Noticias del español

| | |

| Rocío García
El País, España
Lunes, 17 de noviembre del 2008

TRAS LAS HUELLAS DEL CINE

José Luis Borau ensalza en su ingreso en la Real Academia Española la omnipresencia cinematográfica en el habla y la escritura.


Fue un discurso minucioso, divertido y erudito a la búsqueda de las huellas profundas y abundantes que el cine ha marcado en el lenguaje y la escritura.

José Luis Borau, elegante e irónico, se echó ayer al monte en su ingreso en la Real Academia Española para recorrer, con abundantes y divertidos datos, la omnipresencia cinematográfica en el habla de la gente, sí, pero también en escritores, poetas, ensayistas o dramaturgos. Fue recordando palabras, frases o expresiones nacidas en la gran pantalla y que la calle ha hecho suyas. La mula Francis; El malo de la película; Tarzán; El séptimo de caballería; Más franquista que el No-Do; Siempre nos quedará París, o La vida es una tómbola, y demostró cómo las artes se han rendido a la grandeza del cine por su riqueza de vocabulario y expresiones nacidas «al calor del duro oficio de fascinar y, por supuesto, al entusiasmo de los seducidos».

Su pasión y estudio del cine recorrieron todo su discurso, que fue contestado por Mario Vargas Llosa, pero también sus recuerdos, especialmente a la hora de hablar del actor Fernando Fernán-Gómez, a quien sustituye como académico para ocupar el sillón B mayúscula, y del guionista Rafael Azcona. El salón de actos de la RAE, en el que el nuevo académico entró flanqueado por Javier Marías y Darío Villanueva, se llenó de caras conocidas del cine como Manuel Gutiérrez Aragón, Ángeles González Sinde, Jaime Rosales, Icíar Bollaín, Fernando Méndez Leite, Ventura Pons o Antonio Isasi Isasmendi, entre otros. La ocasión no era para menos. Borau era el segundo cineasta elegido miembro de la Academia.

Tras agradecer a los miembros que apoyaron su presencia en la institución, Antonio Fernández Alba, Antonio Mingote y Emilio Lledó —«rompieron lanzas a favor del académico en ciernes dejándolo deudor, es decir, tocado de por vida»—, el nuevo académico, a punto de cumplir 80 años, y con ese bastón que ya no le abandona desde hace meses, fue desgranando el lenguaje enriquecido o viciado por el cine, esa profesión en la que empezó hace ya 40 años y en la que ha hecho de todo: productor, actor, director, distribuidor. «De pronto, todo lo relativo al cine acabó siendo mejor. Expresiones como una casa de cine, una cocina de cine o un novio de cine comenzaron a oírse en bocas femeninas, las más excitadas ante la novedad. Pasarlo de cine o un paisaje de cine se siguen escuchando a diario cuando alguien pretende describirnos algún desiderátum, por mucho que haya perdido ya la fe como espectador».

Detallista al máximo, Borau fue desgranando ejemplos, para regocijo de los presentes, de acogidas de términos de la gran pantalla. Como la palabra rebeca, ese jersey en forma de chaquetilla abotonada, que se incorporó a nuestro lenguaje tras lucir la actriz Joan Fontaine esa prenda en la película Rebeca, o los hermanos Marx, «fuente inagotable de diálogos aptos para alegrarnos la existencia»: la parte contratante de la segunda parte contratante, ¡y dos huevos duros! o ¡es la guerra!».

Habló el cineasta de cómo los autores, «quieran reconocerlo o no, lo sepan o lo ignoren, cuentan con el cine a la hora de fabular» y cómo muchos de ellos «acuden a la pantalla en busca de apoyo sin empacho ni tapujos». Iba finalizando el discurso y el nuevo académico iba plegando velas. «El ser humano parece no haber caído en la cuenta de lo que realmente ha supuesto la irrupción del cine en nuestra mente y, de rebote, en el afán de comunicarnos con el prójimo», aseguró Borau antes de despedirse con un «tiemblen después de haber reído».

Mario Vargas Llosa alabó la reciedumbre y el espíritu tenaz del director de Furtivos, el filme que en 1975 le dio a José Luis Borau una proyección nacional e internacional. El autor quiso abundar en el «hombre de ideas», como la naturaleza y los límites del realismo en el arte. Para Borau, aseguró el escritor, «el realismo no consiste en un arte que imita objetivamente a la realidad, que en su diversidad y sus tumultos es escurridiza e inapresable, sino en crear algo distinto a ella, un producto artístico que valga por sí mismo y sea autosuficiente».

Y si la gran amiga de Borau, Carmen Martín Gaite, siempre dijo de él que era un solitario y que esa soledad la sobrellevaba sin esfuerzo ni amargura, Vargas Llosa le prometió que, a partir de ahora, «sus flamantes compañeros haremos cuanto haga falta para que se sienta menos solo».

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: