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| Paco Nadal
elpais.com, España
Sábado, 16 de octubre del 2010

REPORTAJE: VAMOS A… UN MUNDO DE REFRANES

Te espero en la Cochinchina


Frases hechas en la maleta. Que nos recuerdan que el viaje nos llevará muy lejos (a Pernambuco), que algo es muy valioso (valer un Potosí), o que todo es relativo (más se perdió en Cuba).


Una frase o expresión que tiene forma fija, sentido figurado y es de uso común por la mayoría de hablantes de una comunidad lingüística. Así definen los diccionarios una frase hecha. Hay miles en español, muchas con referencias a topónimos nacionales e internacionales. Proponemos un viaje alrededor del mundo saltando de tópico en tópico: el lujo es casi siempre asiático (en ocasiones, persa); la tortura, china; las cosas lejanas aparecen misteriosamente en Sebastopol; Castilla es ancha, y lo dubitativo vive entre Pinto y Valdemoro. Despegamos hacia algunos de los destinos más socorridos del diccionario de frases hechas.

01 Eso está en la Cochinchina

(Dícese de un lugar para reflejar que es muy lejano y desconocido)

Uno se puede ir de viaje lejos. Luego puede irse de viaje más lejos aún. Pero solo cuando se ha ido a la Cochinchina el interlocutor entenderá que está realmente en un sitio tan raro y lejano como para no seguir preguntando más. El término hizo fortuna a partir de 1887, cuando Francia se anexionó el sur de Vietnam, una aventura militar en la que —pocos lo recuerdan— España aportó tropas durante al menos cinco años. Los franceses llamaron a aquella región, ocupada por el delta del río Mekong, la Cochinchine (sin que nadie sepa en qué momento la tradicional dificultad de los españoles para los idiomas le añadiera una n de más: está muy extendido llamarla Conchinchina).

Hoy la Cochinchina ya no está tan lejos; de hecho, Vietnam se ha convertido en uno de los destinos más solicitados del sureste asiático y el turismo representa ya el 13,1 % del PIB nacional. Buena parte de ese turismo pasa por el delta del Mekong, la antigua Cochinchine francesa, la mayor y más rica llanura aluvial del sureste asiático. Unos 40.000 kilómetros cuadrados (la superficie de Holanda) de fértiles tierras en las que el Mekong transforma todo en vida.

En sus riberas, si es que puede hablarse de tierra firme en un territorio casi acuático, donde la vida de sus habitantes discurre desde su nacimiento hasta su muerte sobre un palmo de agua, y los límites entre lo húmedo y lo seco son tan difusos como los contornos del gran río, hombres y mujeres se agachan y levantan de forma rítmica, casi coreográfica, sobre los arrozales, tocados siempre con el liviano peso de sus non la, los gorros cónicos tradicionales vietnamitas. Por todos lados se ven canales e islotes cubiertos de una vegetación apabullante. Un escenario similar al que rodeaba la escuela de señoritas de Marie Legrand, la madre de Marguerite Duras, en Sa Dec, y que la escritora francesa utilizó como envoltorio de algunas de sus mejores obras, entre ellas El amante.

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02 Valer un Potosí

(Valer mucho dinero una cosa o tener en gran estima las cualidades de una persona o cosa)

Poco podían imaginar los primeros aventureros españoles que empezaron a escarbar en un cerro en el sureste de la actual Bolivia al que los indígenas incas llamaban algo parecido a Potosí que no solo iban a dar con la mayor veta de plata de la incipiente colonia, sino que el nombre del lugar pasaría a la historia como sinónimo de alto valor. Del Cerro Rico, una montaña cónica de 5.000 metros de altura que ha sido siempre el icono de la ciudad, los españoles sacaron más de 2.000 millones de onzas de plata, que en buena parte financiaron las veleidades guerreras de la corona española entre los siglos XVI y XVII. Potosí se convirtió en la ciudad más grande y próspera de Sudamérica, con 160.000 habitantes. El agotamiento de las vetas llevó a la ciudad a una decadencia casi tan grande como su ascenso. En 1825 ya solo quedaban 9.000 almas en sus calles.

Hoy Potosí es una ironía. Una ciudad de mineros pobres cuyo nombre sigue siendo sinónimo de esplendor. Los 2.000 edificios coloniales del casco antiguo fueron declarados junto con el Cerro Rico patrimonio mundial por la Unesco en 1987. Son su mayor atractivo turístico. Los viajeros caminan por ese urbanismo cuadriculado de estrechas callejuelas en torno a la plaza Mayor y el edifico de la Casa Real de la Moneda, y se hacen la idea de que han vuelto a una ciudad minera y colonial del siglo XVIII. Hay más de 80 iglesias en diferente estado de conservación, conventos, mansiones, balcones de rejería, casonas venidas a menos. Hay un colorido mercado central y un mercado minero. Y hay minas que admiten visitas.

Una ciudad imprescindible en todo viaje a Bolivia que conviene ver con calma: está a más de 4.000 metros de altitud y llena de cuestas. Paciencia… y mate de coca.

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03 Más se perdió en Cuba

(Se emplea para consolar a alguien que ha sufrido un revés o fracaso, señalándole que esa pérdida es relativa y puede haber fracasos o inconvenientes más graves)

El 10 de diciembre de 1898 se firmaba en París el tratado de paz por el que España perdía lo poco que le quedaba de un imperio en el que llegó a «nunca ponerse el sol»: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue el gran desastre nacional y el inicio de una etapa de pesimismo que condicionó todo el siglo XX español. De las tres colonias perdidas, Cuba fue la más sentida. Era la niña mimada, la joya de la corona. Pero como la historia siempre se escribe con renglones tortuosos, mira por dónde un siglo después la mano estadounidense que estuvo detrás de aquella pérdida (para hacerse con el control de la isla) aprieta para ahogarla (en forma de embargo), y son los euros de los turistas españoles (entre otros) los que contribuyen a mantener la exangüe economía cubana. España, con 129.000 visitantes, ocupa el cuarto puesto entre los países que más turistas manda a la isla caribeña (el primero es Canadá, con cerca de un millón, seguido de Reino Unido e Italia). Casi todos ellos pasan por La Habana vieja, un parque temático de lo que fue la antigua ciudad colonial.

La vieja Habana es una locura de palacios, casonas e iglesias en torno a cuatro plazas: la de la Catedral, la de Armas, la Vieja y la de San Francisco. La Habana señorial, rica y colonial sacada de otro mundo. La plaza de la Catedral es pequeña, irregular pero armónica, de pura piedra, sin nada que distorsione la sensación de túnel del tiempo. Por la noche, cuando solo se oye el relincho de los caballos que tiran de las tartanas o las voces de algún turista subido de mojitos que sale de la Bodeguita de Enmedio, es fácil imaginarse en pleno siglo XVIII. La plaza Vieja, en cambio, es para ir al atardecer, cuando cae la noche y el aire refresca. Cuando el sol se pone hay que ir al malecón de La Habana, el escaparate nocturno de la ciudad. El mirador abierto a un océano de promesas lejanas e inaccesibles.

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04 Una discusión bizantina

(Se emplea para ridiculizar las discusiones que plantean cuestiones vanas, intrascendentes o demasiado sutiles, sin tener en cuenta los problemas reales y más cercanos)

Dicen que los otomanos (hablamos del año 1453) andaban ya a las puertas de Constantinopla, actual Estambul turca y antigua Bizancio griega, dispuestos a tomar la ciudad y, con ello, dar por finiquitada la Edad Media en Europa (aunque de este solemne hecho ellos no eran obviamente conscientes; fue cosa de las enciclopedias posteriores y su manía de ordenarlo todo), mientras que los sabios y eruditos griegos de la ciudad se enzarzaban una y otra vez en interminables debates sobre el sexo de los ángeles sin darse cuenta de que su mundo se desmoronaba.

Impresiona pensar cuando llegas a Estambul que aquellos sabios que perdían el tiempo en una discusión estéril —y que dieron lugar al dicho popular— lo hacían en las escalinatas y en los salones de un soberbio edificio que por aquel entonces ya tenía nueve siglos de antigüedad y que aún hoy es la máxima atracción turística de Estambul: la mezquita de Santa Sofía, en aquellos tiempos del Sacro Imperio, iglesia de Hagia Sophia.

Santa Sofía, la mayor obra de la arquitectura bizantina, se inauguró nada menos que en el año 537, en tiempos de Justiniano. Una maravilla de la ingeniería cuya cúpula ostentó el récord de «mayor del mundo» hasta que mil años más tarde se construyó la de San Pedro del Vaticano. Casi nada. En 1617, el sultán Ahmet I mandó construir enfrente una réplica mejorada: la mezquita Azul, en la que se emplearon 20.000 losetas de azulejo de Nicea de este color.

Pero además de la plaza de las Mezquitas, Estambul ofrece otros muchos encantos al viajero: Topkapi, la residencia de los sultanes otomanos desde que Mehmet II tomara Constantinopla a los cristianos; el puente Galata, sobre el Cuerno de Oro; el Gran Bazar o los innumerables hammanes son algunos de ellos.

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05 Aquí y en Pernambuco

(Se suele utilizar para generalizar lo que estemos expresando. Enfatiza que una acción o costumbre es tan habitual que se hace tanto en el mismo lugar donde vivimos como en otra localización muy dispar y lejana)

Mortadelo y Filemón (el célebre cómic de Ibáñez), siempre que metían la pata y tenían que poner tierra por medio, acababan huyendo a Pernambuco.

«Pernambuco es un Estado del noreste de Brasil, 101.023 kilómetros cuadrados, 7.445.200 habitantes; capital, Recife», dicen las enciclopedias. Pernambuco ha pasado al vocabulario popular como sinónimo de lejanía, aunque en realidad tampoco es que esté demasiado lejos de la península Ibérica. Unos 6.100 kilómetros desde Madrid. La Conchinchina, por ejemplo, está más lejos. Y Nueva Zelanda, aún más. Pero la sonoridad y el exotismo del topónimo venían al pelo para expresar distancia.

¿Y hay algo que ver en Pernambuco? Mucho; de hecho, es uno de los Estados más turísticos de Brasil. La capital, Recife, pese al pomposo eslogan de la «Venecia de Brasil», no tiene grandes atractivos. Sin embargo, a apenas 10 kilómetros está Olinda, una de las perlas coloniales de Brasil. Un enclave bohemio y siempre con alguna fiesta entre manos, lleno de casas de alegres colores pastel y multitud de artesanos callejeros.

Hay playas excelentes en Pernambuco, como la de Itamaracá, a unos 50 kilómetros al norte de Recife, y la de Tamandaré, 90 kilómetros al sur de la capital, un desconocido lugar con playas de arena blanca, piscinas naturales entre los arrecifes de coral y aguas transparentes.

Pero lo verdaderamente atractivo de Pernambuco está en el mar: es el pequeño archipiélago de Fernando de Noronha, una de las grandes reservas marinas de la costa brasileña y un paraíso para los amantes del buceo. Noronha está a hora y media de vuelo desde Recife.

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06 Poner una pica en Flandes

(Lo empleamos para referirnos a una empresa difícil, superando grandes dificultades)

Los tercios fueron algo así como los marines del Renacimiento, la infantería ligera de la corona española de los Austrias (y Felipe II, el Bush del siglo XVI, según el historiador británico Geoffrey Parker). Un cuerpo de élite formado por soldados profesionales bien preparados y bien motivados que durante siglo y medio permitieron a España mantenerse como potencia hegemónica en Europa. En Flandes lucharon durante 80 larguísimos años contra las tropas francesas e inglesas, no siempre bien pagados ni en las mejores condiciones (pregunten si no al capitán Alatriste). Por eso al final se hacía cada vez más difícil encontrar nuevos reclutas dispuestos a coger una pica para ir a la carnicería en la que se había convertido Flandes.

Algo de lo que se acuerdan muy bien todavía en esa región belga, donde los niños se asustan si se te ocurre mencionar al duque de Alba.

Brujas, Amberes y Gante son las tres ciudades más hermosas y visitadas de Flandes. Aunque las tres sufrieron los excesos de los colegas de Alatriste, son asaltadas ahora cada verano por otros tercios, no menos numerosos, pero sí más pacíficos, de turistas españoles.

Brujas es una de las ciudades medievales mejor conservadas y más bonitas de Europa. Un museo intacto del urbanismo medieval y renacentista al que cantaron en sus obras Baudelaire, Rainer Maria Rilke, Rodenbach o Fogazzaro.

Gante, que conserva un centro histórico igual de espectacular que el de Brujas, aunque más reducido, es, en cambio, una ciudad activa, universitaria y juvenil. Amberes, en el estuario del río Escalda, es la ciudad abierta, cosmopolita, centro internacional del comercio de diamantes, dotada de una hermosa catedral gótica, cuna de Rubens y con una pujante actividad dentro del mundo de la moda. Flandes es un lugar al que ir al menos una vez en la vida. Pero no diga que es pariente del duque de Alba.

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07 Remover Roma con Santiago

(Indagar en todas partes o recurrir a todos los medios posibles para encontrar o lograr lo que se pretende. Hace referencia a dos de los más importantes destinos de peregrinación)

No hay otra ciudad en el mundo con tantas referencias lingüísticas: todos los caminos llevan a Roma; preguntando se llega a Roma; hablando del rey de Roma, por la puerta asoma; remover Roma con Santiago; el ruin de Roma, en mentándolo asoma; camino de Roma, ni mula coja ni bolsa floja; el que asno se fue a Roma, asno se torna; bien está San Pedro en Roma… Y es que ¡Roma es mucha Roma!

En la capital italiana, el viajero puede consumir días y días sin repetir ni aburrirse. Hay pocas capitales que den tanto juego turístico. Está la Roma obvia (Coliseo, foros, Vaticano, San Juan de Letrán…). Pero también hay muchas Romas ocultas o menos obvias. Hay museos extraordinarios y poco conocidos como la Galería Colonna (pintura renacentista y barroca), el Palacio Braschi (esculturas, cuadros, dibujos, fotos, elementos decorativos y vestidos históricos del siglo XVII hasta el XIX) o la Centrale Montemartini (la primera estación eléctrica romana, reconvertida en museo para alojar las esculturas romanas sobrantes del Capitolino).

Se puede hacer un recorrido —o muchos— literario. Siguiendo, por ejemplo, las huellas de John Keats y Percy Bysshe Shelly, dos poetas románticos ingleses enterrados en la ciudad eterna: la plaza de España, el cementerio protestante de Via Caio Cestio, el Coliseo… Hay barrios de romanos y para romanos, donde la marea de turistas no llega, como el de San Lorenzo, al lado de Porta Maggiore: restaurantes populares, bares con solera, clubes de jazz con actuaciones en directo… O el Testaccio, más conocido, pero no por eso menos sorprendente.

Por eso Roma es…¡eterna!

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08 París bien vale una misa

(Se utiliza cuando para conseguir una meta o alcanzar un objetivo debemos de renunciar a algo muy esencial, aunque el fin a conseguir merece la pena)

La celebérrima frase, todo un compendio de pragmatismo, se debe a Enrique de Navarra, posteriormente Enrique IV de Francia, el Buen Rey, uno de los monarcas más queridos y que más hizo por el pueblo en el país vecino, cuyo ascenso al trono, vida y muerte estuvieron marcados, sin embargo, por las matanzas y traiciones dentro de las guerras de religión del siglo XVI entre católicos y hugonotes (protestantes). Tras muchas vicisitudes, Enrique fue propuesto para reinar en Francia, pero con la condición de que abjurara de su fe protestante y se convirtiera al catolicismo. «París bien vale una misa», dicen que dijo antes de entrar, el 22 de marzo de 1594, en la capital francesa, aceptando la condición por puro realismo.

Enrique fue coronado como primer rey Borbón de Francia en la catedral de Chartres, a 80 kilómetros de París, uno de los hitos del gótico francés y ejemplo a seguir más tarde por otras catedrales como la de Reims o Amiens. Pero gobernó desde París hasta su asesinato en 1610 a mano de un integrista católico. Ser rey era un deporte de riesgo en aquella época, incluso en la bella e intensa París.

El viajero de hoy aún puede coincidir en la capital francesa con algunos de los edificios y espacios urbanos que vio, y a buen seguro frecuentó, el Buen Rey durante sus 16 años de reinado. Para empezar, el palacio del Louvre, cuya mejora y primera gran ampliación fue obra suya. A Enrique IV le debemos también la plaza des Vosges, una de las más bellas de París, inaugurada en 1605. En tiempos de Enrique estaban terminadas muchas iglesias de las que ahora aparecen en las guías de viaje. La catedral de Notre Dame, por supuesto, pero también St. Severin y St. Jacques, en la que se reunían los peregrinos a Compostela (el templo desapareció y hoy solo nos queda la torre). La iglesia de St. Eustache estaría aún en obras y ya se daban clases en La Sorbona, como antes se dieron en St-Julien-le-Pauvre.

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09 Vivir como el marajá de Kapurthala

(Vivir en la abundancia, trabajar menos que los que le rodean)

La historia no por real es menos novelesca. En 1906, el marajá de Kapurthala, un reino de la India británica a los pies del Himalaya, rico hasta decir basta, llega a Madrid para asistir a la boda de Alfonso XIII. Una noche lo llevan a un espectáculo de varietés en el Kursaal y cae rendido a los pies de una joven bailarina de 16 años, Anita Delgado. El marajá, que le dobla ampliamente la edad, se enamora tan locamente que dos años después consigue casarse con ella. Y Anita Delgado, bailarina de cuplés, hija de una familia de clase media-baja de un barrio de Madrid, se convierte en maharaní de un país de las mil y una noches. Lo cuenta Javier Moro en su Pasión india. La pareja vive una vida de lujo extremo, viajando por el mundo seguidos de una nube de paparazzi. Y el pueblo llano, el que consume esas imágenes de los paparazzi, comprende por fin lo que es vivir «como un marajá».

Kapurthala aún existe. Es un distrito del Punjab indio. Y sigue habiendo un marajá de Kapurthala, aunque ya sin más poder que el testimonial. El palacio en el que vivió Anita, que copia el de Versalles, es ahora un recurso turístico. Como lo es también el Panj Mandir, un templo dedicado a la deidad Surya, o la Moorish Mosque, un templo que copia a la Kutubía de Marraquech. Si uno vivía como un marajá, se podía permitir estos caprichos.

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