Señales para el tráfico del lenguaje

Vicente Battista Telam.com (Argentina)

Se cuenta que Aristófanes de Bizancio fue quien en el año 194 a.C. trazó ciertas marcas para la mejor comprensión de un texto. Con el correr de los siglos, esas señales se convertirían en los signos de puntuación, «misteriosos espíritus de cuya presencia sin cuerpo se alimenta el cuerpo del lenguaje».  Nacieron hace más de dos mil años, ¿están a punto de morir?

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Eratóstenes

En el año 236 a.C., Ptolomeo III le solicitó a Eratóstenes, matemático, astrónomo y geógrafo griego, que se hiciera cargo de la Biblioteca de Alejandría. Eratóstenes murió a la edad de 80 o de 82 años, no se sabe con certeza, aunque sí se sabe que por entonces había perdido la vista. Los dioses del Olimpo, igual que el Dios de Groussac y de Borges, con magnífica ironía, le dieron los libros y la noche. En el 194 a.C., Eratóstenes convocó a Aristófanes de Bizancio para que se hiciera cargo de la célebre Biblioteca. No se equivocó en la elección: Aristófanes de Bizancio, considerado uno de los primeros filólogos, editó y difundió las obras de Homero, Hesíodo, Eurípides, Aristófanes y Píndaro e incorporó tres tipos de marcas que ayudarían a la mejor lectura de los textos de esos sabios y poetas. Esas marcas de algún modo estaban preanunciando los signos de puntuación: la línea alta indicaba el final de una frase, la media podría vincularse con el punto y coma o los dos puntos, y la baja equivaldría a una coma. Este sistema fue incorporado por los romanos y posteriormente, por medio del latín, se trasladaría a las futuras lenguas romances: español, italiano, francés, catalán, portugués, sardo.

Según cuenta en el capítulo III del libro VII de sus Confesiones, en el año 383 San Agustín llegó a un monasterio situado en los extramuros de Milán, allí conoció al obispo Ambrosio quien «cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas». No debe asombrarnos el asombro del santo: era la primera vez que veía a alguien leyendo en silencio. Hasta ese momento, la lectura forzadamente se realizaba en voz alta: el texto plasmado sobre la página carecía de signos de puntuación y las palabras, escritas en mayúscula, estaban unidas entre sí. El párrafo, que acaban de leer, se hubiera visto así: 

SANAGUSTINENSUSCONFESIONESHABLADELAVISITAQUEEN383HIZOAMILANDONDESEENCONTRARIACONELOBISPOAMBROSIOYREVELAELASOMBROQUEAMBROSIOLEPRODUJO.

[…]

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