Noticias del español

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| Yonny Galindo Marín
El Tiempo, Venezuela
Martes, 11 de julio del 2006

SIGO CON LA LENGUA

Nuestros muchachos no están leyendo y el que intente ponerlos a leer se encontrará con unos cuantos enfurecidos que de insultos le llenarán. Entonces, ¿qué hacer para acercarles el libro? Vaya pregunta difícil. Muchos años tenemos en ese intento con resultados decepcionantes.


La abuela Rosa Josefa ejercía una dictadura con el menú del desayuno escolar, lo que me hizo aborrecer la avena cocida de las mañanas, sin embargo algunos años después, libre yo, pude saborear el atol de las hojuelas y degustar de su sabrosura. Compulsivamente no se enamora a nadie. Cuando me obligas a llegar al cielo, me alcanzas el infierno.

Hasta Sharon Stone, en su época, necesitó estrategias para seducir. Esos largos y complicados textos que en bachillerato mandamos a leer, llenos de palabras que les son extrañas al joven, resultan contraproducentes para un posible enamoramiento del libro. Esa obligatoria lectura termina convirtiéndose en los detestables momentos que alejan al joven del libro.

Una obra de Fernando Savater La infancia recuperada nos soporta la tesis, que no es nada nueva y que yo recojo, del acercamiento del niño a la lectura a través de un narrador de historias. Quién mejor que el afecto más cercano a él para servirle de voz narrativa. Los momentos en la cocina, en cualquier faena doméstica, de la noche y de la cercanía al sueño, son instantes que convocan a oír cualquier historia de héroes épicos con sus sueños y esperanzas logradas después de duros y tortuosos avatares; de personajes astutos y corajudos que logran superar los límites de lo soportable para un ser humano; las de fantasmas y aparecidos.

Así como la abuela me hizo aborrecer la avena por su compulsiva manera de hacérmela tomar, también recuerdo que ella logró en mí el acercamiento a la lectura con aquellas historias que me contaba mientras pedaleaba su vieja máquina de coser done zurcía mi ropa y la de los primos. Ese narrador que Laura Antillano, remitiéndose también al filósofo Savater, llama convincente y certero, transmite con sus narraciones la esperanza de los hombres en sus propias posibilidades, ahí están las victorias y las lecciones de los fracasos, la superación que parecía imposible. Estas narraciones oídas desde la infancia por boca de nuestro más idealizado afecto fija indeleblemente las moralejas, que de ellas se infieren, en uno de los territorios de nuestra imaginación lo que permite ir enriqueciendo el universo imaginativo, fortaleciendo valores humanos, generando pensamientos, construidos y cosificados todos ellos a través del lenguaje.

El gran Aquiles Nazoa es de tenerlo siempre en ese momento que convoca a la narración de anécdotas e historias. Esa es la mejor manera de expulsar la violencia de los jóvenes en el hogar y en la escuela, llenando de palabras que cuentan historias los espacios que circundan la vida del niño y del joven. Cuántos menesterosos del espíritu tendríamos menos si recuperáramos para los niños, desde el hogar, la facultad mágica que otorga la palabra que cuenta de mundos y de seres inimaginables, evocados por el artificio narrativo.

A lo mejor y, tal vez, como nos canta Facundo Cabral, nos nace un cantor; muy buena noticia que sería para este país, cuyo jefe «real» se pavonea disparando rifles y entregándoselos a jóvenes para hacerlos milicianos de la violencia. Cada cantor es un soldado menos, dice Facundo y le agrego yo: amplía el espacio del humano ser y reduce el de la bestia. La civilidad y la ciudadanía estarían más cerca de alcanzar si recupera la casa esos escenarios de la palabra, se le pasaría después el testigo a la escuela, para que desde ella se estimule la lectura y no tengan que decir nuestros alumnos: «bien lejos con la literatura», ni tengamos que ser los docentes víctimas y victimarios de ellos y de la lengua.

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