Noticias del español

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| Ángel Esteban
Diario de América, (EE. UU.)
Miércoles, 5 de diciembre del 2007

SABIDURÍA POPULAR Y LENGUA ESPAÑOLA

«Hacer diligencias»...


En ciertas anécdotas diarias es visible la sabiduría popular en el uso de la lengua. En el caso del español, el empleo de la lengua en Hispanoamérica resulta a veces ejemplar, como en el caso de la expresión «hacer diligencias», usada por una humilde limpiadora ecuatoriana residente en España. A menudo, en el uso de uno u otro vocablo, hay toda una actitud frente a la vida, que la hace más agradable o menos llevadera.

El otro día llamo a mi madre y contesta la señora que limpia en casa de mis viejos. «Don Ángel, ¿cómo le ha ido?», oigo al otro lado del tubo. El acento ecuatoriano es inconfundible. La señora Conchita, buena gente donde las haya, me dice educadamente que mi madre no está en casa, que ha ido a hacer unas diligencias. Y se me sube otra vez el nudillo a la garganta, en esta ocasión abiertamente placentero. Creo que la última vez que escuché la palabra «diligencia» fue viendo una película de John Wayne, quién sabe si aquella que se titula precisamente así, la de 1939 dirigida por John Ford. O quizá fue en algún sermón de Misa dominical, como una de las siete virtudes que se opone al pecado capital de la pereza. Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no oía una palabra tan bien puesta para denominar algo que es tan corriente como «hacer cosas». En España utilizamos, con mucha frecuencia, «hacer gestiones», «hacer recados». Lo de los recados parece servil, y la gestión (del latín gestio) no deja de ser algo neutro, sin chicha ni limoná.

La señora Conchita no tiene estudios. Es una mujer del Ecuador que vino a España en busca de mejores condiciones de vida, dispuesta a trabajar en lo que hiciera falta, sin títulos universitarios ni acreditaciones intelectuales. Sin embargo, su español tiene la gracia y la solvencia del tesoro guardado durante siglos en las urnas de lo popular hispánico. Con mucha frecuencia, palabras o expresiones en desuso en la Península, mucho más progresista y globalizada en algunos aspectos, son de uso común en las clases sociales populares en los países latinoamericanos. Probablemente, si yo le digo a mi sobrinillo que voy a hacer una diligencia, se imagina que voy a construir un carromato con ruedas y tirado por caballos. Pero no: voy a comprar unas medicinas y después a Puertarrá a poner en el correo una carta certificada.

Diligencia es, de aquí a Lima (o a Quito, claro), una palabra mucho más expresiva y con una carga semántica muy superior a gestión. Viene del latín diligere, verbo que significa querer, amar. Una gestión se puede hacer de buena o mala gana, pero una diligencia siempre tiene un aspecto positivo. Voy a comprar medicinas porque quiero curarme y no porque estoy enfermo; es decir, me muevo para mejorar mi situación, en vez de lamentar lo mal que estoy. A veces, en el uso de uno u otro vocablo, hay toda una actitud frente a la vida, que la hace más agradable o menos llevadera. Qué bueno sería que, como la señora Conchita, todos hiciéramos diligencias en lugar de gestiones.

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