Noticias del español

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| Virginia Ródenas
cordoba.abc.es, España
Lunes, 16 de abril del 2007

SEBASTIÀ SERRANO: «CONVERSAR DA AL CEREBRO UN BAÑO DE ESENCIAS POSITIVAS»

Tanto alabar las bondades de la dieta mediterránea y lo que nuestra calidad de vida pedía a gritos era hablar y saber escuchar, despacio, sin prisas, «entendiendo esos mensajes sencillos que emite el cerebro como «sonríeme», «acaríciame», «acércate»», y que, según el lingüista Sebastià Serrano, es el tratamiento más eficaz contra la incertidumbre que nos consume. Por eso este catedrático aconseja con ahínco la «dieta comunicativa», de la que da recetas en su último libro Los secretos de la felicidad. El maravilloso poder de la conversación (Edit.Alienta)


Asegura que las estrategias comunicativas son los mejores planes de confort, supervivencia y felicidad. ¿Cuáles son y dónde se aprenden?

-La mayor parte de estas estrategias son innatas, aunque luego cada cultura las aplique a su modo. Una de ellas podría ser tener una cara cerca. Nuestro cerebro tiene hambre de caras, de ojos que lo miren, que le hablen con un tono de voz afectivo, con cariño, que ratifique los afectos. Los programas innatos relacionados con el tono de voz y con las caras son los primeros que manifiesta una criatura al poco tiempo de nacer y además son muy, muy antiguos. Nuestras lenguas tienen cuatro días respecto a estos otros lenguajes: si el habla tiene un millón de años, una mirada a los ojos se ha de medir en decenas de millones de años, lo mismo que una sonrisa.

El lenguaje fue el mayor empuje a la evolución y ahora curiosamente dejamos de hablar: El paisaje que se atisba es el de un individuo sólo ante una pantalla y que se comunica mediante una escritura casi criptográfica. ¿Estamos ante otro empujón, esta vez al precipicio?

-No cabe duda de que esto debilita las relaciones. Toda la evolución homínida desde un punto de vista comunicativo se dirige a lograr unas relaciones más fuertes y es el lenguaje el último elemento que culmina esta competencia; pero he aquí que este lenguaje desarrollado que ha potenciado las nuevas tecnologías conduce paradójicamente a un debilitamiento de las relaciones y esto, al estar nuestro cerebro diseñado para relaciones fuertes, genera incertidumbre y ansiedad. Deberíamos recuperar esos elementos tan arcaicos relacionados con el mundo no verbal y que son el colchón que hace que el lenguaje se asiente bien. Hablo de un colchón tejido con los hilos de las emociones, que es el que necesitan sobre todo nuestros niños y niñas para que el día de mañana toleren la gran incertidumbre que genera ser diana de tantísima información.

Defina a la persona que para decir «te quiero» escribe «tkro» o manda un emoticón a través de un teclado.

-Desde el punto de vista de la novedad, hay cosas que nos seducen y el cerebro también está para ello, pero a medida que se vuelve una rutina supone una pérdida.

¿A qué civilización pertenecemos los individuos de 2007?

-A otra civilización que está empezando y que hemos llamamos «sociedad del conocimiento», pero que a mí me gusta definir cada vez más como «sociedad de la incertidumbre» ya que nuestro cerebro debe asimilar una cantidad de información para el que no está del todo preparado. Yo he visto cómo se pasaba del mundo de oralidad que viví en mi pueblo a una civilización de imagen de alta definición que, sobre todo para los niños, puede confundirse con la realidad. Me decía una alumna que había tenido que recibir asistencia psiquiátrica después de ver las imágenes de una violación. Y es que frente al lenguaje oral y escrito estamos blindados por la corteza cerebral, pero la imagen la procesamos directamente sobre el sistema emocional y nos afecta muchísimo.

Incertidumbre y miedo son dos sentimientos contrarios al amor. ¿Éste ya no volverá a ser nunca más como era antes?

-Creo que sí. Y además es la propuesta del libro y de la dieta comunicativa, de la que incluso me han pedido información facultades de Farmacia. Después de explicarla por televisión, una señora me contó que, a raíz de conocer la dieta, sus nietos la abrazaban mucho más y conversan más con ella. Porque en el momento en que las personas descubren estos procedimientos tan elementales se encuentran mucho mejor: desde siempre, ante el miedo, y ya en los niños muy pequeños, el contacto corporal tiene la dimensión de neutralizar la incertidumbre y ganar en confianza. El miedo en grandes dosis enferma (depresión) y estas estrategias comunicativas tienden a resolver emociones negativas o, como mínimo, a evitar que se perpertúen.

¿Hace falta entrenamiento para acariciar con la voz?

-Iría bien. Trabajar y cuidar la voz es algo que todos deberíamos hacer. En general, en Europa occidental se ha tendido a educar sobre la escritura y muy poco sobre la oralidad, en la forja de oradores, y la voz no ha sido gran preocupación salvo en el caso de pertenecer a una coral o de tener que que trabajar con ella. Gran error porque muchas prácticas para tranquilizar, como la meditación o la relajación, se basan en la respiración. Los hombres, frente a las mujeres, deberíamos cuidarla más, al pecar de monótonos, salvo en el momento del cortejo fuerte.

¿Se ha perdido «el gusto sexual por el lenguaje»?

-Sí. He planteado la hipótesis de que este gusto sexual permite ver cómo el lenguaje es una forma de selección por toda la especie, porque, al empezar el habla, hombres y mujeres se preferirían entre los habladores, como también pasaría con los que supieran contar historias, que tanto nos gustan, o aquellos que tuvieran un cierto sentido del humor, que luego hemos heredado.

¿El principal enemigo de la conversación?

-La prisa. Y también el hecho de que cada vez haya más casos de síndrome de atención. Una buena conversación es también una manera de concentrarse y de activar unas partes del cerebro que son las que coordinan la planificación, la creatividad, la toma de decisiones, y que están muy conectadas con el sistema emotivo.

¿Su palabra preferida y la que más detesta?

-Las preferidas son afecto, amistad, amor. El lenguaje emerge como la guinda de la competencia comunicativa para conseguir los afectos. Y la que más hay que combatir es «incertidumbre».

¿Qué cualidades adornan a los grandes conversadores?

-La empatía, una buena inteligencia emocional y una no menos buena inteligencia social, cierto gusto por la novedad, creatividad, necesidad de afecto e inclinación por las relaciones.

¿El mejor conversador que ha conocido?

-Algunos profesores, amigos, mis hijas, mi madre… Como crecí en esa sociedad oral campesina recuerdo con cariño cuando era muy pequeño y salíamos en verano a la calle a que nos llegara el fresco y participaba de las conversaciones inter generacionales. Me encantaba escuchar a los mayores contar historias, a mi abuelo hablar de las cosas del campo… Y me hubiera gustado conversar con filósofos del lenguaje como Wittgenstein o Russell a cuyo alrededor se pasaba muy bien, intelectualmente.

¿El cuerpo es el gran traidor de las palabras?

-El cuerpo nos delata porque es un lenguaje más antiguo. Y como con el lenguaje es tan fácil mentir, diría que fueron probablemente aquellas primeras homínidas las que desarrollaron algún programa de prevención ante la mentira, un polígrafo natural consistente en leer las caras,porque para una mujer que vivía hace un millón de años en la sabana saber si el joven que le tiraba los trastos era sincero era determinante porque se jugaba la vida. Las mentiras no se detectan en el lenguaje sino en las emociones que lleva correlacionadas como la culpabilidad, el miedo o la vergüenza.

¿Siempre será así: una imagen valdrá más que mil palabras?

-En cuanto a cantidad, en una secuencia de imágenes puede haber la misma información que en todo un libro. Pero siempre será el lenguaje el espejo en que se mira la inteligencia.

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