Noticias del español

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| Lucila Castro
lanacion.com.ar, Argentina
Lunes, 20 de abril del 2009

«QUE POR MAYO ERA, POR MAYO, CUANDO HACE LA CALOR»

César Rosso solicita «una aclaración sobre el uso de el calor y la calor». Entiendo que su duda se refiere al uso de este sustantivo como femenino, es decir, a si es de género ambiguo y el femenino puede aceptarse.


Cuentan que en un día muy caluroso, una mujer le preguntó a Sarmiento (y a varios otros, como suele suceder con este tipo de anécdotas, que se atribuyen a distintos personajes): «¿Qué me dice de la calor, don Domingo?». Y él le contestó: «Que es masculino, señora».

Las anécdotas falsas, un género muy abundante en la literatura antigua, suelen proporcionar información útil. Porque, para que sean exitosas, deben ser verosímiles y de ese modo no solo sirven para caracterizar al personaje que las protagoniza, sino también para conocer las costumbres, creencias, actitudes, etcétera, de la sociedad en la que se sitúa el hecho supuestamente ocurrido. De este cuento sobre Sarmiento podemos concluir que en aquel tiempo, en la sociedad argentina, se consideraba vulgar usar calor como femenino.

Sin embargo, recordamos otros casos en que calor es femenino. Por ejemplo, en el comienzo del Romance del prisionero: «Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor, / cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados / van a servir al amor?». Este y otros ejemplos muestran que en algún momento ese uso no fue vulgar.

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define calor como sustantivo masculino. Pero agrega que es usado también como femenino. Ya en la primera edición del DRAE, el llamado Diccionario de autoridades, de 1729, se lo define como masculino y se añade: 'Es voz puramente Latína, y algunos la hacen femenina, diciendo la calór'. Estas observaciones pueden hacer pensar que es indistinto asignarle un género u otro y que la única diferencia está en la frecuencia de uso. Pero no es exactamente así. No era indistinto en el siglo XVIII ni lo es en la actualidad.

En latín, el sustantivo calor (voz grave) es masculino, pero en español se usó antiguamente como femenino. El romance citado es del siglo XV. En aquel entonces, el femenino era normal; hoy en día, es un arcaísmo. Dice el Diccionario panhispánico de dudas (DPD): 'Es voz masculina en la lengua general culta: «A esa hora el calor lo pone a uno medio zonzo» (Flores Siguamonta [Guat. 1993]). Su uso en femenino, normal en el español medieval y clásico, se considera hoy vulgar y debe evitarse. El femenino puede aparecer también en textos literarios, con finalidad arcaizante'.

Algo parecido sucedió con el sustantivo color, con la diferencia de que hoy en día, por lo menos en la Argentina, nadie duda de que es masculino. En latín, color (voz grave) es de género masculino. El DRAE define color como sustantivo masculino y agrega que es usado también como femenino. El Autoridades lo define como masculino y observa: 'Aunque lo mas proprio y conforme à su origen, es usar este nombre como masculíno, algúnos le usan como femenino'. Vemos, entonces, que en el siglo XVIII estaba dejando de usarse como femenino. Pero tenemos ejemplos más antiguos de ese uso, como en las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique (siglo XV): «Decidme: la hermosura, / la gentil frescura y tez / de la cara, / la color y la blancura, / cuando viene la vejez, / ¿cuál se para?».

Dice el DPD: 'Cuando significa cualidad de los seres por la cual impresionan la retina de modo diferente según cómo reflejen los rayos luminosos y cada uno de los distintos modos en que puede percibirse esta cualidad, es masculino en la lengua general culta: «En otoño, las arboledas van perdiendo el color verde» (Merino Orilla [Esp. 1985]). Su uso en femenino, normal en el español medieval y clásico, es ajeno hoy a la norma culta y debe evitarse. El femenino puede aparecer también en textos literarios, con finalidad arcaizante. Sí es normal su empleo en femenino, en países como Chile o el Ecuador, para designar cierto colorante alimentario: «Se fríe la cebolla con la color, y se añade a las lentejas» (Huneeus Cocina [Chile 1989])'.

¿Velorio o velatorio?

«Mi consulta tiene que ver con la utilización del término velorio, muy repetido luego de la muerte del doctor Raúl Alfonsín y ahora con la trágica muerte de la senadora Judith Forstmann. El DRAE da velorio como sinónimo de velatorio, pero lo asigna especialmente al caso de un niño. Para esta situación, ¿debería haberse utilizado el término velatorio por sobre velorio», pregunta Enzo Campetella.

No necesariamente. El DRAE define velorio como 'velatorio, especialmente para velar a un niño difunto', pero especialmente no significa exclusivamente. Entre nosotros, los dos sustantivos se usan de manera indistinta. Hay, sí, en el interior y en otros países de América del Sur, una ceremonia tradicional llamada velorio del angelito, con rezos y cantos, que se realiza cuando muere un niño pequeño. Antiguamente se bailaba porque se entendía que la muerte de un niño no debía llorarse, ya que, por su inocencia, su alma volaba directamente al cielo.

Con tilde

Escribe María Enriqueta Roland: «De atrevida, escribí un cuento corto para un concurso y ha sido elegido para ser publicado. Al enviarlo, el final decía: "¡Siéntense, la cena ha llegado!". Elevé mi consulta sobre si debía ser acentuada la orden o no. Dijeron que estaba bien con acento. Sigo dudando. ¿Usted qué opina?».

La respuesta que dieron es correcta. El verbo sienten no lleva tilde porque es palabra grave terminada en n, pero al añadirle el pronombre enclítico, queda formada una palabra esdrújula que, como todas las esdrújulas, debe escribirse con tilde. Cuando se agregan pronombres enclíticos, debe considerarse la palabra que queda formada y aplicar las reglas generales de tildación. Así, puede ocurrir que haya que ponerle tilde a un verbo sin tilde o quitársela al que, sin el pronombre enclítico, la lleva.

Un Nobel para Vargas Llosa

«En una nota a propósito de la muerte de Corín Tellado, publicada el sábado 11 en la edición digital, el autor se refiere a Mario Vargas Llosa como «el Nobel de Literatura». Por un momento imaginé que la Academia Sueca había adelantado la entrega del premio para el año 2009 y que, encontrándome de vacaciones aislado de las noticias, me había perdido la novedad. Supongo que el error será corregido», escribe Ezequiel Rodríguez Reimundes.

Es que a veces se habla tanto de la posibilidad de que ocurra una cosa, que uno termina convencido de que realmente ha ocurrido.

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