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| Jorge Fuentelsaz (Agencia EFE)

Rocío Rojas, la peruana que mantiene viva la llama del español en Damasco

La peruana Rocío Rojas ha mantenido encendida la antorcha de la lengua española en Siria en medio de la guerra, pese a que el Instituto Cervantes de Damasco cerró hace ahora cinco años.

Rocío es un torrente de energía que parece inagotable. Trabaja seis días a la semana impartiendo clases de español en un colegio privado por las mañanas; en un instituto francés, a mediodía; y por las tardes, en el modesto Centro Hispánico, que fundó hace un lustro con la intención de continuar con la enseñanza de la lengua de Cervantes.

«El próximo 29 de marzo, cumplimos cinco años y pienso hacer una fiesta», cuenta Rocío a Efe en una concurrida cafetería del céntrico barrio de Abu Rumane de Damasco, donde explica que en la actualidad unos 50 alumnos acuden a las clases, impartidas por ella y dos profesores venezolanos.

El 7 de marzo de 2012, el entonces ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo anunciaba el cierre del Instituto Cervantes en Damasco y la evacuación de su personal de plantilla en protesta por las «salvajes matanzas» perpetradas por el régimen sirio, según el jefe de la diplomacia.

Pero los trabajadores no de plantilla que daban clase en la institución decidieron quedarse.

«Los profesores colaboradores teníamos que seguir con algo y les dijimos a los alumnos: si quieren continuar, vénganse con nosotros», relata Rocío, antes de explicar que a las pocas semanas de la clausura del Cervantes, encontraron un espacio en un colegio privado del barrio de Afif, donde les alquilaron varias aulas.

«Miramos en muchos sitios pero todo era muy caro, además había que pagar uno o dos años por adelantado», dice para justificar su andadura por hasta cinto centros, en los que les fueron alquilando espacios donde poder enseñar.

Pero siempre en zonas céntricas como Abu Rumane, Al Malki, o Afif, adonde ha vuelto tras cinco años, con el objetivo de que pudieran asistir alumnos de los distintos puntos de la ciudad y siempre ubicados en pisos bajos o zonas protegidas, por razones de seguridad.

Confiesa que otra de las razones por las que nunca ha adquirido un espacio propio, además del dinero y los papeleos administrativos, es que durante los primeros años del conflicto la idea de abandonar el país, donde vive con su marido sirio y sus tres hijos, siempre estuvo presente.

El peor momento que vivió, confiesa, fue en septiembre de 2013, cuando Estado Unidos amenazó con lanzar una ofensiva militar en Siria como represalia a un ataque con armas químicas del Ejército leal al presidente Bashar al Asad contra la oposición.

Por el camino, se fueron quedando los primeros ocho fundadores, entre los que había españoles, un argentino, un venezolano y una chilena, que abandonaron el proyecto por distintas razones, aunque principalmente por el miedo a la guerra.

Un conflicto que ha causado miles de muertos y provocado la huida de millones de sirios dentro y fuera del país; además del encarecimiento de los precios, la depreciación de la moneda, cortes de luz y de agua, y la escasez de combustible.

Rojas cuenta como en uno de los centros en el que dieron clase, ubicado en el acomodado barrio de Al Malki, un proyectil de mortero impactó en la puerta del edificio, justo en un cambio de hora, con la fortuna de que nadie resultó herido.

También han tenido que impartir clase en pleno invierno sin calefacción o con la imposibilidad de usar los servicios, por falta de agua, lo que en alguna ocasión -explica- les ha obligado a cerrar, aunque: «Siempre he mantenido al menos un curso para no perder la costumbre».

Apenas ha tenido ayudas, destaca, aunque varias editoriales españolas le han enviado libros de texto y lecturas graduadas para los alumnos -que la Embajada española le ha hecho llegar a través del encargado de negocios- y diplomáticos de España, Venezuela, Chile y Cuba le han mostrado su apoyo y la han visitado en el centro.

En este momento, tiene tres grupos de unas diez personas cada uno y sus dos colegas venezolanos imparten español a otras dos clases.

Ofrecen cursos de 30 horas, por los que cobran 18 000 liras sirias (unos 35 dólares). «Vas trabajando por amor al arte, hay estudiantes que no pueden pagar y el alquiler es alto», declara sin perder la sonrisa y tras tomar un trago de zumo.

Como ahora en todo Damasco, las alumnas son mayoría en las aulas, porque los jóvenes de entre 18 y 42 años están llamados a filas. La mayoría de los inscritos, comenta, estudia para irse, sobre todo a países de Latinoamérica como Argentina, Chile o Perú.

Pero Rocío Rojas ya ha decidido quedarse en Siria con su familia, dando clase en su Centro Hispánico y esperando que, quizá, cuando la guerra termine reabra el Instituto Cervantes para devolverle el testigo del español que recogió hace ahora cinco años.

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