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| Alfredo Valenzuela (Agencia Efe)

Sesenta maneras de decir puta

El español es rico en palabras soeces por venir de donde viene, del latín, una lengua que tenía algo más de sesenta términos distintos para decir puta, según ha dicho a Efe el filósofo, egiptólogo y editor Virgilio Ortega, que acaba de publicar una Etimología de las palabras soeces titulada Palabrotalogía.

El filósofo, egiptólogo y editor Virgilio Ortega, en Sevilla. Foto: ©Efe/ Raúl Caro

El filósofo, egiptólogo y editor Virgilio Ortega, en Sevilla. Foto: ©Efe/ Raúl Caro

Muchas palabras malsonantes se transforman en eufemismos y por eso se multiplican los significantes para un mismo significado, pero éste no es el caso de la palabra puta en la antigua Roma, donde la diversidad semántica se debía «a las muchas formas que había de ejercer la prostitución, a la diversidad de especialidades», según las investigación etimológica efectuada por Ortega.

La que ejercía «delante del prostíbulo, mostrándose sin moverse del sitio» se denominaba prostíbula, la que venía del fuera, sobre todo de Grecia o de la recién conquistada Jerusalén, se designaba peregrina, la que trabajaba de noche era noctiluca y la conocida como culibonia podía traducirse como ‘la de buen culo’.

Meretriz viene del verbo mereor, que significa ‘merecer’, o sea alguien ‘que se lo ha trabajado y se lo merece’, de ahí que Virgilio Ortega asegure que una vez que se conoce el significado profundo del término la palabra se pronuncie con más respeto.

En latín, puta también se decía puta —como se dice igual o muy parecido en italiano, francés, rumano y todas las lenguas que proceden de la misma raíz—, culiola si ofrecía el ano o ‘culeaba bien’, gaditana —por la sensualidad de los bailes de Gades, Cádiz—, y quadrantaria por ser barata y alquilarse por ‘la cuarta parte’.

Los arcos de la planta baja del Coliseo romano, denominados fornices son el origen etimológico del verbo fornicar, ya que bajo aquellos arcos cobraban por sus servicios las fornix o prostitutas que trabajaban en aquel transitado lugar.

Pese a esta riqueza de vocabulario, los romanos habían de andarse con cuidado para evitar equívocos, a juzgar por los consejos de Cicerón, quien en sus escritor aconsejaba no decir cum nobis (con nosotros) y emplear la preposición de forma enclítica, o sea nobis cum, ya que al oído cum nobis sonaba como cunnus bis, es decir ‘coño dos veces’.

Los estudios etimológicos de Ortega demuestran que las palabras guarras, malsonantes o soeces tienen un origen noble, clásico y que con ellas sucede como con aquella canción que hablaba de ‘alta cuna y baja cama’.

De hecho la mayor parte de las palabras que ha estudiado proceden del latín, y buen número de ellas se habían empleado en pintadas en Pompeya, donde se conservaron por la erupción del Vesubio, hasta 10 000 intactas, algunas tan explícitas que parecen contener un significado oculto, como: «Si le das por el culo al ujier de un magistrado te quemarás la polla».

El verbo follar, según Ortega, es «casi una onomatopeya del fuelle» y de ahí viene, no sólo por el ruido que hace el fuelle al hincharse y deshincharse rítmicamente, sino a la misma mecánica de trabajo de este instrumento en la fragua, ora sube ora baja.

En sus etimologías, Ortega también cita a numerosos autores del Siglo de Oro, centuria pródiga en culos, pedos, pollas y coños, así en prosa como en consonante, y de la lírica medieval, con ejemplos del Arcipreste de Hita, el cual, aun siendo arcipreste, parecía conocer de primera mano ciertas habilidades femeninas.

«La descripción del mejor coito se encuentra en La lozana andaluza», ha asegurado Ortega, quien ha atribuido al machismo del idioma que el español tenga muchos más términos para referirse a la polla que para designar el coño.

También es machismo, a su juicio, que una cosa aburrida y tediosa sea un coñazo y que una cosa estupenda y fenomenal sea ni más ni menos que cojonuda —cojonuda, que viene de cojones, palabra que tiene la misma raíz de coleóptero, del griego coleo, que significa estuche, caja, por la parte exterior que aloja los cojones y por las alas exteriores que alojan las más pequeñas de los coleópteros—.

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