Noticias del español

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| Carlos Patiño Rosselli
www.universia.net.co
Lunes, 25 de septiembre del 2006

SOCIOLECTOS Y REGISTROS EN EL HABLA BOGOTANA

Uno de los aspectos de mayor interés en el fenómeno del lenguaje es lo que pudiera llamarse su ‘plasticidad’, o sea, la capacidad de reflejar las diferentes circunstancias del hablante.


En ese sentido, la lingüística destaca tres modalidades o ejes de variación que caracterizan e identifican socialmente nuestra habla. El eje diatópico nos marca en cuanto a la región de donde provenimos; el diastrático, en cuanto a nuestra ubicación sociocultural; y el diafásico señala el contexto o situación en que estemos usando el lenguaje y también nuestros estados de ánimo.

En Colombia, la variación diatópica nos permite identificar a un hablante de la costa norte, de la costa pacífica, de Nariño, del Valle del Cauca, de Antioquia, etc. Estos ‘acentos’ regionales se basan en la pronunciación de determinados sonidos —por ejemplo, la /n/ confundida con la /m/ al final de palabra (Popayam), la /s/ aspirada o escamoteada en la costa norte, la /rr/ asibilada en Nariño, etc.— y, sobre todo, en la entonación.

La variación diastrática da origen a los llamados ‘sociolectos’, o sea, rasgos lingüísticos que indican la categoría sociocultural (y socioeconómica) del hablante. Nos parece que en la capital colombiana pueden distinguirse dos grandes sociolectos, que podemos llamar ‘estándar’ y ‘popular’.

El sociolecto ‘estándar’ es el que corresponde a las capas sociales de mayor nivel sociocultural —la gente que ha tenido mejor educación, mayores oportunidades culturales, mejor ambiente familiar, etc.— y que, por lo tanto, no se aparta de las normas del español general y culta. Esta norma culta debe ser, naturalmente, el foco de atención de la enseñanza del idioma.

En cambio, el sociolecto ‘popular’ —a falta de un mejor nombre— es el empleado en los estratos sociales «menos favorecidos» y se caracteriza, en especial, por dar abundante cabida a expresiones que se apartan de la norma culta. Es la variedad diastrática de la empleada doméstica que dice Mi señora, el agua no herve, del ayudante de camión que grita ¡Enderézcalo!, del obrero que no se dispertó temprano, del portero que nos dice dentre, del tendero que se queja de la calor, etc. La educación idiomática tiene aquí una importante labor que cumplir, ya que no se trata simplemente de incorrecciones lingüísticas sino de rasgos que implican una seria desventaja social para los hablantes.

En nuestra opinión, el eje diafásico bogotano puede describirse mediante la postulación de cuatro registros, o sea, niveles de estilo. A diferencia de los sociolectos, que se imponen al individuo en razón de la ubicación social de este, los registros son opciones que el hablante elige de manera más o menos libre, para adecuar su lenguaje a una determinada situación.

Esos cuatro registros son: el formal que se refiere al lenguaje académico, científico, gubernamental, profesional, literario, etc.; el neutro, constituido por el léxico que no tiene connotaciones particulares sino solo su valor denotativo (casa, libro, árbol, etc.); el coloquial, que es el más dinámico y variable pues es el que empleamos al calor de una cierta emotividad (una película tenaz, severo regaño, se tiró la fiesta, quihubo m’hija, qué tipo tan intenso, ¿me regala su firma, por fa?, etc.); y el vulgar, o sea, el cajón para las expresiones «malsonantes» pero a veces oportunas.

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