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| Agencia EFE

Refranes de nuestra vida reúne la sabiduría acumulada durante siglos

Dichos como a enemigo que huye, puente de plata o zapatero a tus zapatos forman parte de la sabiduría popular, y de esa experiencia acumulada durante siglos se hace eco el español Pancracio Celdrán en su libro Refranes de nuestra vida, que contiene centenares de «píldoras de saber concentrado».

«Hay refranes para todo, y son útiles para aconsejar y para poner en su sitio a quien pretenda sacar los pies del plato», afirma Celdrán en una entrevista con Efe, con motivo de la publicación de esta obra en la que el autor mezcla frases hechas que se utilizan hoy día con otras que cayeron en el olvido.

Así, si uno dice hierba mala nunca muere, el hábito no hace al monje o la avaricia rompe el saco, nuestro interlocutor sabrá de qué estamos hablando, pero si alguien recurre a la comparación popular extenderse como verdolaga en huerto, es probable que tenga que dar explicaciones porque «la gente ya no sabe lo que es la verdolaga».

«Antaño esta expresión retrataba a la persona que se sentía superior a los demás, o más seguro que nadie, por lo que campaba por sus derechos y hacía lo que le venía en gana, como hace la verdolaga, que ocupa un espacio enorme en campos y huertos en detrimento de otras plantas de mayor utilidad», comenta Celdrán.

Autor de unas cuarenta obras, entre ellas algunas de tanto éxito como El libro de los elogios, Creencias populares o El gran libro de los insultos, Pancracio Celdrán lleva décadas anotando en cuadernos todo aquello que le interesa de sus lecturas o de sus conversaciones con amigos y familiares.

Lo primero que hace el escritor cuando llega a una ciudad es pedirle al taxista que le cuente «curiosidades históricas, refranes, insultos y piropos propios del lugar. Preguntar es básico; lo es en todo. Por eso me desagrada aquel consejo ruin que dice: A quien quiera saber, mentiras con él».

Celdrán siente pasión por los refranes desde niño. Su madre, Dolores Gomariz, a quien está dedicado este libro que ahora publica la editorial Viceversa, y sus abuelas, Isabel y Cayetana, le inculcaron «el amor a estas píldoras de saber concentrado que son los refranes y los dichos populares».

La lectura de los clásicos ha contribuido además a fomentar ese amor. Cervantes, recuerda Celdrán, «es uno de los autores que más refranes han empleado». El Arcipreste de Hita «también se mostró muy refranero» en su Libro de Buen Amor, al igual que el Marqués de Santillana, Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca.

Cervantes, por ejemplo, utiliza en La Gitanilla aquel refrán de piensa el ladrón que todos son de su condición. Y la escritora cubana Dulce María Loynaz le da la vuelta al que dice desgraciado en el juego, afortunado en amores y lo convierte en desgraciado en el amor y afortunado en el juego de la vida.

Está claro el significado de refranes como a buen entendedor, con pocas palabras basta, consejos vendo, y para mí no tengo, hecha la ley, hecha la trampa o reunión de pastores, oveja muerta, pero quizá no lo esté tanto si uno acude al dicho como Francisca, la de las nueve efes.

Con la pobre Francisca se comparaba en siglos pasados «a la mujer de aspecto poco agraciado, francamente fea y ruin», escribe Celdrán. Y las nueve efes «son la primera letra de otros tantos defectos: fea, floja, fácil, fisgona, frágil, fachendosa, falsa, farfullera y fementida». Lope de Vega juega con este refrán en su comedia La celosa de sí misma.

En el refranero, reconoce Celdrán, «hay un alto grado de machismo», aunque es fruto de «la situación cultural y social» de la época en que se utilizaban. Perlas «tremendas» como a la mujer y a la burra: ¡zurra!, o la mujer, la pata quebrada y en casa, hace tiempo que dejaron de decirse, y tampoco se suele oír aquello de esperando marido caballero, me llegan ya las tetas al braguero.

Los refranes son «la consecuencia de la experiencia acumulada a lo largo de siglos y, por tanto, su índice de aciertos es grande». Para demostrarlo pueden valer los dos siguientes: Hombre que empobreció, sin amigos se quedó o rico y de repente no puede ser santamente.

¿Tendrá razón también aquel que dice el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso?

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