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| Jesús Ruiz Mantilla
elpais.com, España
Sábado, 27 de febrero del 2010

SALVEMOS LA ACERCANZA

Las palabras que caen del Diccionario de la Real Academia lo hacen por desuso en siglos. Pero siempre hay escritores dispuestos a utilizarlas antes de matarlas


Un buen día caen en desgracia y nadie sabe muy bien por qué ha sido. La gente deja de usarlas; es la primera denuncia. Después, los académicos, aquellos sabios encargados de la vigilancia de la lengua, las sentencian a morir arrojándolas fuera del diccionario. A nadie le gusta asesinar palabras. Son casos aislados. Aunque también se dan los ejemplos heroicos. Como el de la palabra acercanza.

Resulta que en la comisión correspondiente de enmiendas y adiciones, un buen día se presentó ante las narices de los señores académicos el palabro en cuestión. Moribunda, en la UVI del diccionario, nadie documentaba su uso desde 1494. Es la línea fronteriza. Las palabras que han sido utilizadas desde 1500 deben permanecer porque el diccionario es un instrumento que facilita la comprensión de cualquier texto desde esas fechas hasta hoy. Alguno clamó, con sangre fría, que debía eliminarse. Pero dos escritores presentes en el juicio, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte, y un humorista de raza como Mingote detuvieron en última instancia el aniquilamiento.

Fue un arrojo romántico. Acercanza les sonaba a cercanía, pero con muchas más lecturas. «Con un toque afectivo», confiesa Pérez-Reverte. En la definición dice: 'De acercar. Proximidad, relación'. Y además les mecía ese sonido tan propio, meloso, musical, vivo. Total, que decidieron lo insólito: resucitarla.

«Nos juramentamos allí, nos comprometimos a darle vida de nuevo», comenta el autor de Alatriste. El procedimiento en estos casos es fácil. Volverla a usar. Como Marías, Pérez-Reverte y Mingote tienen prédica semanal en los diarios y se pusieron manos a la obra. Los escritores la incluyeron en sus artículos y el humorista en su viñeta. Además, Pérez-Reverte la ha utilizado en su nueva novela, El asedio.

Pero ya que ha vuelto a la vida, Marías no ha querido desaprovechar la oportunidad de aumentar su eco, de darle nuevas dimensiones. «Nos pareció que era una palabra bonita por sí misma, sin necesidad de dar muchas explicaciones», asegura el novelista. «Yo la volví a utilizar con un sentido nuevo, le quité la acepción poética y la coloqué en un uso normal, algo así como: Si alguien prefiere rehuir esa acercanza». El efecto se consiguió a las mil maravillas. «Incluso tenemos que agradecer a los críticos su labor», proclama Marías. Muchos atacaron que en la Real Academia se dedicaran a esas cosas. ¿A qué si no?, cabe preguntarse. «Cuanto más utilizaban el ejemplo sea a favor, fuera en contra, más se afianzaba su uso, que era la cuestión fundamental», dice Marías.

No es muy habitual esta resurrección de palabras enfermas. Los académicos son conscientes de su misión. «Hay que hacer hueco, ésa es la verdad, de todas formas nosotros influimos muy poco en esa selección. Los que de verdad influyen son los medios de comunicación con los usos reiterados», comenta Álvaro Pombo. También lo dice Emilio Lledó, que estaba en la operación rescate. «Soy muy poco partidario de eliminar palabras», comenta el filósofo. Más bien prefiere inventarlas. Pero en eso ha corrido una suerte variable hasta el momento. «Hace poco se me ocurrió la palabra aterrorismar, dícese de quien mete miedo a la gente con la excusa del terrorismo. Escribí un artículo dedicado a ella, pero ha tenido poco predicamento», asegura Lledó.

Hay otros ejemplos de palabras que se han incluido y han perdido vigencia en algunas áreas. Antonio Muñoz Molina recuerda un caso querido. «Cuando se debatió maizena, que era uno de esos nombres de marca comercial que se convierten en sustantivos genéricos, como danone por yogur». La marca perdió preponderancia y dejó de usarse mucho en España. «Para mí tiene su valor sentimental, porque está asociado a la infancia: a los niños de finales de los cincuenta nos daban maizena para ponernos robustos», rememora el escritor de Úbeda.

Los criterios pueden parecer caprichosos en casos así. «Ha habido sesiones en las que hemos visto palabras que se arrastraban por el diccionario porque venían de ediciones anteriores, sin ninguna constancia de uso en siglos. De todos modos hay que ser cuidadoso, porque el hecho de que una palabra haya dejado de usarse no indica que no convenga mantenerla en el diccionario», asevera Muñoz Molina.

El escritor es partidario de ser generoso con las entradas. «Creo que hay que ser cauteloso. Al fin y al cabo, una palabra tampoco ocupa tanto espacio. Eso sí, a no ser que sea una palabra fantasma que en realidad no se ha usado nunca».

De todas formas hay casos más peliagudos, explica el director de la RAE, Víctor García de la Concha. Los términos más técnicos. «Palabras del dialectismo y de las jergas jurídicas, la medicina, la filosofía que se incluyeron siguiendo un criterio acertado en su época, pero que ya no tienen sentido ni en su propio mundo», comenta. Muchas de ellas pasan al diccionario histórico y ahí quedan. En los demás casos, cuando se documentan en un texto literario y no se utilizan habitualmente, el DRAE avisa. «En esos casos especificamos que están poco usadas», asegura García de la Concha.

Sin embargo, la RAE se enfrenta a nuevos tiempos. Quizás ya no urja deshacerse de todas y cada una de las palabras moribundas. La era digital ensancha y destroza la frontera del papel del propio diccionario. Los académicos cuentan con hueco para todas y cada una de las palabras, muertas o vivas. «Es una buena observación», comenta Víctor García de la Concha. La magia de aquel armatroste de papel que un buen día sorprendió a Pablo Neruda para dedicarle su Oda al Diccionario —«No eres tumba, sepulcro, féretro, túmulo, mausoleo, sino preservación, fuego escondido, plantación de rubíes, perpetuidad viviente de la esencia, granero del idioma»— ya cuenta con un espacio infinito donde saltan sin cesar todas las palabras de todos los idiomas. Como en un babel horizontal de pasado, presente y futuro.

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