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| Por Agencias
Vanguardia, México
Jueves, 3 de agosto del 2006

SIGUE ANDRÉS HENESTROSA HAMBRIENTO DE LETRAS COMO EN SU INFANCIA

Lúcido como nadie, sin achaques característicos de la vejez; sonriente, en comunicación con las estrellas, todavía hambriento de letras, de leerlas y escribirlas, el maestro Andrés Henestrosa espera la llegada de su centenario de vida, el 30 de noviembre próximo, efeméride para la cual se han organizado actividades familiares y de homenaje.


Escritor, poeta e historiador mexicano, pero sobre todo humanista, Andrés Henestrosa (1906) dedica por ahora su tiempo a reescribir sus memorias y a leer, como siempre lo ha hecho, pues para él uno de sus apoyos en la vida ha sido leer buenos autores.

Consciente de que ha sido testigo de un siglo, el oaxaqueño, originario de Ixhuatán, quien hasta los 15 años habló lengua zapoteca y huave, dice orgulloso a Notimex que una de sus mayores bendiciones es no tener achaques de la vejez y conservar buena memoria.

«Como bien, bebo vino; duermo, leo, escribo, recibo gente y platico, no me pesan los años, comprendo que son muchos ya, pero no doy señales de hacer cama, de enfermarme, me siento bien», asegura sonriente y lúcido, sentado en el sillón de su biblioteca, un recito espacioso y alto, de muros de concreto, y en lo alto, un tragaluz por donde, señala, puede ver las estrellas y comunicarse con ellas.

No obstante este gusto por admirar los astros, la mayor pasión del autor de Los hombres que dispersó la danza (1929), sigue siendo la de las letras, tanto, que asegura que «se puede abrir con una letra la puerta que haya cerrado la adversidad».

«Creo mucho en el poder redentor de la letra; dijo José Martí: 'indio que sabe leer puede llegar a ser Benito Juárez'», y es que para Andrés Henestrosa no hay mejor regalo que un libro. «El regalo que más me gusta es un libro, el regalo que más hago es un libro, porque el buen libro sugiere otro libro».

Es por eso que Henestrosa donó hace dos años 41 mil libros que conformaban su biblioteca personal a la ciudad de Oaxaca, «y ahí se fueron los cuadernos de memoria, entonces hay que hacerlos de nuevo, ya con otro ánimo, con otra visión, lo que tu eras ayer lo sigues siendo hoy pero con agregados, esa es la cultura», comenta con serenidad.

Orador de José Vasconcelos, cuando éste se postuló para la Presidencia de la República, don Andrés comenta a Notimex que actualmente lee a un autor mexicano que se llamó Angel del Campo y se firmó Micrós, lo está releyendo por cuarta o quinta vez.

No obstante, ante la vasta cantidad de autores que han pasado por sus manos, para Henestrosa «primero están los griegos, después los griegos siempre los griegos, esos no pasan de moda, Homero, Eurípides y Esquilo, siempre son autores vivos, por eso cuando Vasconcelos los editó, los regaló».

«El libro —dice— parece mentira pero alimenta y cuando se tiene mucha hambre, como era mi caso, se leen libros. Desde que llegué a la Ciudad de México en 1922 vivo leyendo los libros que editó José Vasconcelos, leí los clásicos griegos antes que leer a los escritores de mi raza, de mi sangre. He leído a todos los autores del mundo».

Releer a los autores como Horacio y Esquilo «me devuelven mi niñez, porque fueron los primeros libros que leí al llegar a México, parece una paradoja, una mentira, pero la lectura alimenta y yo soy un buen cocinero de letras», asevera don Andrés.

No obstante el ser un hablante materno de zapoteco, «toda mi obra la he escrito en español, a veces al principio con una frase en lengua indígena, porque el hombre es del idioma que habla, el idioma nos hace de cierta manera y uno que ha hablado lenguas indígenas como propias, sigue pensando y soñando en lengua indígena aunque hable español».

«Hablo bien el zapoteco —agrega— porque no sólo lo hablo de herencia, sino porque lo he estudiado y hablé un poco de huave cuando niño y un español precario, mezclado con lenguas indígenas; no hice otra cosa más que leer buenos libros escritos por buenos escritores para mejorar mi lenguaje y creo ser un modesto escritor mexicano, pero real, sin trampas, mañas o engaños».

El hombre, sostiene, es el idioma que habla. «Nosotros no formamos al idioma, el idioma nos forma a nosotros, somos la lengua que hablamos, el mexicano por ejemplo con sus diminutivos, sus gestos, sus ademanes».

«Soy un producto de la cultura mexicana y llegué hablando aquí (a la capital) lenguas indígenas, las lenguas indígenas viven por sí solas, la lengua nacional es el español, es la que tenemos que hablar todos, si hablas lenguas indígenas háblala sin detrimento de la nacional: el español».

Las lenguas indígenas, dice, nunca han dejado de hablarse y de estudiarse; siempre ha habido quien se ocupe de las lenguas, ellas, sin embargo, «el español es el idioma de todos, aunque el de aquí en la casa es el zapoteco, que es también una lengua viva».

Don Andrés también ha ejercido el periodismo, el que él llama de oficio, cuando toma un tema y lo desarrolla como parte de su trabajo, porque hasta ahora, sostiene, nunca se ha «partido por la mitad vendiendo mi pluma, no tengo patrones literariamente hablando, escribo lo que siento y lo que pienso que es verdad».

Por eso, además de sus memorias le gustaría escribir de la vida cotidiana, lo que pasa todos los días; comentarlo, qué significa en nuestra historia, porque no hay nada que no tenga que ver con el ayer, eso que algún presidente hace que parece nuevo, no es cierto, ya lo hizo antes alguien más.

«Claro que el tiempo que nunca está quieto acarrea nuevas cosas, pero la base es la misma, el amor a México, la decisión de servirlo, de que sea mejor la patria que dejas que la que recibiste, que tu hijo tenga tu patria, pero la suya propia, sin contradecir las otras patrias. El país tiene una historia que va cumpliendo poco a poco».

Como historiador, Henestrosa recuerda que el pasaje de la historia que más lo ha cautivado ha sido la lucha de independencia.

«Hidalgo, el cura de Dolores, la noche del 15 de septiembre y el grito de Independencia, vino la gran revolución y fuimos independientes de España, pero como pueblo pobre hemos padecido la intervención de otras culturas, ahora padecemos la influencia estadounidense, esos son nuestros enemigos naturales, hay que tener un poco de odio a los gringos, es saludable», considera sarcástico.

Y eso lo lleva a explicar el carácter de su libro Los hombres que dispersó la danza, que, dice, «viene de Zaa, que quiere decir música, fiesta, pero también raza, idioma, de modo que su libro se llama los hombres que dispersó la danza porque se supone que cuando llegó a México la noticia traída por el aire de que venían nuevos hombres a dominarnos, los indios se reunieron, bailaron, cantaron y cada uno se fue por su lado antes de ser conquistado».

Así, en medio de recuerdos, anécdotas y libros que sobrevivieron la donación o que han sido recientemente adquiridos para enriquecer su acervo, Don Andrés, quien durante más de medio siglo recorrió las calles de La lagunilla, todos los domingos en busca de libros, espera en compañía de su familia, a que llegue este centenario.

«Me siento muy bien, cuántos años más, eso si no lo sé, no doy señales de vejez, creo que puedo vivir muy bien unos cinco años más», aseveró.

Su hija Cibeles Henestrosa, adelantó que el 25 de noviembre en el ex Convento de San Hipólito, «la familia le celebrará su cumpleaños con una vela, una fiesta tradicional oaxaqueña, mientras que el estado de Oaxaca dedicará una semana de noviembre para rendirle homenaje».

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