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| Jaime Riera La Nación, Chile Lunes 7 de Mayo de 2007

Tengo sexo

Claro, es normal, tenemos sexo. Femenino o masculino, indiferenciado o transexual, activo o en compás de espera, orgullosamente potente o tristemente rebajado. A menos que nos lo extirpen sin reemplazarlo con nada, pero mientras no padezcamos la mutilación nadie puede achacarnos la carencia de esta importante porción de anatomía.

 

Sin embargo, leyendo los diarios o viendo la televisión resulta que tener sexo se ha convertido ya casi oficialmente en una actividad, en algo que podemos o no podemos hacer. ¿En qué momento se instaló aquí este horrible calco lingüístico (de to have sex) que convierte a normales hablantes de lengua castellana en especies de maniquíes sacados de dibujos animados japoneses? Quizá no sería muy difícil rastrear las huellas de los criminales: ¿telenovelas mexicanas? ¿Revistas colombianas o peruanas? ¿O más probablemente chicanos de California? ¿O editores de El Mercurio? De cualquier forma, es difícil imaginar que haya de verdad gente tan aproblemada que sea capaz de preguntar «¿quieres tener sexo conmigo?», lo cual más bien parecería la introducción a un debate sobre sexología. Siguiendo en la misma línea de barbarismos y calcos, dentro de poco escucharemos a alguien que entra a un bar pidiendo «¿puedo tener un vaso de vino por favor?».

Me parece ésta la más deprimente de una larga lista de siutiquerías que han venido quedándose en la lengua chilena sin nada que lo justifique y sin que se aporte a su riqueza expresiva. Sobra recordar que en ningún diccionario o escrito de un mínimo valor literario aparece esta ridícula perífrasis que, como queda dicho, no es más que un burdo calco del inglés televisivo y provinciano. Pero el virus se ha propagado a una velocidad supersónica y ya no hay boquitas pintadas, por muy recatadas, que no pronuncien —espero que sólo en público— con trabajosa seriedad o aparente desenvoltura la triste dicción del tener sexo. Los chilenos siempre hemos enfrentado enormes dificultades para decir las cosas con su nombre, somos la capital mundial del eufemismo. Pero ahora, los más modernos, hemos decidido pasarnos de la raya e ir al grano: cuando los españoles follan y los argentinos cogen, nosotros aseguramos que no carecemos de órganos sexuales. Ya era hora, de lo contrario pasábamos por los castrados del castellano. Todos conocemos y usamos en la intimidad y en normales conversaciones decenas de términos que designan esta actividad, pero como ninguno ha llegado a adquirir patente legítima de uso público no considerado obsceno, se crea el resquicio por donde se infiltran terminologías tan cursis como la que nos ocupa.

Y no es la única. En los últimos años leo con melancolía en los escritos chilenos que nada merece la pena, sino que se amerita algo. Este horrendo americanismo también se ha quedado entre nosotros sin necesidad alguna, como si el verbo «merecer» hubiera perdido su significado y «ameritar» contribuyera a recuperar toda la riqueza perdida. ¿Señal de complejo de inferioridad lingüístico? ¿Masoquismo expresivo? La verdad es que el lenguaje popular chileno es uno de los más ricos del continente en capacidad de crear jugosas y eficaces expresiones coloquiales, pero por otro lado la sedicente cultura media de la mayoría de los medios de comunicación y del lenguaje oficial (capítulo aparte merece el casi siempre impresentable vocabulario político) brilla por la mediocridad y el afán de imitación.

Lo misterioso pertenece tanto a la historia de la evolución de la lengua como a la historia del delito: ¿A quién se le habrá ocurrido por primera vez tener sexo, o ameritar el puesto de editor periodístico, o usar sin que venga a cuento y en cada frase el verbo «generar»? Tout se tient, como dicen los franceses, si uno tiene sexo está capacitado para generar, aquí y en la quebrada del ají.

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