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| Jorge Wagensberg
elpais.com, España
Jueves, 7 de octubre del 2010

SIN NOVEDAD DESDE EL RENACIMIENTO

¿Cómo se explica la desproporción entre la gran rueda delantera y la pequeña rueda trasera en las primeras bicicletas? Cada nuevo objeto resuelve problemas concretos, pero ¿cuándo surge un cambio revolucionario?


Se puede hablar del lenguaje de la ciencia, de la tecnología, de la música, de la escultura, de la museografía… aunque ninguno de estos lenguajes es, por cierto, la particular jerga con la que se entienden científicos, músicos, escultores o museógrafos… Es la idea de Walter Benjamin. Hay lenguajes que viven dentro de otros: dentro del lenguaje de la música se puede hablar del lenguaje romántico o del barroco y, dentro del lenguaje barroco se puede hablar del lenguaje de Bach o del de Pergolesi… Un mirlo distingue otro mirlo de cualquier otro pájaro por su lenguaje, pero tampoco se le escapa que tal otro mirlo tiene un acento que «no es de por aquí»… Un museo que opta por la pieza original como la palabra museográfica emplea un lenguaje muy diferente a otro que se entrega a la réplica o al lenguaje propio de los multimedia.

Los lenguajes, con sus palabras y con sus reglas para combinar palabras, se usan para adquirir y transmitir conocimiento, es decir, sirven para contar historias.

Pero todo cambia con el uso, también el lenguaje. A veces, una historia requiere la invención de una palabra y así crece el diccionario y se mueve la gramática entera. Hablemos por ejemplo de dinosaurios. Una de sus grandes aportaciones a la evolución fue sin duda la pelvis. Los andares de un cocodrilo todavía se expresan en rancio lenguaje prepélvico. La locomoción del cocodrilo en tierra es imperfecta porque no puede mover una pata sin que se resienta el resto del cuerpo. La pelvis es una palabra nueva que refresca la gramática del concepto tetrápodo porque cada pata se independiza de las otras tres. Con pelvis se camina mejor y con más gracia. Es verdad que los dinosaurios hace tiempo que ya no existen, mientras que los cocodrilos perseveran muertos de risa con su lenguaje corporal retro para entrar y salir del agua. Sin embargo, la palabra pelvis no se extingue. Se inventa y reinventa. La pelvis revoluciona el lenguaje del movimiento en seco y alcanza cotas de pura poesía en el vuelo de las aves. ¿Hay algo que el ser humano haya envidiado más que el vuelo de, digamos, una gaviota? El último ancestro común entre los mamíferos y los dinosaurios no llegó a disfrutar de una pelvis, así que hubo que reinventarla por pura convergencia… ¿Qué hubiera sido de Elvis sin su pelvis?

Con el lenguaje cultural ocurre algo parecido. Diseñamos objetos, los objetos son palabras y cuando triunfa una palabra nueva, se renueva todo el lenguaje. Existe la selección natural de la selección cultural. La tecnología, por ejemplo, tiene su lenguaje y hay palabras en desuso (extinguidas) cuyo significado tendemos a olvidar. Hace pocas semanas, paseando por un museo de tecnología, me detuve frente a una de las primeras bicicletas de la historia. ¡Qué incómodo artefacto! No es extraño que la selección natural castigara el diseño sin contemplaciones, pero ¿cómo se explica la grotesca desproporción entre la gran rueda delantera y la pequeña rueda trasera? El guía se encogió de hombros: «Es una cuestión estética, sencillamente les dio por ahí». Me entretuve preguntando a los visitantes y, en efecto, eso es lo que casi todo el mundo cree, como si los antiguos fueran conscientes de su condición de tales y diseñaran en consecuencia. Inaceptable. La bicicleta fue en su día una palabra nueva del lenguaje de la locomoción, pero por aquel entonces faltaban aún ciertos menudillos ortográficos como la cadena de bicicleta o los piñones de distinto diámetro. Sin ellos, el nuevo lenguaje naufraga en su propio arcaísmo. En efecto, una vuelta completa de un pedal solidario al centro de la rueda significa un avance igual a pi veces el diámetro de aquella. Así que a mayor diámetro de la rueda motriz, mayor avance. La rueda trasera era pequeña solo para no cargar el artefacto con un peso excesivo… Ahora sí.

La revolución de un lenguaje liquida una era e inaugura otra nueva. ¿Qué tienen en común tales revoluciones? Pues que raramente lo parecen. El lenguaje digital jubila explosivamente al analógico, pero, en general, el lenguaje revolucionario arranca imitando al lenguaje obsoleto.

Los primeros automóviles eran carruajes sin caballos. Todavía se conservaba el pescante elevado para mirar por encima de los inexistentes animales, incluso se preveía un generoso espacio para engancharlos, usaban ruedas de carro con llantas metálicas… La palabra nueva, en este caso el motor de explosión, no cambia instantáneamente el lenguaje del rodar por esos caminos. La primera motocicleta fue una bicicleta con un motor adosado como quien adosa una maleta. El primer cine fue teatro filmado: la cámara a modo de un espectador clavado en una butaca contemplando actores que entran y salen de un escenario inmóvil. Al cine le tomó décadas encontrar su propio lenguaje.

Lo revolucionario no lo es solo por nuevo, por estridente o porque alguien insista en proclamar que lo es. La pintura rupestre nació con un problema original en su lenguaje: representar un volumen de tres dimensiones sobre una superficie de dos. Los artistas de Altamira ya eran conscientes de la cuestión. No en vano buscaban las protuberancias de las rocas para representar con ellas la tercera dimensión de los cuerpos. Pero atención, 10.000 años después, en Mesopotamia el problema seguía sin resolverse. Se dice pronto: ¡ningún progreso en 10 milenios! La Edad Media tampoco aportó nada significativo y muchos debieron obsesionarse como ocurre siempre que un problema adquiere el prestigio de no tener solución. (Así ocurrió durante milenios con el sueño de volar como un pájaro y así ocurre hoy con el control de la fusión termonuclear). Giotto intuyó la solución sin llegar a dar con ella (las líneas de fuga de sus composiciones aún no se cortan limpiamente en un punto).

Y, por fin, el Renacimiento. Genios como Brunelleschi, Mantegna y Massaccio resuelven el lenguaje de la proyección de 3-D sobre 2-D con la invención de la perspectiva geométrica, la perspectiva de la luz y la perspectiva del color.

En Las Meninas, Velázquez sublima este lenguaje tridimensional en dos dimensiones y se permite incluso insinuar un paso más: la introducción del tiempo como una cuarta dimensión, algo así como el espacio-tiempo de Minkowski en la física relativista. Michel Foucault lo sugiere en el inspirador prólogo de Les mots et les choses: cada personaje de esta celebérrima escena aparece en un tiempo de reacción diferente respecto de la irrupción del rey Felipe IV y de la reina Mariana en la estancia (se reflejan en el espejo del fondo de la sala): Velázquez ha bajado la paleta y mira hacia el espectador (¡cielos, el Rey!), la infanta Margarita aún tiene la cara girada hacia el perro, que acaba de recibir una patada del bufón Nicolasito, pero sus ojos ya miran hacia el espectador (¡cielos, mi padre!), la dama de compañía que ofrece agua a la infanta aún no se ha percatado de nada, pero la otra dama ya ha iniciado una reverencia hacia el espectador (¡madre mía, el Rey!), Mari Bárbola se ha quedado petrificada (¡Dios mío, mi Rey!)… Velázquez propone, sin proclamarlo, una revolución que apunta más bien hacia el lenguaje cinematográfico (tres dimensiones de espacio y una de tiempo). Las nuevas tecnologías del 3-D, la estereoscopia o las holografías, en cambio, proclaman a gritos una revolución del lenguaje, pero no superan las tres dimensiones en ningún sentido. Sin novedad desde el Renacimiento, ¿qué queda hoy de la euforia de las holografías? La próxima revolución acaso esté en el 4-D, pero donde las cuatro dimensiones son espaciales. La primera palabra ya está inventada. Salvador Dalí la pinta en su misterioso Corpus Hypercubicus (1951), mientras matemáticos como Thomas Banchoff reorientan su vida profesional. Pero para que culmine esta revolución quizá no baste con engañar al cerebro, igual hay que cambiarlo.

Jorge Wagensberg es físico y museógrafo, y acaba de publicar Las raíces triviales de lo fundamental (Tusquets).

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