Noticias del español

| | | | | | |

| David Felipe Arranz
iberarte.com
Jueves, 24 de mayo del 2007

TERESA DE JESÚS O LA IMPARABLE FUERZA DE LA LENGUA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XVI

Teresa de Jesús. Selección de escritos para un lector del siglo XXI, de Luisa F. Aguirre de Cárcer y J. Ignacio Díez Fernández, Madrid, Temas de Hoy, 2007.


Ante la aterradora escena mediática puede parecer fuera de lugar la incorporación hoy en día de un volumen de estas características dedicado a Teresa de Jesús (1515-1582). A quien se lo parezca, seamos benevolentes con sus prejuicios, pues no es éste un libro de fe, sino el retrato, a través del propio testimonio de su protagonista, de una de las personalidades más apasionantes y fértiles de nuestro siglo XVI y, sobre todo, de los usos coloquiales de la lengua española en un momento en que el idioma resurgió con fuerza, gracias a quienes como ella y Pérez de Oliva regalaron al desarrollo de la lengua la mejor de las cartografías: el testimonio escrito de una lengua viva.

La fortuna que disfrutamos, por supuesto sin negar los hondísimos valores espirituales del legado teresiano, de poder contar con la obra más el epistolario para «escuchar» con los ojos la lengua española del Renacimiento queda más que patente en cada uno de estos breves fragmentos que Luisa F. Aguirre de Cárcer e J. Ignacio Díez han desempolvado para el gran público y han sacado de departamentos de filología y de cenobios, donde sólo aquellos especialmente interesados han podido saborearlos. Sirva de acicate esta cuidada selección para que los lectores pierdan el miedo a la mística y comiencen por Santa Teresa, continúen por San Juan de la Cruz y terminen en fray Luis de León.

Digo miedo, porque éste es un país de miedos y de baladronadas. De miedos, sí, a conocer en profundidad los afectos y tensiones del alma, un lago hirviente en cuyo piélago profundo Santa Teresa se zambulló, como los caballeros de sus queridas novelas: «Tú, caballero —dice Cervantes—, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando…». Se perdió el miedo en su tiempo cuando en 1551 se publicó la Biblia en romance castellano, un paso de gigante el de soltar el lastre latino y divulgar el sagrado libro en una lengua de uso. Y no hay valor para negar hoy que las Sagradas Escrituras son fuente inagotable de placer literario y de conocimiento.

Se describe Teresa de Cepeda y Ahumada como mujercita, «flaca y con poca fortaleza», y quita importancia a través del uso del diminutivo a las penalidades de los conventos, a fin de cuentas «malecillos», dice, de mujeres.

Descubrimos a una gran lectora que se inició en la literatura, al igual que Íñigo de Loyola, con los libros de caballerías que tomaba prestados a su madre, sus «maldades» en la mocedad, cuando «si pensaba que no se sabía, me atrevía a muchas cosas muy en su contra y en la de Dios», los problemas de alimentación en la orden, la capacidad de los médicos para hacer enfermar y dejar a una joven novicia como ella «tan tullida y tan joven», las devotas que exteriorizaban de manera hipócrita su fe, la cercanía del sentir místico a la sensualidad profana: «Yo, como en estos tiempos habían sucedido grandes ilusiones en mujeres y engaños del demonio, comencé a temer, pues era tan grande el deleite y suavidad que sentía, y muchas veces sin poderlo evitar», su sentido experimental de la vida, que lo emparenta con otro grande de nuestras letras, Juan Ruiz, «No diré nada que no haya experimentado, por mí misma o por verlo en otras»; el falso poder del dinero, que compra «fuego perdurable»; los tormentos y dolores del cuerpo que delatan una enfermedad crónica que muchos han querido identificar con la epilepsia; la espinosa cuestión de la honra, la limpieza de sangre, «[…] lo que no es nada hay que tenerlo en nada, pues todo es nada […]», que la santa asocia al dinero, «[…] que eso de honra siempre trae consigo algún interés de rentas o dinero […]», etc.

Así encontramos comentarios enjundiosos referidos a la realidad de su tiempo, a las lecturas (Las confesiones de San Agustín, los Evangelios, el Cantar de los cantares de Salomón), a los consejos dados a los visitadores, a la vida conventual y a la dificultosa y erosiva tarea de las fundaciones, el asedio a las moradas de la vida interior… en definitiva, a la terne y bizarra cotidianidad de esta mujer admirable, «mística y subversiva» a la vez, en palabras de uno de los grandes expertos teresianos, Juan Antonio Marcos.

Descubrimos en ella un afán por desproveerse del artificio retórico, propio de su época, para darle a la lengua su verdadera carta de naturaleza, una licencia de lucha infatigable a la que los editores han sabido dar la forma adecuada, seleccionando aquellos fragmentos en que con más propiedad se pudiera mostrar el uso de esa lengua: la tensión entre la realidad y sus anhelos, sus exhortaciones, sus estrategias de repetición e incluso las dificultades que se encontraba Teresa para dar con un adecuado cauce lingüístico, cuando éste siquiera estaba formado. Una oportunidad, en definitiva, excepcional, para conocer el vigor de la lengua y a una mujer que quiso, por encima de todo, darse a entender y abrir su alma a través del ejercicio de la escritura.

David Felipe Arranz es filólogo y periodista. Ha trabajado en medios radiofónicos como Radio España, Radio Círculo y en la actualidad colabora en la prensa cultural e imparte clases en el Máster de Gestión Cultural de la Universidad Carlos III de Madrid. Participa de forma habitual en congresos y jornadas sobre lengua española, literatura y cine. Es coautor de El Quijote en el cine (Madrid, Jaguar, 2005) y El universo de Alfred Hitchcock (Madrid, Notorius, 2006).

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: