Noticias del español

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| Lisandro Otero, escritor, periodista, director de la Academia Cubana de la Lengua
Prensa latina, La Habana (Cuba)
Viernes, 9 de febrero del 2007

QUEVEDO, AGUDEZA E INGENIO

Rengo, agresivo, sarcástico, miope, humorista, desmesuradamente tierno, Francisco de Quevedo ha dejado un rastro indeleble como poeta y novelista, pero hay que valorar también al hombre de acción: ministro, consejero político, agente secreto, intrigante cortesano.


No menos importante es su pensamiento, heredero del estoicismo del cordobés Séneca, y no podemos desdeñar sus meditaciones sobre la muerte ni su preocupación ética. Tampoco hay que olvidar al patriota que se lamenta de la decadencia española, iniciada en aquellas décadas, ni al moralista y crítico de costumbres y, paradójicamente, al frívolo mundano de considerable éxito en las tertulias de moda por sus bromas, sus agudezas y su ingenio.

Nació en Madrid, el 17 de septiembre de 1580, quien luego fue señor de las letras castellanas, maestro del barroco, figura de brío y eminencia del Siglo de Oro de la literatura española. Estudió Humanidades y Teología en Alcalá, con los jesuitas. Su padre fue secretario de la reina Ana, esposa de Felipe II. Creció entre memoriales de virreyes, oficios de ministros y bandos reales. Desde su juventud, se habituó a los avatares de la política y le tentó la modificación, con su cometido personal, de la historia en curso.

El período histórico durante el cual vivió Francisco de Quevedo, el Siglo de Oro, fue el tiempo de Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Calderón y Gracián. Fue también el lapso de Velázquez, Ribera, Zurbarán y Murillo. Es el siglo del Barroco. Comienza una etapa de voluptuosidades, regodeos y exageraciones.

Después de las largas guerras de religión, de la fatiga de una prolongada tensión histórica, hay que regresar al mundo y sus regalos. En la literatura española, el barroco impulsará tres grandes corrientes: el juego ingenioso del conceptismo, la desmesura y exuberancia del culteranismo y el extremismo realista de la picaresca. En las tres, Quevedo dejará su marca. Asimila rasgos de todas las tendencias: uso y abuso de antítesis, pleonasmos, perífrasis, hipérbaton, hipérboles y anfibologías.

Esos años de retroceso económico trajeron para España una inflación motivada por el flujo de metales preciosos de América y las carencias de la industria española: aumento de precios, desplazamiento de la producción nacional por la extranjera, así como contrabando de las colonias. La expulsión, en 1609, de los musulmanes convertidos al cristianismo, los moriscos, fue un golpe serio para el comercio. El aparato de la administración estatal se hizo más ineficiente y lento que antes.

No hay dudas de que el genio español logró en Quevedo una de sus más altas cumbres. Su audacia lingüística acusa un diversificado registro que cubre desde lo sublime hasta lo escatológico. Su maestría en el uso de las palabras, la riqueza de su vocabulario, su ingenio, frescura, imaginación, la plasticidad de su lenguaje, hace de él un virtuoso del idioma.

Su riguroso estoicismo, tan español, y su mordacidad cáustica, le llevan de la piedad a la blasfemia, en eso también muy español. Por su agudeza, gracejo y vivaz talento Quevedo ha sido calificado como el más grande satírico español.

Se considera que la mayor parte de la producción de Quevedo se ha perdido y otros, como Gómez de la Serna, estiman que nunca llegó a escribir su verdadera obra, su aliento principal se disolvió en tareas de creación menor.

Su narrativa está hecha de jirones delirantes, como fugaces visiones apocalípticas, de crudo realismo y sardónica causticidad y en ello muestra la sociedad de su tiempo en toda su terrible desnudez, en sus abismos y extravíos, con el rigor de una disección satírica. Tampoco debemos olvidar en Quevedo a uno de los más grandes poetas líricos del idioma.

Dejó más de novecientos poemas que, sumados a su obra narrativa, constituyen una producción de insólita envergadura. La mayor parte de su obra la escribió en la Torre de Juan Abad, su propiedad campestre en las cercanías de Madrid, donde se retiraba entre los flujos y reflujos de su vida política.

En 1639 colocó debajo de una servilleta del Rey un memorial en verso contra el desgobierno del conde duque, exponiendo las tribulaciones del pueblo y el malestar de la nación. Unos días después cenaba en casa del duque de Medinacelli cuando llamaron a la puerta y el alcaide demandó a Quevedo que se diese preso a la justicia.

Cuatro años estuvo encarcelado y salió al caer en desgracia el conde duque; para entonces su salud se había quebrantado seriamente y murió poco después de ser libertado. Hoy, Quevedo se lee con regocijo y lo sentimos contemporáneo. De haber escrito solamente el soneto «Amor constante más allá de la muerte» sería recordado por ello: «serán cenizas, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». El polvo que de él quede será, sin dudas, polvo enamorado.

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