Noticias del español

| |

| Gustavo Méndez Sarmiento
www.diarioeltiempo.com.ve, Venezuela
Jueves, 14 de octubre del 2010

TRUJILLANO / TRUJILLENSE

El gentilicio es inalterable.


Pretenden arrebatarnos nuestra denominación forjada a lo largo de más de cinco siglos de convivencia, tradiciones e historia.


Se ha presentado, en los últimos días, un debate acerca de la utilización del término «trujillense», en contraposición a «trujillano», para designar o referirse a los nativos de nuestro estado, a quienes viven en él aunque su nacimiento se haya producido en otras regiones, o a lo relacionado o perteneciente a Trujillo.

Desde el punto de vista exclusivamente lingüístico, no hay razón para tal polémica.

Según el Diccionario de la Lengua Española (DRAE), de la Real Academia, el sufijo -ano «significa procedencia, pertenencia o adscripción: marciANO, aldeANA, franciscANO. A veces toma las formas -iano: parnasIANO; o -tano: ansoTANO».

El mismo diccionario nos indica que el sufijo -ense se utiliza en la formación «de gentilicios y otros adjetivos latinizantes que expresan relación o pertenencia: abulENSE, estadounidENSE, matritENSE, forENSE, castrENSE. A veces toma la forma -iense: canadiENSE, parisiENSE».

Ambos sufijos, por tanto, tienen significados y aplicaciones similares; entre ellos, y es el que nos interesa en este artículo, el de establecer el gentilicio de una persona.

Esta palabra, gentilicio, llegó al español proveniente del latín gentilitius, sustantivo que proviene, a su vez, de la también latina gens. Entre los romanos, esta expresión gens era la utilizada para aludir al linaje, la estirpe o progenie de una persona o una familia; como la denominación de la gens era común a las diversas ramas y miembros de la familia, se puede afirmar que correspondía a los apellidos de hoy.

La gens Cornelia (la Gente Cornelia), por ejemplo, era la estirpe de los Cornelios; la gens Iulia (la Gente Julia), era la familia de los Julios, uno de cuyos miembros fue el emperador Julio César.

Gens era también, para los romanos, la palabra con que se referían a conceptos tales como «raza», «nación» o «pueblo». Con la expresión gens Sabina, verbigracia, se designaba al pueblo de los Sabinos; la gens Latina, era el pueblo de los Latinos, y así sucesivamente.

Gens evolucionó hacia gentilicio y conservó su significado original, es decir, denominación o referencia a los habitantes de un pueblo, ciudad, región, país, nación o estado. Ese es el significado con el que aparece, hoy en día, en el DRAE: «Perteneciente a las gentes o naciones. 2. Relativo al linaje o la familia».

En su calidad de sustantivo, gentilicio se refiere al habitante de un país, región o ciudad: el venezolano es generoso; el zuliano es regionalista; el andino es reservado. El gentilicio también se usa como toponímico para designar a los habitantes de un lugar: los corianos, los europeos, los australianos.

Como adjetivo, indica el origen o proveniencia de personas o cosas: Agapito es mirandino; mi tía es caraqueña; ellos son carupaneros.

Hay que aclarar que el gentilicio, en ambos casos, hace referencia solamente al origen de personas o cosas, no a su residencia o ubicación. Un merideño por ejemplo, conservará su gentilicio viva en Boconó, en Lima o en Helsinki. Es decir, el gentilicio no varía con la nacionalidad o con la ciudadanía, es inalterable: se puede cambiar de residencia, ubicación, nacionalidad o ciudadanía, pero no de origen, que es inmodificable.

Por otro lado, el español es muy rico, posee una gran variedad de terminaciones o sufijos que intervienen en la formación de gentilicios; las más utilizadas son las siguientes:

    -a, -aco, -aíno, -al, -ano, -ario,

-eco, -ego, -enco, -eno, -ense, -eño, -eo, -ero, -és, -esco,

-í, -iego, -ino, -isco, -ita,

-o, -ol, -ota,

-uz. La derivación de adjetivos referidos a la procedencia, pertenencia o gentilicio ha respondido, a lo largo del desarrollo de la lengua, a criterios no dependientes sólo de academicismos, o a dictados extraños a los del gusto de sus hablantes. Existen elementos no lingüísticos igualmente válidos para determinar un gentilicio, tales como la adopción, la historia y la tradición.

El llamado «gentilicio por adopción» es el que alguien, establecido en un sitio distinto a aquel en el que nació, asume por personalísimas razones afectivas, de cariño, o por agradecimiento.

La historia y las tradiciones cultivadas por un pueblo o una región también son componentes vitales de su gentilicio. Este es un valor que se arraiga y se convierte en perenne, connatural e inseparable de sus pobladores o parajes; el gentilicio, por tanto, no es una moda pasajera, un capricho de gobernantes incultos o de mujiquitas súbitamente iluminados. El gentilicio lleva implícita la idea de permanencia, no la de transitoriedad, y así se manifiesta.

En la formación de gentilicios se podrían alegar, incluso, razones de estilo, de atractivo sonoro, de economía del lenguaje, y hasta maneras de evitar cacofonías. ¿No nos «suena» mejor caraqueño que caraquense? ¿Por qué la gente de Mónaco se llama a sí misma monegasca y no monaquense? ¿Cómo es mejor, niña andina o niña andinense? ¿Aceptarían los polacos, de buen grado, ser llamados polonieños? En la Universidad Complutense ¿celebrarían un cambio que la lleve a llamarse Universidad Complutana?

¿Por qué, entonces, provocar a los trujillanos llamándonos trujillenses?

Tanto -ano como -ense son terminaciones de gentilicio que, hemos visto, tienen significado y aplicaciones similares; prueba de ello es que es perfectamente posible hablar de falconiano o falconense; bolivariano o bolivarense; barbadiano o barbadiense; cameruniano o camerunense; valerano o valerense.

Ahora bien, los nativos y residentes de este rincón del mundo nos llamamos a nosotros mismos trujillanos por razones lingüísticas, históricas, afectivas y de tradición. Todo lo que ha conformado eso que llamamos trujillanidad.

La provocación, por su lado, es parte de una ofensiva cuyos objetivos pertenecen a un campo muy distinto al idiomático. Emana de la facción oficialista, como de costumbre; ya no ocultan sino que, por el contrario, despliegan su obcecado interés en dividirnos, en eliminar o borrar nuestra memoria colectiva, en desdibujarnos y hacernos perder nuestra identidad particular para convertirnos en meros miembros de una masa informe, monótona, un rebaño de gentes sin pasado, comunizada.

Ya demostraron el visceral desprecio que sienten por los trujillanos y lo trujillano cuando, en el ejercicio libre de su incalculable ignorancia, trataron de emponzoñarnos ultrajando la memoria de una de nuestras cumbres, en todos los sentidos y de todos los tiempos, don Mario Briceño-Iragorry.

Tratan de minimizar lo positivo del pasado para justificar su estruendoso fracaso en el presente y su ineptitud para proyectarse al futuro.

En cuanto al cambio de trujillano por trujillense, lo que pretenden, en mi opinión, es arrebatarnos la denominación de nuestro gentilicio, forjada a lo largo de más de cinco siglos de convivencia, tradiciones e historia comunes; convencernos de que no somos lo que somos; obligarnos a dejar de ser lo que hemos sido y somos acorralarnos, nariceados, (para su exclusiva conveniencia) en conceptos y clichés que nos revelan la verdadera visión que tienen de lo que somos y debemos seguir siendo los trujillanos: un atajo de borregos olvidados de su identidad.

Promover cambios superficiales, afeites inocuos, dirigidos a distraer la atención, buscando el aplauso de la gradería y la palmadita del caporal, pero sin la real intención de impulsar la evolución que lleva al progreso, no son sino prácticas gatopardianas: cambiar para que nada cambie, maquillar para impresionar, no para avanzar.

Los trujillanos sí queremos y necesitamos un cambio; y estoy seguro de que se va a producir, mas no en el sentido que el gobierno espera o proyecta.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: