Noticias del español

| Jacobo Zabludovsky

Somos palabra

Texto completo de la conferencia inaugural del II Seminario Internacional de Lengua y Periodismo.

Yo soy mi lengua, nos enseñó Unamuno, y quizá en esa síntesis guardaba todos los valores del idioma: a un tiempo declaración de origen, identidad y también puente hacia el prójimo. Por las palabras somos, nos conocemos y nos reconocemos. Por ellas llegamos y dejamos el pensamiento y el sentimiento. Somos palabra en piedra de catedral, en el papiro egipcio o en el amate de los indígenas mexicanos.

Si la lectura tempranera del diario fue durante mucho tiempo —lo dijo Hegel— la oración matutina del hombre contemporáneo, las horas y horas de televisión son cualquier cosa menos el sustituto o sucedáneo de la plegaria reflexiva. La televisión ha cambiado más la percepción y apreciación del ser humano sobre sí mismo y su sociedad —ahora sociedad planetaria, aldea globalizada—, que cuanto pudieron hacerlo todas las invenciones de la historia. Hace más de mil años en este lugar un monje anónimo dejo escritas las primeras palabras, las más antiguas que conservamos de nuestro idioma. Palabras sagradas no tanto por ser plegaria religiosa a Dios omnipotente sino por su valor de paso inicial en el camino de la lengua que hoy hablamos más de 400 millones de habitantes del mundo.

Hace apenas diez días se abrió el Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española, Cilengua, en su sede central del monasterio de Yuso. Una muestra de libros impresos en La Rioja en el siglo XVI, ejemplares únicos o raros, y un convenio de colaboración para elaborar el nuevo diccionario histórico de la lengua española, prueban la buena salud y la fuerza cada día mayor de nuestro idioma. La colaboración entre la Real Academia Española, la Fundación San Millán de la Cogolla y el Instituto de Investigación Rafael Lapesa es la primera etapa del diccionario histórico. Los monasterios de Yuso y Suso, declarados hace diez años patrimonio de la humanidad, están siendo rehabilitados como sede principal de las investigaciones filológicas, lexicográficas y de rescate de los textos que formarán un patrimonio bibliográfico y documental.

Frente a esta especie de arqueología literaria establecemos hoy el vínculo entre el monje anónimo del siglo décimo y la comunicación sin límites del siglo veintiuno. Nos hemos reunido para analizar el español en los noticiarios de televisión de losdos lados del Atlántico. Será un trabajo arduo pero ciertamente divertido, como es todo ejercicio de la inteligencia y de la cultura. Habrá que ver el tema general sin prejuicios, sin la actitud en parte defensiva de quienes en el nacimiento de la televisión señalaron sus deficiencias como medio de educación, lugar común, deporte recurrente de la intelectualidad en cualquier parte del mundo.

Se ha llegado a sustentar la idea de la forzada involución del homo sapiens al homo videns por la manera como el hombre contemporáneo ha modificado su forma de aprehender y aprender, a veces, la realidad y la cultura. Del mecanismo mental necesario para interpretar signos llamados letras, asociarlos, reconocerlos y comprender su significado, lo cual implica un mínimo aunque real ejercicio del pensamiento, a la simpleza de ver todo cuanto otros ya han digerido por nosotros, hay un notorio cambio en las potencias de la mente humana.

 

El periodista mexicano Jacobo Zabludovsky (d), junto al presidente de Telecinco, Alejandro Etxevarría (i), durante la conferencia inaugural del seminario «El español en los noticiarios de televisión a ambos lados del Atlántico». Foto: EFE/Abel Alonso

En ese sentido no me atrevo a decir quién ha cambiado más a la especie humana, si Robert Adler, inventor del mando a distancia para el televisor, por cuyo dominio han sucumbido tantos matrimonios, o Johannes Gutenberg con la propagación de la imprenta. Seguramente Adler.

Si se me preguntara cuál es la mayor ventaja de la televisión (y en esto incluyo también a la radio) diría que su amplitud, extensión, universalidad, simultaneidad, velocidad, condición instantánea. Pero si me forzaran a decir cuál es su mayor pecado sin duda señalaría que la incapacidad para ofrecer disculpas por sus errores o pedir permiso por sus contenidos. Los medios electrónicos en general nunca nos piden autorización a los ciudadanos para emitir señales y cubrimos con mensajes. En ese sentido todos somos súbditos de un soberano elegible entre la variedad de autócratas de la imagen. Y cuando se equivocan, mal hablan, dicen mal, atropellan a la lengua y a la lógica (hablar bien es consecuencia de pensar bien), todo queda como si nada.

Quiero suponer en el principio de la industria la espontaneidad sencilla e inocente de quien se halla de pronto con un aparato genial cuyos alcances de esparcimiento son infinitos. Ese utópico precursor cree, como posiblemente lo hicieron los fundadores de las televisoras de todo el mundo, en la obligación generosa de compartir con la sociedad la seducción de tal hallazgo mágico por el cual la vida humana se reduce —o se amplía, según se vea—, a las veintitantas pulgadas de una pantalla en blanco y negro, como era en ese tiempo. Sin embargo la buena fe, si alguna vez la hubo, no ha sido suficiente.

Las televisoras pronto se dieron cuenta de los alcances de su poder. La nueva realidad implicaba una nueva axiología social. La persuasión implícita en la atención de los mensajes de cualquier tipo convirtió de pronto a la televisión en la herramienta comercial más poderosa de la historia. Después en el actor político determinante del buen éxito de los demás. En México se desarrolla todavía un debate para saber si la democracia a la cual hemos arribado se debe a la evolución de las instituciones políticas o a la abrumadora presencia de la televisión en los procesos electorales, cuyo resultado se dirime en los anuncios y no en el contraste de las ideas.

Hay quienes hablan de la «mediocracia» como la nueva realidad del poder y proponen para su regulación medidas opuestas y radicales: liberalizar la compra del tiempo hasta extremos de salvajismo anárquico, sin supervisión ni autoridad controladora, o de plano prohibir la propaganda política a través de los medios electrónicos, con lo cual se acabarían la rabia y el perro. Para analizar esta situación necesito retroceder unos años.

Cuando en México se inició la actividad de las radiodifusoras y después de la televisión, la sociedad mexicana era recatada y conservadora. Estaciones como XEB y XEW lograron algo nunca antes visto en el país: cubrieron con repetidoras la República, cosa difícil en un país de casi dos millones de kilómetros cuadrados con más de 30 lenguas autóctonas y una muy diversa regionalización cultural. En esas condiciones la incipiente industria necesitaba un lenguaje simple, llano, común, entendible y sin giros localistas, comprensible en el aula y en el taller. Hubo reducción del vocabulario y mesurada entonación para pronunciar. Surgió entonces una nueva clase social: el locutor casi siempre engolado y teatral cuyo mérito no consistía en sus ideas sino en la entonación musical, impecable fraseo, bien lograda dicción, arte declamatorio hasta para anunciar cervezas, colchones o chicles. En esos tiempos los noticiarios estaban restringidos a pequeñas cápsulas tomadas de diarios o en algunos casos a la lectura inclemente y directa de los periódicos en la cabina. La radio y su hija ilustrada, la televisión, habían nacido para el entretenimiento, la música, las canciones, los programas de aficionados o las emisiones de concursos. Todo eso como hasta ahora, sin las opciones informativas.

En términos generales la información televisada no ha logrado combinar la sencillez idiomática con la corrección. A veces todavía despierto con palpitaciones ya que en sueños me persigue una reportera de mi viejo noticiario informando del excelente proceso votativo en las elecciones, o describiendo en la plaza de toros a un burel beige mientras pasaba por el ruedo un colorado o castaño, como los llamamos en mi país.

Los noticiarios de la televisión pasaron por dos etapas. Cuando los hacían los periodistas de algún diario y cuando comenzamos a hacerlos quienes vivíamos en la empresa televisora. Eso determinó muchas cosas, entre ellas el uso del lenguaje.

La redacción para medios electrónicos no puede ser igual a la de los medios legibles (algunos de los cuales, dicho sea de paso, son ilegibles). La construcción de las frases no puede incluir tantas oraciones subordinadas, se deben usar verbos directos, evitar cacofonías y sinalefas, se requiere precisión y concisión.
Pero los pecados gramaticales y faltas de respeto al idioma por desgracia van mucho más allá. Los noticiarios han incorporado a la colección planetaria de los disparates una dotación incalculable de ellos. Hay un catálogo de necedades abrumadoramente presentes. Daré cuenta de algunas cuya recopilación me ha permitido enterarme de cuántas personas se han preocupado a lo largo del tiempo por la necesaria obligación de cuidar la lengua desde los medios de comunicación.

«Mañana inician los juegos Olímpicos». ¿Quiénes los inician?, ¿los deportistas concurrentes?, ¿las autoridades organizadoras? El asunto se resuelve con la adecuada conjugación del verbo transitivo iniciar: «Mañana se inician».

Otros se llenan la boca de inflamada denuncia cuando dicen sobre el comercio callejero: «Han llenado las calles con una variada vendimia››, como si tal palabra significara venta indiscriminada y no recolección en los viñedos.

La ubicación física de los reporteros es también ocasión de inútil palabrería. Al realizar un enlace telefónico con su conductor nos dice el reportero: «Así es, estamos aquí en lo que es la plaza de la Revolución». ¿Aquí en lo que es? ¿Podrá alguien estar aquí en lo que no es?

Los pleitos mortales contra el idioma casi siempre se resuelven en favor de la condición más permanente en los medios: la impunidad. Impunidad no solo en el manejo casi siempre intencionado de la información sino en la forma como de esta se habla. Esa impunidad la hemos sufrido desde siempre. Y no, nada puede suceder desde siempre pues la preposición desde sirve como principio y si algo esta allí siempre, no tiene principio ni final. Ni desde siempre ni hasta siempre. Otro tanto sucede con «el desmentido». Como acción de desmentir es un sustantivo femenino por lo cual quien ha reclamado una inexactitud o una mentira en su agravio, nos ha hecho llegar una desmentida.

Pero hay quien se despaturra y no se despatarra; ve cómo algo se pone álgido cuando quiere decir cálido y la palabra significa lo contrario, muy frío. Algunos dicen ajuarear cuando deben decir ajuarar; mencionan sin leve rubor a grosso modo sin darse cuenta de la a sobrante y reclaman atención por un lapso de tiempo como si hubiera lapsos de cualquier otra cosa como no sea la temporalidad misma.

Otro de los errores es confundir los sustantivos con los adjetivos. Dicen sin piedad ni recato: el funcionario fulano de tal ha sido hallado culpable de cometer «varios ilícitos» cuando en verdad cometió «hechos ilícitos».

Hay quien confunde un objeto con un delito, por ejemplo, cuando a la palabra libelo se la usa como sinónimo de falacia: «Lo voy a acusar por libelo, dice furioso un abogado». Pues no; me acusará por libelista. Libelo es un escrito calumnioso, un panfleto.
Hay quien narra cómo el acusado se puso lívido cuando el juez le comunicó la sentencia, pero la verdad quiso decir pálido, pues lívido significa ‘amoratado’.

Otro elogia los avances de la economía hindú, pero eso está mal. Puede ser la economía india. El hinduismo no es un gentilicio sino una devoción religiosa. Se puede ser indio (de India) y musulmán, así no todos los indios son hindúes, sufíes, católicos ni cualquier otra cosa.

En el periodismo de las tragedias se habla mucho de la hecatombe pero no siempre de manera correcta. La palabra significa ‘cien bueyes’ y la matanza de estos era un ritual romano. Un asesinato masivo podría por extensión y similitud llamarse hecatombe, pero no es tal cuando se desborda una represa.

Hay una confusión entre editor y director de un periódico, y todo gracias a la influencia inglesa. Editar es producir en la imprenta; coordinar y determinar contenidos es dirigir una publicación. No editarla.

Se le llama prospecto (Prospect en inglés) a un posible cliente, cuando en estricto sentido prospecto es un folleto con anuncios. Y así podríamos pasarnos todo el día en la recolección de dislates, gazapos, inagotables joyas de la imprudencia. De hecho dicen algunos que cada generación trae sus neologismos y sus giros. Hoy es una triste cosa ver cómo se confunde al verbo interpretar con el verbo leer.

Habla el jefe del Estado y dice cualquier cosa y los sesudos analistas provenientes casi todos ellos de las escuelas anglofílicas, seguidos por los conductores de programas políticos, nos conminan a interpretar y preguntan severos: «¿Cuál es tu lectura del discurso?». Y no. Quien le dio lectura fue el orador, el público lo analiza o lo interpreta.

Mucho más podría decir de estos horrores, como el señor cuyo anuncio era: «Vamos a rifar una televisión», en lugar de un televisor. Pero le veo más interés a buscar y proponer un remedio.

Las sociedades democráticas deberían tener todas un ombudsmam de los medios, aunque solo fuera para impedir frases o palabras que siendo correctas se ponen de moda y sustituyen a las tradicionales. Carga vehicular en vez de tránsito intenso. Ya nadie va al hospital, va al nosocomio. Los delincuentes ya no huyen o escapan, ahora se dan a la fuga, y el agua ya no es agua sino el vital líquido.

Hace muchos años mi inolvidable y querido maestro José Pagés Llergo me dijo: «Hace falta un periódico para defender a la gente de lo que dicen los demás periódicos». No necesito agregar algo más.
También considero necesario que haya en el interior de las televisoras (no al interior, como dicen ahora los locutores) un vigilante de la palabra, el equivalente de un corrector de estilo, capaz de enseñar a hablar a quienes lo hacen sin saber. En eso rendirá un servicio invaluable al idioma la Fundación del Español Urgente, nacida con gran oportunidad. Solo así la radio hablada dejará de ser la radio mal hablada y la televisión podrá comenzar una necesaria e inaplazable labor de cooperación en una mejor distribución de los bienes culturales, empezando por el principio: por el respeto a la palabra.

Llegó la televisión y muy pronto, de la mano de Edward Murro, en los Estados Unidos, la televisión informativa. Los países hispanohablantes no tardamos mucho en asomarnos a ese medio mágico y en hacernos de él. Hispanoamérica, notablemente México, tiene en la televisión su fuente principal de noticias. Dejo de lado el papel del lenguaje de la imagen, que merecería tratamiento aparte: primero tuvimos que adiestrar el oído a otra manera de decir las cosas. El lector de los medios impresos tiene la ventaja de hacer una pausa en la lectura densa, para regresar al inicio del párrafo y releer el texto una o más veces hasta que logre descifrar la complejidad de la información. El televidente, y para el caso el radioescucha, no puede volver a oír las frases que estamos diciéndole. Lo que los norteamericanos llaman el span de atención, esto es, el tiempo que podemos dedicar a un objetivo, la concentración que somos capaces de dedicar a un tema, se ha reducido de manera impresionante. La velocidad de nuestra vida ha sido trastornada.

Lo anterior nos obliga a dos constantes de la información televisiva, que se antojan simples e inevitables vistas a la distancia: la sencillez y la brevedad. Evitar los términos en desuso y los relacionados con actividades específicas, médicas, técnicas, jurídicas, o eludir el rebuscamiento en la redacción de un texto, es una regla muy fácil de explicar pero para algunos muy difícil de entender. Por otra parte, la brevedad de las sentencias permite una más fácil comprensión, que sustituye a la relectura. No es extraño que algunos conductores de informativos acudan a la repetición de frases o conceptos, en un equivalente al subrayado de los medios impresos.

Al querer o no, hemos tenido que incorporar a nuestra habla términos como videotape, zoom, panning, spot, time slot, floor manager y tantos otros. Recuerdo cuando España se resistía a esa invasión lingüística e insistía en usar en lugar de los vocablos anteriores, videocinta, acercamiento, recorrido, aviso, horario y regidor de piso. Tal vez en España se los siga usando, pero ¿con qué palabras vamos a sustituir el chat, el fax, el forward, el cut and paste, el full track o el rendering? Para mí tengo que son más discutibles los términos chatear, forwardear o faxear, que de todos modos ya están incorporados a nuestro idioma. Después de todo, al menos en América, toda la revolución tecnológica viene del Norte y con ella su nomenclatura.

Quiero mencionar así sea brevemente un caso: el neolenguaje, o metalenguaje producido especialmente por y para los jóvenes que se comunican con mucha frecuencia por el «chat» de las computadoras domésticas o de las cafeterías Internet. Esta nueva forma de comunicación se ha extendido a los teclados de los teléfonos móviles, o celulares, como los llamamos en México. Digitar frases largas en los minúsculos teclados es tedioso y complicado. Entonces en lugar de escribir que, los jóvenes ponen solo una Q.
Para no escribir Te quiero mucho ponen las letras T-Q-M. Nada de por favor, no, con una X como signo aritmético de por y un simple fa ya saben el significado.

En el otoño de 1980, el décimo aniversario de un programa de la televisión mexicana congregó a un grupo de académicos de la lengua, literatos, filólogos, novelistas, catedráticos, periodistas de España y América, en la Universidad de Salamanca. Hoy, 27 años después, al revisar la memoria de aquella reunión, me asombra el número y la calidad de los invitados, quienes durante tres días rindieron homenaje a la lengua española y estudiaron la forma de fortalecerla en el lugar de su más sólida tradición. El programa era un informativo a mi cargo llamado 24 Horas transmitido por Televisa desde la ciudad de México, que habría de permanecer en el aire muchos años más, hasta cumplir casi 30. Entre los asistentes se encontraban Dámaso Alonso, presidente de la Real Academia Española; Pedro Amat, rector magnífico de la Universidad de Salamanca; Fernando Lázaro Carreter; Juan José Arreola; Luis María Anson; Juan Rulfo; Camilo José Cela; Álvaro Mutis; Víctor Garcia de la Concha; José Luis Martínez; Hugo Latorre Cabal; Francisco Monterde; Miguel Delibes; Andrés Henestrosa; Torcuato Luca de Tena; Francisco Umbral; Gonzalo Torrente Ballester; Jesús Hermida, Silvio Zavala y presidentes de Televisa encabezados por Rómulo O’ Farrill y Miguel Alemán Velasco.

Hoy inauguramos en este lugar donde nació nuestro idioma un seminario con la misma intención, la de examinar el estado de salud del lenguaje frente a la fuerza de la televisión en el mundo. El recuerdo de Salamanca me parece oportuno en cuanto a dos características singulares: la primera, que un programa de la televisión de un país de América hispana mostrara esa preocupación por el idioma, principal herramienta de nuestro oficio. La segunda, la similitud de las soluciones que entonces y hoy son propuestas. Ya se hablaba en Salamanca 80, nombre de aquella reunión, de la necesidad de un sistema del español urgente. Fui invitado como ponente con el tema «El idioma español como vínculo de unión». Presenté mi trabajo nada menos que en el aula Miguel de Unamuno. Han transcurrido casi tres décadas y hoy lo recuerdo con la misma emoción.

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