Noticias del español

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| José María Fernández
Diario de América (Internet)
Vierenes, 20 de junio del 2008

TEXTOS SOBRE LA LENGUA (I)

Las lenguas en España no son ahora el vehículo de comunicación, sino armas arrojadizas de unos contra otros, de unos nacionalismos recién surgidos contra lo que se entendía que era la España de siempre.


En el Curso de Lingüística General de F. de Saussure, 1947, leemos:

«Abandonada a sí misma, la lengua solo conoce dialectos, ninguno de los cuales se impone a los demás, y con ello está destinada a un fraccionamiento indefinido. Pero como la civilización, al desarrollarse, multiplica las comunicaciones, se elige, por una especie de convención tácita, uno de los dialectos existentes para hacerlo vehículo de todo cuanto interesa a la nación en su conjunto.

Los motivos de la elección son diversos: unas veces se da la preferencia al dialecto de la región donde la civilización está más avanzada; otras, al de la provincia que tiene la hegemonía política y la sede del poder central; otras, es una corte la que impone su habla a la nación. Se le mezclan elementos dialectales de otras regiones; se hace cada vez más complejo, sin perder del todo por eso su carácter original: así en el francés literario se reconoce bien el dialecto de la Isla de Francia, y el toscano en el italiano común. Sea lo que fuere, la lengua literaria no se impone de la noche a la mañana, y una gran parte de la población resulta ser bilingüe, y hablar a la vez la lengua de todos y el bable local.»

Han pasado ya más de sesenta años y la obra de Saussure está de plena actualidad y da para unas reflexiones que me parecen absolutamente necesarias porque hay gobiernos, algunos hoy con virulencia, que quieren y que intervienen en el devenir de la lengua. Y todo debe estar en su justo y cabal término medio.

Volvemos al texto citado: «Abandonada a sí misma, la lengua solo conoce dialectos, ninguno de los cuales se impone a los demás, y con ello está destinada a un fraccionamiento indefinido». Significa esto que la lengua necesita cuidados si no queremos que se divida, se descomponga, se trocee y se convierta de una en múltiples dialectos. Hay que cuidarla del mismo modo que cuidamos un mueble de madera, echándole «carcomín» para que no le entre la carcoma y aceites nutrientes para que no se reseque. Es necesaria una intervención en la lengua, una intervención de los Estados, pero sin perder de vista que las lenguas sirven para comunicarse y que cada país debe tener una lengua de comunicación común si no quiere ser una especie de charco de ranas o una reencarnación de babel.

En España teníamos una lengua, el español, para entendernos como españoles, pero ahora, con eso de las Autonomías (o cachitos de España), tenemos no sé cuántas. Es un hecho. Y es un hecho también que ahora las lenguas en España no son el vehículo de comunicación, son armas arrojadizas de los unos contra los otros, de unos nacionalismos recién surgidos contra lo que se entendía que era la España de siempre.

España es un país que existe como tal hace más de 500 años. Es un país de los más viejos del mundo. Es un país con una trayectoria en común desde hace siglos y con una lengua que primero fue un dialecto o una variante del latín en descomposición y después una lengua de comunicación entre todos los pueblos de España. La lengua la llevaron los españoles a América y hoy es la lengua oficial de más de 400.000.000 de hablantes. Es la segunda lengua en importancia en el mundo y la cuarta por el número de hablantes. Pero de la misma manera que hubo un proceso de cohesión que ya dura siglos, ahora hay otro de disgregación promovido por lenguas de determinadas autonomías o circunscripciones políticas recientes en las que se ha estructurado España. Es un proceso similar al de las catedrales, la de León, pongamos por caso, la «pulcra leonina» que ha asombrado y asombra a cualquiera que la contemple y tenga sensibilidad y cultura. Si ahora, un grupo de iluminados invocando no sé qué mitos y rasgos del pueblo se pusieran a desmontarla piedra por piedra, perderíamos una joya arquitectónica. También el sentido común. Pues ahora, políticos catalanes, vascos, gallegos y alguno más, se han puesto a destruir (quítate tú que me pongo yo) el idioma común de los españoles, el español, para entronizar e imponer con multas si es necesario, idiomas locales. Y a esto le llaman progreso. Y a los que les dicen que han perdido el norte, que destruyen el país y su lengua, les llaman fascistas. Y en estas estamos. En una regresión.

Decía Saussure que «abandonada a sí misma, la lengua solo conoce dialectos, ninguno de los cuales se impone a los demás, y con ello está destinada a un fraccionamiento indefinido». A esto vuelven los políticos locales. Este va a ser el legado, legado de descomposición, que van a dejar a las generaciones que nos sucedan. Desmontan la lengua común. Desmontan el país de todos. Desmontarán las catedrales, símbolo de una cultura, una creencia, un trabajo y un horizonte compartido.

«Las lenguas, (leo en un reciente libro de Moreno Cabrera) con todas sus riquezas, pluralidad y matices, deberían servir para comunicarnos, para expresar quiénes somos y qué sentimos, para describir el mundo y sus relaciones. Sin embargo en España y en otros países, se vienen utilizando como armas arrojadizas, causas de conflicto». No es, por lo tanto, de recibo, que el ataque al español por parte de catalanes, vascos, gallegos… sirva de pretexto para desmontar un país construido hace cientos de años. No es de recibo que en Cataluña, vascongadas, Galicia… no se pueda estudiar en español. Se niegue el derecho a estudiar en la lengua oficial y común. No es de recibo que catalanes y otros tengan inspectores para poner multas a los que hablan el español en determinados lugares. No es de recibo que hayamos perdido el norte. «Las lenguas deberían servir para comunicarnos», pero están sirviendo para distanciarnos, para fomentar el odio entre unos y otros e incluso para algo más cruel, para que unos políticos sin nada que ofrecer, porque no saben nada, no entienden nada y no les preocupa nada el progreso de su pueblo, saquen la bandera de la defensa de una lengua local frente al castellano o español y coman y medren a nuestra cuenta. Pueblo a veces insensato. Pueblo a veces esquilmado y apaleado; y a gusto.

Decía Saussure que, tras el proceso y el triunfo de un dialecto sobre los otros, siempre quedaban huellas de los dialectos que habían sido asimilados: huellas de la cultura y de la evolución, en definitiva; pero los nacionalismos modernos quieren arrumbar lo hecho, volver a la prehistoria. Quieren dar marcha atrás, ir en sentido contrario a la trayectoria seguida a través de siglos. Decía Saussure: «así en el francés literario se reconoce bien el dialecto de la Isla de Francia, y el toscano en el italiano común». Pero hay nacionalismos locales que en España quieren que el castellano desaparezca de España y que las huellas que queden no las reconozca ni «la madre que las parió». Es el progreso nacionalista.

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