Noticias del español

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| Pilar García Mouton
El Cultural, Madrid (España)
20-26 de julio del 2006

TESORO DE LA LENGUA CASTELLANA O ESPAÑOLA

Sebastián de Covarrubias


Ed. de Ignacio Arellano y Rafael Zafra. Universidad de Navarra/ Iberoamericana/ Vervuert/ Real Academia Española, 2006. 1639 páginas + DVD. 120 euros


En 1611, cuando las letras españolas estaban en su madurez, publica Sebastián de Covarrubias su Tesoro de la lengua castellana o española, el primer diccionario de nuestra lengua, del que el famoso Diccionario de Autoridades toma tantas cosas, un diccionario espectacular en el que la cultura y los hablantes de principios del siglo XVII adquieren vida propia. Gracias a un equipo coordinado por Ignacio Arellano y Rafeal Zafra podemos celebrar ahora esta nueva edición, que recoge por primera vez el texto del Tesoro, y el del Suplemento que Covarrubias redactó para completarlo, con las adiciones que Noydens publicó en 1674. Pero la nueva edición ofrece también más de 1300 ilustraciones de la época y un DVD con la obra en una versión electrónica que permite búsquedas y remite a la página del facsímil.

En una época que empezaba a mostrar el orgullo por la propia lengua, Covarrubias considera que, con su diccionario, la suya ya no se podrá contar «entre las bárbaras», y pide licencia al rey para ponerle «nombre de Tesoro, por conformarme con las demás naciones que han hecho diccionarios copiosos de sus lenguas».

Perteneció Covarrubias a una saga familiar de humanistas ilustres con raíces toledanas. Gramático y sacerdote, fue canónigo en Cuenca, capellán de Felipe III y consejero del Santo Oficio, además de especialista en historia antigua, y en griego, latín y hebreo. Y fue, desde luego, un hombre de letras apasionado, como demuestra la lectura de las entradas de su Tesoro, donde la cultura clásica se mezcla con la etimología sabia o popular de las palabras, con referencias a los jeroglíficos egipcios —véase la entrada dedicada al cocodrilo—, pero también con la vida cotidiana a través de descripciones de lo cercano, de lecturas, cancioncillas, refranes, creencias y prejuicios. Leyendo a Covarrubias nos llegan, diferenciadas, las voces de los hombres, las mujeres y los niños de su tiempo, en una sociedad muy permeada por la religión, todavía reciente la convivencia con la cultura árabe y judía, pero también con la de otros europeos, con gitanos o negros, y una gran curiosidad por todo lo que venía de América. Dice de caimán: «Un pez lagarto que se cría en las rías de Indias, y se come los hombres que van nadando por el agua, y por ser el nombre de aquella lengua bárbara, no me han sabido dar su etimología; debe ser a modo de los cocodrilos que se crían en el río Nilo».

El gran sentido lingüístico de Covarrubias no sólo se deja ver en su interés por las etimologías; a través de sus comentarios sabemos de la aspiración que entonces reflejaba la h: «…en muchas dicciones, la h y la f son una misma letra y hacen oficio de aspirar la vocal»; que los moriscos seseaban y los reconocían por cómo pronunciaban cebolla: «Con este vocablo prueban a los que sospechan ser moriscos, porque pronuncian sebolla, y aun los andaluces y valencianos, y gente de cerca de la mar», y tantas otras cosas.

La obra incluye dos prólogos: el primero, de Arellano, presenta los propósitos que la han guiado y los criterios con los que se ha hecho —además de revisiar las ediciones anteriores del Tesoro—, y un segundo, de Dominique Reyre, con una completa bibliografía, que da las claves para situar la obra en su contexto. En esta edición, el diccionario en papel se beneficia de las posibilidades del soporte informático, y eso le permite ser un «Tesoro» para el gran público y para los especialistas.

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