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| Gaizca Olea
El Correo Digital (Álava) - Álava,Euskadi,España
Lunes, 3 de julio del 2006

«TODO EL MUNDO QUIERE ESTUDIAR ESPAÑOL EN LAS UNIVERSIDADES DE EE. UU.»

EDUARDO LAGO DIRECTOR DEL INSTITUTO CERVANTES EN NUEVA YORK


El ganador del Nadal considera necesario «pelear para que la literatura peninsular sea conocida» en Estados Unidos «En Nueva York se produce una lengua común especial gracias a los latinoamericanos», afirma.


Eduardo Lago tiene la sensación de que, desde su llegada a Nueva York, han sido otros los que han marcado el rumbo de su vida. Desembarcó en la ciudad de los rascacielos con el propósito de quedarse un año y traducir dos novelas, y lleva allí dos décadas. Su carrera ha estado vinculada a la enseñanza del español desde que accedió al departamento de castellano del prestigioso Sarah Lawrence College «el más caro del país», —advierte— y a una incesante actividad cultural como estudioso de la literatura estadounidense.

Este rol de anónima hormiguita dio un vuelco cuando su agente decidió presentar su primera novela al Premio Nadal, uno de los pocos galardones que conservan prestigio. Eduardo Lago recibió el premio en enero pasado y, cuando se aprestaba a disfrutar de un año sabático para «leer, escribir y viajar», le llegó la propuesta de sustituir a Antonio Muñoz Molina al frente del Instituto Cervantes de Nueva York. «Si hubiera dicho que no habría sido un acto de cobardía. Tengo una oferta intelectual que hacer, tengo ideas claras», asegura.

—Su vida ha cambiado de forma radical en seis meses.

—Sí, después de este medio año, la gente me dice que soy un tipo de suerte, que quiere compartir lotería conmigo Y la verdad es que yo veo que el Premio Nadal y la propuesta de dirigir el Cervantes están relacionadas. Uno lleva a lo otro. Llevo veinte años viviendo en Nueva York y es una ciudad que conozco bien, más que Madrid, incluso. Soy profesor, jefe del departamento de español de una universidad importante, y todo esto da el perfil del director del Instituto Cervantes allí. El Nadal me ha dado el toque de escritor reconocido y César Antonio Molina (el director de la entidad) conoce mi trayectoria. El susto gordo me lo llevé cuando premiaron mi novela.

—Es un cambio que no buscó, porque había pedido un año sabático.

—No, no es buscado. Desde que fui a Nueva York casi no he tomado ninguna decisión. Fui allí para quedarme un año y traducir dos libros, pero un señor, hijo de republicanos, me animó a sacar el doctorado y llegó la posibilidad de empezar a trabajar en una universidad prestigiosísima porque se quedaron sin profesor de español. Estaban desesperados y me contrataron. La titular no volvió al año siguiente, así que sacaron la plaza y conseguí la cátedra. La racha sigue con el Nadal, que fue algo inesperado, y ahora, la dirección del Cervantes. Estaba abrumado y cansado y tenía ante mí un año, ¿un año!, sabático para viajar, leer, escribir… Esto me lleva en otra dirección, pero es maravilloso.

—Queda claro que no serviría de nada comprar lotería con usted.

—Ya les he avisado de que no.

Charla con Muñoz Molina

—¿Tendrá tiempo para seguir escribiendo?

—Esta mañana (por el viernes), he tenido una reunión con Antonio Muñoz Molina y le he hecho miles de preguntas sobre el instituto. Cuando hemos terminado, le he dicho: «¿Cómo diablos has conseguido escribir una novela?». Me ha respondido que sacando tiempo y energía de donde no la hay. La ventaja es que tengo una novela dentro y la he visto estos días; eso es lo importante, porque cuando tenga un momentito iré al ordenador a pergeñarla. Sylvia Plath escribía a las cinco de la mañana porque la había abandonado su marido y tenía dos hijos pequeños, así que madrugaba para trabajar antes de que despertaran.

—¿Qué es lo que le anima a aceptar un trabajo que tiene facetas burocráticas y de protocolo?

—¿Qué puede aportar el profesor y el escritor?

—Nueva York es una ciudad muy especial y los institutos Cervantes se abren en ciudades en las que el español es un idioma extraño, pero ese no es caso de Nueva York. Tiene un entorno anglófono y es un punto de encuentro de las tres arterias de nuestra lengua: la presencia española, que es reducida pero potente; luego hay una comunidad panhispánica impresionante, gente procedente de todos los países donde se habla español. Allí se produce un fenómeno de concentración, una lengua común muy especial, gracias a los caribeños, a los latinoamericanos… La tercera vertiente es la de los que escriben en inglés pero tienen el español como el paraíso perdido, autores portorriqueños o cubanos como Óscar Hijuelos ('Los reyes del mambo'), que en 1990 me decía: «Mi proyecto es leer a los clásicos españoles».

—Aunar esas tres corrientes es un reto complicado.

—En Nueva York, las cosas, además, cambian a una velocidad de vértigo. En parte por culpa de los estadounidenses, que son muy refractarios a lo que llega de fuera, tenemos que buscar la forma de que los escritores españoles se abran camino allí. Y, en este caso, hay que luchar mucho por los autores peninsulares.

—¿Los latinoamericanos se defienden mejor?

—Ellos no tienen que librar esa batalla, porque son conocidos y traducidos al inglés. Creo que es una cuestión geográfica, que hay una continuidad entre las dos américas, la anglófona y la hispanohablante. Europa se ha quedado un poco lejos y los escritores están distanciados, la literatura española está en las librerías, pero hay otras, como la alemana, la francesa o la italiana, que tienen identidad propia, mientras que nosotros estamos, por ejemplo, junto a los centroeuropeos.

Papanatismo

—La literatura, como otras facetas de la actividad cultural, parte en desventaja.

—Hay una gran falta de reciprocidad. En España existe una gran curiosidad por los productos culturales americanos, incluso un poco de papanatismo, porque se traducen cosas bastante vulgares. Por eso creo que hay que llevar allí a escritores y pelear por que sean conocidos.

—Ese idioma común del que hablaba, ¿puede dar origen a una forma de expresión diferente? ¿Tendrá que ver con el 'spanglish'?

—El 'spanglish' es un espejismo sobre el que de vez en cuando se escriben libros, porque es algo tan vivo que cambia con cada generación. No tiene sentido ser purista, pero tampoco traducir el 'Quijote' al 'spanglish': al verano siguiente, nadie va a reconocer eso. El español avanza hacia la fusión; las academias están en continuo contacto y la prueba es que existe una lengua cultural común: si lees novelas, compruebas que la lengua es la misma. Las dos conclusiones que saco de mi experiencia en Nueva York es que el idioma vive un proceso de expansión y no camina hacia la disgregación, sino hacia el aglutinamiento.

—En el entorno anglosajón, ¿se siente curiosidad por el español? ¿Lo observan con hostilidad, desinterés…?

—No, es un gran tesoro, y lo observan con avidez, pero es un tesoro desaprovechado. Todo el mundo quiere estudiar español en las universidades, más que el francés o el alemán. Es un vehículo fantástico y los americanos muestran gran interés por nuestro idioma. Tenemos que poner los medios para que nos conozcan mejor.

—Su antecesor llamó la atención sobre la necesidad de reforzar las inversiones en el instituto.

—Lo dijo muy bien, con elegancia, y es la realidad. El instituto de Nueva York tiene unas necesidades muy especiales, sobre todo si ves los medios que tienen el instituto francés o el alemán. Estoy seguro de que su petición será atendida. La iniciativa privada tiene que implicarse más, como sucede con las empresas y las fundaciones estadounidenses.

—¿Se justifican los arrebatos alarmistas sobre el futuro del español, que para algunos está siempre amenazado?

—Bueno, yo echo de menos la 'ñ' en los ordenadores, pero el idioma está en un estado extraordinario. Los institutos Cervantes cuajan, sea en China o en Brasil, y en la universidad en la que he trabajado, el departamento de español es más grande que todos los demás juntos. La gente quiere aprender español y hay que poner los medios necesarios para que lo consiga.

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