el trabajo está en la vida cotidiana.

¿Se ve usted como el próximo director de la Academia en la renovación de cargos que tendrá lugar a finales de año?

-Esa pregunta me sobresalta. De momento estoy asumiendo mi cometido como secretario, papel en el que me encuentro muy satisfecho, y todavía preguntándome si no me sobrepasará.

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