Noticias del español

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| Santiago Anglada Capel
Melilla Hoy, Melilla
Jueves, 18 de septiembre del 2008

QUERIDA TILDE

¡Qué atrás quedan los tiempos en los que ser sorprendido en una falta de ortografía era causa de sonrojo! Parece que fue ayer cuando allá en Sevilla, en los prolegómenos del primer curso de carrera, los próceres de la Facultad advertían que en cualquier asignatura, aun las estadísticas o biológicas, se suspenderían los exámenes con más de cuatro faltas de ortografía, incluidas las tildes mal colocadas o ausentes.


Aquello no importó a casi nadie e incluso había quien se preguntaba cómo se podían cometer faltas de ortografía en la Universidad. No sé si en la actualidad sería posible mantener tal criterio de exigencia ortográfica sin ocasionar alguna hecatombe o un auge inopinado de las academias particulares. Y ello aun a pesar de que hoy en día los procesadores de texto informáticos prácticamente impiden los deslices atentatorios contra la corrección del castellano escrito.

Nadie dice que la correcta expresión escrita sea fácil (puedo decir que el interesante Diccionario Panhispánico de Dudas, de consulta gratuita en la página web de la RAE, es uno de los textos de más grata consulta que frecuento). Tampoco es que sea especialmente difícil. Se trata simplemente de ordenar lo que se quiere decir antes de decirlo. Además, no es infrecuente alguna falta ortográfica en un texto más o menos amplio ni a nadie hay que fusilar al amanecer por un quítame allá esa tilde. No.

Lo que hoy quiero expresar es mi irritación por el creciente (y no sé si deliberado) desprecio hacia la tilde del que se hace gala en el mundo de los anuncios, logotipos, rótulos, nombres de calles, titulares o contenidos de la prensa escrita e incluso boletines oficiales. No se entiende que en una sola frase o palabra se pueda exhibir pública e impúdicamente una falta de ortografía anunciándose en la calle como CARNICERIA (en lugar de CARNICERÍA), PSICOLOGO (en lugar de PSICÓLOGO), CONSTRUCCION (en lugar de CONSTRUCCIÓN) o MEDICO (por MÉDICO).

Sumemos «TELEFONO», «ASESORIA», «ANDALUCIA», «LIQUIDACION», «GONGORA» y otras muchas decenas de palabras mutiladas y tendremos un paisaje urbano de llamativa pobreza. «Lo importante es que se entienda», dirán algunos. Mal. Error. Ya hablar mal chirría. Escribir mal pudiendo y sabiendo hacerlo bien, es lamentable. Además, por ejemplo, todos sabemos que no significa lo mismo «MEDICO», es decir, la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo MEDICAR, que «MÉDICO», o sea, el profesional que «medica». Y así, otros muchos.

Verbigracia, hace unos días el título de un artículo publicado en la prensa local comenzaba: «CHAPO PEPE…». Debo confesar que lo chocante del epígrafe hizo que me detuviera en él como no lo hubiera hecho de haber estado bien escrito. La buena fe del lector le lleva a interpretar que «CHAPO PEPE…» en realidad quiere expresar «CHAPÓ, PEPE…» como muestra de admiración y no como primera persona del singular del presente de indicativo del verbo CHAPAR, pues, de entrada, esto último se antojaría realmente fuera de lugar en un artículo de prensa sea cual fuere el significado de los que el tal verbo tiene asignado en el diccionario de la RAE o en el imaginario de la plebe.

Pero, a veces, uno echa en falta al famoso corrector ortográfico de los periódicos… o de los ayuntamientos. ¡Por favor, los nombres de las calles no pueden contener faltas de ortografía! Recientemente he visitado ciudades de Cataluña y Aragón que a la belleza de sus calles la coronan con sus nombres rotulados correctamente sobre bonitos azulejos. Y realmente sienta bien. Incluso carteles de edificios en obras perfectamente escritos con brocha gorda sin que faltara una tilde, no sé si por afán de capataz o de obrero. Pero uno compara y siente cierta envidia. Uno no entiende por qué ese desdén por la tilde. La tilde forma parte de las letras, incluso las embellece. Mutilarla no tiene sentido y denota pereza intelectual.

«Las letras mayúsculas, tanto si se trata de iniciales como si se integran en una palabra escrita enteramente en mayúsculas, deben llevar tilde si así les corresponde según las reglas de acentuación». A esta frase del Diccionario antes referido me remití al protestar en la dirección electrónica de sugerencias de dos boletines oficiales que frecuento, por la ausencia de tildes en todas sus palabras mayúsculas. De uno de ellos me agradecieron amablemente la indicación a los pocos minutos. Pero ahí quedó la cosa.

Una cosa es la inventiva y otra las faltas de ortografía consentidas. Hay quien anda promoviendo manifiestos en defensa de nuestra lengua. Yo me limito a pedir humildemente que el paisaje cartelero de la ciudad no abunde más en la tala indiscriminada de nuestra antigua y querida tilde. Y ruego me disculpen si me he olvidado yo de alguna. Habrá sido por ignorancia pero no por «error tipográfico», como se excusan algunos.

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