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| Efraín Osorio
La Patria, Colombia
Martes, 11 de agosto del 2009

TODO ESTÁ EN EL CLÓSET

¿Dónde, si no en el clóset, se esconden los maridos infieles pillados con las manos en la masa femenina que no es la suya? Es allí donde también se meten los infieles que abundan en los chistes.


Poco a poco, la voz inglesa clóset ha ido desplazando del léxico cotidiano a su carnal escaparate. Con su encanto y misterio, la palabra escaparate ingresó al archivo de cachivaches viejos, como antes pasaron al cuarto de san Alejo las medias negras con liguero que disparaban la libido masculina. O los tobillos, cuando era todo lo que el pudor autorizaba mostrar del paisaje femenino.

Otro voquible que tuvo sus quince en el diccionario fue «armario». Pero entró clóset pisando duro y se entronizó como sinónimo de espacio o mueble empotrado en la pared, ese territorio libre donde coleccionamos nuestras precarias vanidades sartoriales.

Toda cita con el siquiatra debería ir precedida, o seguida, de una inspección ocular al clóset. Sin duda, el profesional que nos monitorea por dentro, encontrará allí lo que no halló hurgando en los pliegues de nuestras vidas pasadas, sueños, insomnios, niñez, infancia, adolescencia.

Dentro de dos o tres mil años, paleontólogos, antropólogos y demás «ólogos», encontrarán en el clóset la explicación de cómo era el hombre del siglo XXI en su «soledad solísima» con Blackberry y la Internet al alcance de la mano.

Sorprende constatar que mientras colectivos como el gay salen del clóset, otros ingresan en él. En Tokio, un súbdito del emperador descubrió que una mujer que no era la suya vivió varios meses en su intimidad, es decir, en lo más profundo de su claustrobófico armario. ¿Dónde, si no en el clóset, se esconden los maridos infieles pillados con las manos en la masa femenina que no es la suya? Es allí donde también se meten los infieles que abundan en los chistes.

No en vano el primer lugar que visitamos todas las mañanas es el clóset. Sucede cuando tenemos que resolver la primera gran incógnita del día: qué traje luciremos para la jornada. (Aunque, en realidad, el primer objeto que frecuentamos es el espejo que nos dirá, sin piedad, si amanecimos de recoger con cuchara, estética y anímicamente).

Los hay, muy exquisitos, que ordenan su escaparate por colores. O por antigüedad. También por la buena suerte que les traiga determinada prenda. A una cita laboral no vamos si no es que la corbata o la chaqueta equis. Sobre todo cuando aspiramos a que nos den con la puerta en las narices.

La humanidad, para no repetirse, produce de pronto especímenes que adiestran lagartijas para que mantengan limpia la ropa, como un cuarto de hospital. Sólo falta allí la monótona música de una emisora de FM.

Hay quienes ponen alcanfor en sitios claves para espantar polillas exigentes que suelen almorzar cucos u otras prendas de la parafernalia íntima femenina.

Los clósets —el diccionario Clave acepta closet— de muchas divas exhiben zapatos jubilados después de los excesos de una sola fiesta. De pronto, el periódico informa sobre la excentricidad de alguna activista del jet set que regaló todo su clóset, con fines benéficos. La nada apetitosa Paris Hilton lo hace, no tanto por solidaridad, sino porque sus trajes tienen una pinche semana de antigüedad.

En los armarios encontraremos ropa íntima femenina —o masculina— toreada en una sola noche. En los de nuestras presentadoras de televisión bostezan vestidos que jamás repitieron noticiero.

Repetir traje para una presentadora de las secciones de farándula televisiva sería una derrota social. Tan «degradante» como comer solos o montar en proletario bus.

Las hay que cambian el tendido de ropa porque les cayó mal el sushi, pusieron o les pusieron cuernos, perdieron el avión o las ignoró un colibrí.

Sin gastarnos una mínima parte del cerebro, podríamos concluir: nuestro ser o no ser está reflejado en el clóset.

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