Noticias del español

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| Eugenio Suárez
El País, España
Lunes, 28 de enero del 2008

TACOS Y DERIVADOS

La lengua castellana, o sea, el idioma español, como la mayoría —exceptuando, según oí decir, el vascongado— dispone de un abundante y variado surtido de expresiones verbales rotundas, lo que se llaman tacos, juramentos o palabrotas.


Hace tiempo que dejaron de ser patrimonio de las clases bajas, de los jugadores, soldados y hombres solos, en general. La maldición, el exabrupto, la blasfemia, la palabra malsonante, han pasado al dominio público, según la normativa más democrática: sin exclusión de sexo, edad, raza, religión o inclinaciones sexuales. Ya no es el imperativo aislado debido a una provocación externa, un martillazo en el pulgar, por ejemplo, o la reprobable costumbre del sábado noche entre los hombres que volvían vacilantes de la taberna.

Quizá más que un problema de educación y de respeto al prójimo se trate de carencia de vocabulario, del empobrecimiento progresivo de algo que sólo se aprende y prospera con la lectura, el estudio o el trato con personas ilustradas.

Repiten, faltando a la verdad, que se ha vencido casi totalmente al analfabetismo, lo que, en términos estadísticos puede ser cierto, pero la cultura, aun en sus manifestaciones más elementales, no consiste en saber reproducir los signos ortográficos. Deletrear una palabra no significa conocer su significado, que es lo que critican los expertos a la enseñanza primaria y media: el alumno ignora el sentido de lo que lee. Y así comprobamos, con desaliento, el bajo nivel, no sólo de los escolares, sino de los licenciados, doctores y profesores en general.

Pese a ello, contamos con un nutrido elenco de universidades, algo que contradice el propio concepto singular, pues en lógica académica Universidad solo debería haber una. Son poquísimas las comunidades autónomas que carecen de ella, lo que remedian Madrid y otras grandes poblaciones espolvoreándolas por los barrios. Los sajones, más cautos, los llaman colegios y el prestigio es algo duro y difícil de conseguir y mantener. La marea fue imparable: universidades y museos, a cascaporrillo, con amplia tolerancia acerca de los contenidos.

Pese a la proliferación, sin aumentar la nómina de conocimientos entre la población escolar parece haberse difundido en mayor medida el número de vocablos, el lenguaje soez, no imputable a la niñez o juventud. Para que no crean que nos cogemos la memoria histórica con papel de fumar, el aprendizaje de las expresiones más crudas era común, desde las primeras edades, pero coexistía con el código de no pronunciarlas delante de los padres, las señoras, los ancianos o los maestros. También era comprobable que los mismos nefandos conocimientos llegaban al oído de las chicas y en mi larga vida no he conocido una sola mujer que ignorara el lenguaje de los carreteros y la interpretación correcta de todo ello. No creo que pueda reprocharse de hipocresía, sino como prudencia, respeto y sentido de la relación de unos con otros.

Durante siglos los mayores han ignorado la vastedad de información que tenían sus hijos —no siempre de buena calidad, hay que confesarlo— sin recordar que ellos mismos pasaron por idéntico aprendizaje. Ni se puede ni debe reprenderse la utilización de la prosodia de los arrieros, porque no hay ciencia infusa, toda es adquirida. Los medios de comunicación de mayor influencia son los vistos y escuchados, retrayéndose la información impresa, que puede ser consultada y modificada en su caso. La televisión, especialmente, contribuye al cerrilismo y ordinariez que nos rodea. Películas dobladas a nuestro idioma traducen expresiones hiperbólicas como tacos directos, explícitos, a veces ofensivos, no expresados en la lengua original. La degradación corre pareja con el mundo de las imagenes, y rara es la película española que ahorra la ración de jadeos, perfectamente suprimibles al menospreciar la sensibilidad de los espectadores, cuando la cámara enfoca a dos personas —antes, siempre de distinto sexo— que caen abrazadas sobre una superficie mullida.

Reservar las locuciones escatológicas al entorno íntimo de la camaradería se llamaba educación, ni siquiera buena educación. No enseñamos a las nuevas generaciones la variedad y riqueza de nuestro idioma; esto dicho, también es cierto que mucha gente joven y madura elige comportarse con respeto ante el prójimo, porque sólo es cuestión de proponérselo y elegir, como nos dijo Cervantes, entre la carta de más y la carta de menos.

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