Noticias del español

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| Winston Manrique Sabogal
El País (Madrid, España)
Domingo, 14 de enero del 2007

REPORTAJE LOS LÍMITES DEL LENGUAJE: DIME QUÉ DECIR

Aumenta la tendencia de lo políticamente correcto en el habla española.


El lisiado ya no es lisiado, y de su pasado tullido nadie quiere oír hablar, porque de repente se convirtió en inválido, después pasó a ser minusválido, y de ahí a deficiente físico y discapacitado, hasta llegar a persona con disfunción motora.


Pero en esta transmutación, las palabras son inocentes. Son el lenguaje y el diccionario los que las han sometido en pos de la llamada corrección política. El arma con la cual se libra la última batalla por definir la realidad. «Es la insumisión de las minorías que están hartas de ser estigmatizadas, señaladas o marginadas, que reivindican el cambio de rótulos, etiquetas y sambenitos, y buscan ser ellas mismas las que decidan cómo llamarse», explica Enrique Gil Calvo, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Un territorio semántico y lingüístico donde políticos, grupos ecologistas, feministas, defensores de minorías o medios de comunicación batallan por el poder simbólico de definir la realidad.

Una tendencia surgida en Estados Unidos en los ochenta que muestra la metamorfosis programada para objetos, oficios hechos o personas a la hora de ser descritas. Es el caso de gordo, cuya referencia ha pasado por varias etapas de supuesta dignificación como fuerte, sanote, robusto, con sobrepeso u obeso.

Soluciones de la corrección política en aras del respeto, el protocolo de cortesía y de no herir susceptibilidades. «Lo que es innegable es que las palabras están cargadas de significados y connotaciones», afirma Mercedes Bengoechea, decana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares. La sociedad, añade, no ha evolucionado al mismo ritmo que su lenguaje. «Hemos llegado a él con un uso heredado, y no podemos hablar igual. Cada sociedad y época necesita un protocolo de actuación».

Y aunque nadie duda de la necesidad del respeto al otro, algunos como el escritor Javier Marías opinan que con esta ola de hipersensibilidad no se puede desdibujar la realidad y convertirla en un jardín de eufemismos. «La pretensión de que todo el mundo hable de una misma manera es incluso una actitud suicida, porque el lenguaje es una vía de información y de datos sobre la otra persona. La tendencia de dulcificar es tramposa, porque siempre habrá una palabra que cambiar».

Un clásico es la palabra negro. Una voz que ha tenido un viacrucis circular: negro, moreno, de color, afroamericano, ébano, de ascendencia africana y, de nuevo, negro. Es el vocablo aliado de quienes están en contra del exceso de corrección política. Creen que el circuito a que ha sido sometida prueba que la manera de conjurar palabras manchadas es asumirlas con naturalidad. Sin enmascaramientos. Sin miedo.

Es contradictorio, según Marías, que «después de que ha costado siglos librarse de restricciones gubernamentales y eclesiásticas, ahora la gente se encuentre con tentativas que tratan de establecer lo que considero censura. Seconfunde lo descriptivo con lo utilitario de la lengua». «Es la burocratización del habla, como la vida», resume la escritora cubana Zoé Valdés.

Un grupo objetivo de lo políticamente correcto es el de personas con problemas físicos. El síndrome de Down no siempre se llamó así popularmente. Antes, a esas personas se les decía mongólicas, en una mera referencia descriptiva; después, subnormales, deficientes mentales y, ahora, discapacitadas psíquicas.

«El pasado de personas y palabras condiciona una parte importante de la convivencia. No hay que fomentar las palabras perniciosas que puedan resultar ofensivas», aconseja Rosa Regàs, escritora y directora de la Biblioteca Nacional. Aunque detecta un problema: el riesgo de negar a la gente su condición. El periplo lingüístico y semántico de los inmigrantes muestra que han pasado por ser ilegales, sin papeles o indocumentados.

Por eso, las normas y las leyes deben ir por delante de la sociedad, afirma Regàs. Así se contribuye a la normalización de la igualdad. Un término que lleva a otra sonora batalla: la feminización del lenguaje. La que busca reducir la «invisibilidad» de la mujer en el habla. Rechazan el artículo o palabra genérica que engloba a hombres y mujeres, y optan por que se diga niños y niñas, o ciudadanos y ciudadanas, como ya lo recogen los estatutos catalán y valenciano. Y piden que se incorporen palabras como jueza, alfarera o dramaturga.Colectivos de gitanos, mujeres o gallegos han pedido la eliminación de definiciones o acepciones negativas sobre ellos. Entonces el tema salta al diccionario, a la Real Academia. Lo que se olvida, según el académico Ignacio Bosque, es que «el diccionario no juzga, sólo recoge y refleja el habla con sus múltiples significados y acepciones. Nos informa».

Los gays, por ejemplo, no siempre fueron gays. En su pasado fueron maricas y llegaron a ser invertidos hasta que adquirieron la denominación de homosexuales o el ya universal gay; pero entremedias tuvieron un sinfín de adjetivos. El auge de esta tendencia en el lenguaje ha hecho que, incluso, se dude al hablar de indios. Sucedió con el presidente de Bolivia, Evo Morales, que al ser descrito como tal, algunos vieron más que eso.

«Es un reflejo de la hipocresía de vivir en un mundo más libre», advierte Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Historia del Pensamiento Económico de la Complutense y autor del Diccionario políticamente incorrecto. La generalización de la democracia, añade, ha estrechado paradójicamente el pluralismo, y hay ideas que no se pueden pensar y menos decir. El cineasta Mel Brooks ha invitado a «romper las ataduras de la corrección política. Porque el ser humano ha de tener la libertad para decir la verdad».

Es el karma de las palabras, cuya visión panorámica la ofrece la escritora Elvira Lindo: «No es fácil desacreditar sin más la corrección política porque nació del intento legítimo de corregir un abuso histórico ligado a sectores de población que sufrían desprecios muy arraigados en el lenguaje. Hablo de Estados Unidos, donde nació la tendencia. Pero todo eso se desvirtuó, los colectivos que luchaban por sus derechos se convirtieron en grupos de presión que fiscalizaban el lenguaje y el pensamiento. En España, si bien es deseable cierta corrección porque nuestras maneras pueden ser groseras, sería un desastre para el ejercicio de la libertad de expresión que eso cundiera. No conduce a nada, no mejora la vida de quienes se pretende defender».

Pero lo que cuenta no es la intención del que emite el mensaje, sino el marco en que va a ser reconstruido, coinciden Gil Calvo, Bengoechea y Regàs. Y la insumisión en pos de palabras para moldear el mundo sigue: carcelero y guardián han sido prejubiladas, a cambio de funcionario de prisiones; mientras tortura atisba un futuro de descarga sensorial; y…

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Borrando el pasado

DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA y sus transformaciones semánticas no se ha salvado ni lo más cotidiano. Las criadas dieron paso a las asistentas< y recientemente a empleadas del hogar.

A los más pequeños ya no los cuida la niñera, ni siquiera una baby sitter o una informal canguro; ahora es mucho mejor que lo haga una cuidadora de niños.

Los viejos ya no son viejos, ni ancianos, aunque hubo un día en que era bien visto, pero de repente se empezó a referirse a ellos como de la tercera edad, y en los últimos años, nuestros mayores.

Entre las personas con carencias físicas como los ciegos, cuya denominación parecía despojada de ofensas, un día pasaron a ser invidentes, y de un tiempo a esta parte, discapacitados visuales.

Los calvos han dejado de serlo a cambio de ser alopécicos, mientras que los impotentes lo que padecen es una disfunción eréctil.

¿Dónde queda, entonces, lo epicénico? (nombre común que designa a los seres animados de distinto sexo por su biología o acción, sin confabulación contra el sexo no implícito en la palabra).

Así, águila, víctima y periodista valen para mujeres y hombres; jilguero y perdiz, para ellos y ellas.

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