Noticias del español

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| María C. Recio
vanguardia.com.mx, México
Martes, 12 de octubre del 2010

SOMOS LO QUE HABLAMOS

Mientras Mario Vargas Llosa declaraba que en el merecimiento del Premio Nobel de Literatura se inscribían las personas cercanas al ganador y se congratulaba principalmente de que fuese en el idioma español el objeto ahora de esta distinción, hubo quien, la misma semana pasada, exponía que este premio carece de sentido debido a que es la Academia Sueca la instancia que lo otorga. Aducía que sus miembros estaban sólo familiarizados con su idioma natal y acaso el inglés, pero no con el español. Y que la literatura debía entenderse en su lengua madre.


Bajo esta óptica ninguno de los anteriores hispanohablantes galardonados merecerían ganarse el Nobel y tampoco ningún otro no siendo el sueco o el inglés su idioma.

Sin embargo, para quien esto escribe queda claro que los miembros de la Academia califican en base a una universalidad que va más allá de la propia interpretación que como lectores tuvieran los propios integrantes del jurado.

Más allá también de una discusión que pudiera resultar árida, como lo suelen ser ciertas polémicas, resulta interesante la importancia que ha cobrado nuestro idioma en los últimos años. Somos más de 500 millones las personas que lo hablamos; 500 millones alrededor del mundo, que no representan poca cosa y que con ello nos identifica y nos une en una comunidad lingüística, siendo México, con más de 100 millones, el país donde hay más hispanohablantes.

En 1975, Martín Alonso, autor de la magnífica e imprescindible Enciclopedia del idioma y, entre una impresionante veintena de títulos más, del libro Ciencia del lenguaje y arte del estilo, se refería a 260 millones de hispanohablantes en el mundo ese año. En la Introducción de esta obra aseguraba que el porvenir cultural nos pertenece «si los 260 millones de hispanohablantes sabemos unirnos en un 12 de octubre no interrumpido de intereses comunes».

Ahora que estamos insertos en esa porción del porvenir a la cual se refería don Martín Alonso, el compromiso y la responsabilidad está en nosotros, los hablantes del español. Particularmente en un momento como el que vivimos, en que la tecnología favorece en mucho por un lado la expansión del idioma, al hacerlo llegar a través de los distintos y modernos medios de comunicación como la televisión, la radio, la prensa, la Internet. Una misma tecnología que al mismo tiempo alienta el empobrecimiento del vocabulario con comunicaciones imprecisas en aras de la concisión y el dinero.

En su espléndida obra Ciencia del lenguaje y arte del estilo, Martín Alonso invita a evitar las desviaciones del léxico y de la sintaxis. «No interesa dar carta de ciudadanía a vocablos procedentes de hablas desarticuladas que depauperan el español o lo someten a tortura, convirtiéndolo en instrumento dialogal plastificado», asienta, refiriéndose a los barbarismos introducidos en el léxico cervantino. Metafóricamente ve este tema «como dos lenguas que juegan su tenis a cada lado de la frontera ideal, que es la red del campo. La pelota pasa de una parte a otra y va salpicando indistintamente los dos idiomas con incursiones de barbarismos.

Los barbarismos de la época actual son las contracciones de palabras hasta llegar a extremos donde puede nacer fácilmente la confusión y, lo que se creería inimaginable, el que esas contracciones además lleven en su seno errores de ortografía, como el famoso «c» que navega con una tranquilidad insólita en los celulares cuando se pretende decir: . A este paso retrocederemos hasta la pictografía.

Si algunos consideran que esto representa el avance en las comunicaciones modernas, deben saber que una buena parte de los hablantes del español, y escribientes, no están de acuerdo y luchan contra estas modas que no hacen otra cosa que lastimar el idioma y pretender darle golpe mortal.

Con todas sus maravillosas posibilidades, el idioma español está para pulirlo, cuidarlo y aceptar incluso vocablos que lo enriquezcan, pero no que acaben con él; no que lo degraden. Resulta fascinante encontrar tantos términos que dan con la palabra exacta, con la idea certera, con la imagen pensada; resulta encantador paladear cada vocablo, pues uno a uno ofrece un sonido, un aroma, un sentido distinto. Perderlo es apresurarnos en una carrera hacia una modernidad que, sin el español, no comprenderemos ni siquiera su concepto, porque es el español el que nos ofrece el variado panorama del entendimiento y el del disfrute de la belleza. Es nuestro español como puede ser para cualquier otro habitante de cualquier otra parte del país su propia lengua materna.

Pero por lo pronto nosotros congratulémonos, porque es el español el que indudablemente sale ganando al mismo tiempo con la distinción de que se hace objeto a Mario Vargas Llosa al obtener el Premio Nobel de Literatura 2010.

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