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| Juan Goytisolo
elpais.com, España
Lunes, 6 de septiembre del 2010

TRIBUNA: LA ACADEMIA, ¿HONOR O LABOR?

En septiembre de 2008, informado de mi paso por Barcelona después de los cursos en l'Universitat d'Estiu de Andorra, Francisco Rico me comunicó a través de una amiga común su deseo de conversar conmigo.


Como siempre he tenido respeto y estima por su labor de historiador y filólogo pese a algunos desacuerdos sobre nuestras lecturas respectivas de autores medievales y posrenacentistas, acudí con dicha amiga al almuerzo fijado en un conocido restaurante del carrer del Carme. El diálogo con Rico es a la vez serio y entretenido, y charlamos y charlamos entre plato y plato de los autores que nos son más queridos. Antes de llegar a los postres, el escrupuloso lector de Cervantes y de La Celestina —dos pasiones que ambos compartimos—, me aclaró la razón del encuentro: había hallado, dijo, un procedimiento para nombrarnos, a Ferlosio y a mí, académicos de honor sin necesidad de las solicitudes y trámites burocráticos de quienes aspiran a formar parte de la docta corporación.

Le agradecí como corresponde su amistosa propuesta, pero le dije que no podía aceptarla, no por falta de consideración a la Academia, cuya labor me merece el mayor aprecio —consulto a menudo el Diccionario panhispánico de dudas y aguardo con impaciencia su monumental Nueva gramática de la lengua española elaborada en colaboración con las 22 Academias de la Lengua de Hispanoamérica, con quienes he compartido recientemente el Premio Internacional Don Quijote de La Mancha—, sino por la imposibilidad de acomodar mi trabajo solitario al suyo y de asistir puntualmente a sus reuniones. Aunque ello no era indispensable en mi caso, como se apresuró a señalarme Rico dada la lejanía de mi querencia africana, precisé que dicho galardón honorífico no acompañado de una participación efectiva en las deliberaciones usuales de la Casa no correspondía a mis gustos ni a mi temperamento. Nunca he aceptado doctorados ni medallas —salvo las de Presencia Gitana y de Vecino del barrio almeriense de La Chanca—, y cuando el ex ministro de Cultura francés Jack Lang me ofreció la Legión de Honor, le expuse cortésmente que aquel honor no era el mío: los militares que se distinguieron por su «heroísmo» en el exterminio de vietnamitas, malgaches y argelinos suelen lucirla en la solapa. Por encima de todo, el ceremonial de los actos oficiales de entrega de lauros y recompensas me abruma y soy reacio a someterme voluntariamente a semejante tortura. Cuando lo he hecho, no conseguí librarme de un sentimiento de malestar ante lo que siento como una claudicación personal.

Las relaciones de algunos escritores con la Real Academia de la Lengua han sido a veces conflictivas y suscitado reacciones contrapuestas en las que la política y la percepción singular del creador de sí mismo y de su obra andan entremezcladas. Citaré dos ejemplos de ello: el de rechazo de una candidatura bien sustentada y el de su no aceptación.

Durante los años de la Segunda República, don Emilio Cotarelo, a la sazón presidente de la docta corporación, afirmó que Valle-Inclán no reunía los méritos suficientes para ingresar en ella, a lo que el novelista y dramaturgo gallego repuso con su causticidad habitual: «¿Desde cuándo los herejes entran en la Iglesia? Yo soy un hereje a sabiendas». Ignoro la reacción de Cotarelo a una puntualización tan contundente. En cuanto a Valle, el sesgo admirable de su obra tardía tras el aplauso cerrado con el que fueron recibidas sus Sonatas, le distanció del mundo académico. (Si ello sirve de consuelo a los suspendidos, recordaré que ni Baudelaire, Zola ni Proust alcanzaron la gloria de un sillón en el noble edificio del Quai Conti pese a haberlo solicitado. Pero, como dice el refrán: mal de muchos…).

Después de la Guerra Civil, el exiliado Juan Ramón Jiménez recibió una carta de José María Pemán en la que el autor del Poema de la bestia y el ángel le proponía un sillón en la Academia. Su respuesta, fechada en Washington el 6 de febrero de 1946 e incluida en el excelente volumen titulado Guerra en España coordinado por Ángel Crespo en 1985, el gran poeta expresaba con nitidez y una pizca de ironía su incapacidad de adaptarse a una faena que no era la suya:

«Para mí, amigo Pemán, las Academias son, o deben ser, institutos de trabajo, no galardones; debe ser académico el que: ha demostrado que puede trabajar en las labores propias de cada una. Ya yo le dije a Marañón, cuando vino a invitarme, que me imaginaba que él era académico de la lengua para mirarle la lengua a los académicos, y que estaría mejor en la de Medicina. En las Academias literarias, ningún poeta lírico tan ignorante como yo debe ocupar el sitio que corresponde a los historiadores, filólogos, etcétera. ¿Qué hace el poeta, un creador iluso, en uno de los sillones sabios?».

En los dos casos evocados subyace, más allá de la resistencia a la tentación insidiosa de los honores, el temor al reconocimiento oficial. La libre navegación por aguas desconocidas a la que aspira todo creador de enjundia implica una aceptación resignada de la prevención y sospecha de sus contemporáneos. El ser cortejado por la fama y el éxito supone para un puñado de poetas y novelistas —¡hay desde luego excepciones magníficas!— la prueba a contráriis de que la obra así ensalzada por la industria cultural carece de la fuerza condigna a una creación arriesgada y perturbadora, que no responde a las expectativas del perezoso lector medio. La consideración del artista como bien nacional se sitúa en las antípodas de su busca zahorí de manantiales creativos nuevos. El alejamiento de la institución literaria y el ninguneo de los espinazos doblados le proporcionan en cambio una secreta satisfacción. Si un creador molesta, obedece al hecho de que su obra permanece viva: a nadie se le ocurriría alancear a los muertos expuestos en la pasarela o vitrina efímeras de los que Antonio Saura llamaba el «hipo de la moda» en contraposición a lo que Valle-Inclán y J. R. Jiménez encarnan: la «moderna intensidad».

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