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| Magí Camps
lavanguardia.es, España
Lunes, 19 de octubre del 2009

QUERIDO AMIGO PERSONAL

La amistad ha sufrido una triste devaluación desde los tiempos del Un, dos, tres...


El motivo de estas líneas es decirte que tú, para mí, eres un amigo de verdad, un amigo con mayúscula, un amigo a prueba de todo…

Y esto, que antes con decir amigo bastaba, ahora lo llaman amigo personal. ¡Pero si todos los amigos son personas! Menuda redundancia.

Ya no hay bastante con ser amigo, muy amigo o con ser amigo íntimo. Para que nadie se confunda y crea que un par de sujetos son sólo conocidos, se cae en decir amigos personales, porque a la vendedora o al camarero que cada mañana nos sirve el café, como intercambiamos cuatro palabras, pues ya hay quien los llama amigos. Y a lo mejor no saben ni cómo se llaman.

En eso Josep Pla estuvo sembrado (locución bendecida por la Academia en 1970) al establecer el trinomio: amigos, conocidos y saludados. Al conductor del autobús o a la carnicera cabría incluirlos en la clasificación de saludados. Los compañeros de trabajo o de otras actividades cotidianas entrarían en la caja de los conocidos: sabemos de su vida, conocemos algunas de sus inquietudes y querencias, pero sin más relación, aunque una vez al año cenemos todos juntos. Para entrar en la primera clasificación, los méritos ya no se pueden suponer: se necesita haberlos demostrado. Pero desde los tiempos de Pla, la amistad ha sufrido una triste devaluación. En el Un, dos, tres… se inventaron aquello de «amigos y residentes en Calahorra de Boedo» para esconder noviazgos, ajuntamientos o simplemente amistades con derecho a roce, en una época en la que las relaciones íntimas estaban obligadas a pasar por el altar o debían ceñirse a la estricta intimidad. Tiempos de amores clandestinos.

Hoy, ante la ampliación ad infinítum del círculo de amigos, nos vemos obligados a matizar entre simples conocidos (llamados amigos) y amigos de verdad (amigos personales). El primero es la vendedora y el segundo es a quien se llama cuando se tiene un problema o se busca un hombro sobre el que llorar. Antes los amigos siempre habían sido personales, y sólo los de verdad eran los que nos contestaban la llamada.

Y como el adjetivo personal es amigo del pleonasmo, también están las víctimas personales. Ahí la ironía redundante llega al paroxismo cuando en los telediarios dicen: «No ha habido que lamentar víctimas personales».

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