Noticias del español

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| Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press
cubanet.org, Cuba
Lunes, 19 de mayo del 2008

SE «ACEN» ROSCAS A LA LENGUA ESPAÑOLA

Imbuidos del quijotismo lingüístico de Cervantes, los isleños afinan sus lanzas orales y se adentran en el idioma cubano del siglo XXI.


Poco importa que retrógrados lingüistas del país los acusen de violar la sintaxis, y profanar los verbos.

De nada vale que las secciones El español nuestro y Palabras que van y vienen les tiren trompetillas por el mal uso de la expresión oral y escrita, desde secciones especializadas en la lengua de los diarios Granma y Juventud Rebelde.

El hombre y la mujer nuevos necesitan de un lenguaje diferente. Lo mismo que sustituyeron la mota envaselinada por la pelambre y el afro o el filete grillé por el preservativo frito, también requieren de nuevas palabras ante nuevas situaciones.

Para corroborar lo dicho, nada mejor que salir a pasear y encontrarse carteles, vallas, paredes carcomidas, con las huellas macabras que aportan economía de medios y sabrosura al idioma.

Leer a plena luz del día y al lado de una escuela formadora de maestros el innovador anuncio de un plomero que señala: «Se acen roscas aquí y a domisilios», es un ejemplo de que los tiempos cambian y el idioma también.

¿Para qué la H —se preguntará el plomero—, si uevo, arina, ielo y alcol suenan igual y saben a lo mismo sin el uso de una letra innecesaria en medio de una campaña contra el despilfarro?

Esa H donde único sonaría bien es en Himperio, Holvido, Hinsípido Hanimal y Hoptimismo, entre otras palabras borradas de nuestro acervo cultural, refuta indignado este noble escribiente.

Pero hay más en cuanto a los aportes al idioma español en el país más culto e instruido del universo.

Los estremecedores mensajes leídos en una carnicería de la capital y que decían: «llegó la carne de embarazadas, los uevos de ancianos y el jurel con cabeza de diabéticos», hicieron llorar de ternura a varios integrantes de una delegación de antropófagos traídos a la isla para un curso intensivo sobre el uso y abuso de la lengua española que se practica aquí.

También fue conmovedor para los visitantes la lectura de textos como: «Se vende cuna para niños de madera. Zapatos de mujeres en rebaja. Talco de bebé a granel», y sobre todo: «Se dan partes de quemados a las 3: p.m., en el hospital capitalino Miguel Enríquez».

Del tiro decidieron invitar al italiano Carlos Collodi (el papá de pinocho), al chulo caraqueño Gonzalo Gozón, a un grupo de pedófilos españoles y a una manada de auras tiñosas tijuanenses por cuenta propia, en ese orden, para que conocieran el país.

Y ni hablar de los aportes a la lengua difundidos por los medios de comunicación de Cuba, donde se escuchan salvas salidas de la boca de un locutor que promueve a «un artista plástico» (al parecer un robot), o asegura que una «pleyade» de artesanos «regurgitan» en papier maché la obra de Dámaso Alonso.

No hay dudas que los cubanos tenemos dominio del idioma, claves autóctonas que algún cronista un día pondrá a secar bajo la luna.

Es impensable en un país tan culto no encontrar a diario una palabra nueva que caiga en el oído como un ladrillo.

Nada más significativo y popular que convertir los órganos genitales de hombres y mujeres en un vocativo de lujo para desarrollar cualquier conversación, ya sea en la Academia Cubana de la Lengua Española, en un solar o una funeraria.

Los cubanos, en eso de aportar al idioma, nos escapamos del corsé idiomático de la lengua española, y nos ceñimos el taparrabo guanajatabey en medio de una jerga que no hay quién descifre sin darse cabezazos contra las paredes.

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