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| Magí Camps
lavanguardia.es, España
Lunes, 25 de mayo del 2009

SAMPER Y SU HUEVOSCOPIA

Algunas mujeres adoptan sin ningún pudor el lenguaje que hace referencia a los genitales masculinos.


En estas páginas ya se ha informado del grueso del seminario sobre Mujer, lengua y periodismo —organizado por la Fundéu BBVA y la Fundación San Millán de la Cogolla—. Pero mientras lingüistas y periodistas sopesaban los recursos del lenguaje para evitar el sexismo, el abogado y periodista colombiano Daniel Samper, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, dio una vuelta de tuerca al debate y presentó su 'Huevoscopia'.

Tal trabajo, sorprendente a primera vista pero de hondo calado, parte de la información facilitada por las lingüistas corresponsales de las que se nutre Samper en Iberoamérica para ilustrar —y demostrar— un gran machismo lingüístico: un buen número de mujeres, en un registro popular, casi de jerga, adopta el lenguaje masculino sin ningún pudor. Es decir, emplea el léxico que hace referencia a los genitales masculinos (cojonudo, huevudo, pelotudo…), bien tal cual, bien calcándolo (por mis cojones > por mis ovarios > por mis tetas).

Así, por ejemplo, una cubana puede decir: «Me descojoné de la risa». En México, «una vieja muy huevuda» se refiere a una mujer de fuerte carácter; y cuando una «vieja anda con los huevos subidos», es que está enojada.

La panameña no se emborracha: queda hasta la verga. No es tonta: es ahuevada. Y no se despierta: se desahueva. En Venezuela, si una tiene mucha cara le sueltan: «Qué bolas tienes tú», y si una se queda atónita, queda agüevonicatrizada o agüevoniada. Si una ecuatoriana «se ahueva» es que tiene miedo.

«Yo soy la verga», dice la colombiana que es diestra. En Perú, una huevonaza es una tonta, y una mujer puede decir de sí misma: «¡Qué huevona que soy!», igual que en Chile. Una argentina o una uruguaya para decir tonta dice boluda. Y la uruguaya valiente dice que tiene ovarios. Hasta la ministra del Interior, Daisy Tourné, lo dijo en público: «Yo sí tengo ovarios». Y cuando a la brasileña se le acaba la paciencia, suelta: «Ah! meu caralho…!».

Samper se pregunta por qué estos usos: «¿Es una sumisión más de la mujer, una imitación?, ¿o bien la carga simbólica de tales expresiones desborda hasta tal punto la realidad que no tiene la menor importancia que correspondan a una lógica anatómica?». Otro debate lingüísticos exista, más allá de masculinos, femeninos y colectivos.

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