Noticias del español

| Judith González Ferrán (Fundéu BBVA)

«Profesora», «médica», «jueza», «pilota»…, profesiones en femenino

El femenino de las profesiones es una cuestión solo aparentemente sencilla. Las reglas gramaticales predicen muchos casos, pero no se aplican con igual regularidad a todas las palabras y, además, en este tema, como en tantos otros en lengua, entran en juego toda una serie de consideraciones sociales que muchas veces distan bastante de ser materia lingüística.

Empecemos por el que, en teoría, debería ser el caso más sencillo, la norma que prescribe que los masculinos acabados en -o hacen el femenino en -a: de maestro, maestra; de abogado, abogada. Sin embargo, pronto encontraremos que el mismo hablante que de maestro dice maestra, empleará el femenino médica con menor frecuencia que doctora y vacilará directamente al formar los femeninos de piloto o perito, aun cuando la regla es exactamente la misma en todos estos casos (maestra, abogada, doctora, médica, pilota y perita son voces igual de correctas).

Foto: ©Archivo Efe/Federico Velez

Otro gran grupo de sustantivos son los acabados en -e. La tendencia de este conjunto es la de ser comunes en cuanto al género, esto es, tener una sola forma para los dos géneros gramaticales y marcar la diferencia con los determinantes y adjetivos, como en conserje, en el que lo adecuado es hablar de el conserje y la conserje. Un subgrupo de los terminados en -e son los que terminan en -ante o –ente, procedentes de los participios de presente latinos, y que también suelen ser comunes. Es el caso, por ejemplo, de el/la dibujante.

Igualmente sucede con los acabados en -i o -u, en -ar, -er, -ir, -ur o en -l o -z (el/la maniquí, el/la gurú, el/la militar, el/la chófer, el/la sumiller, el/la ujier, el/la cónsul, etc.). Mientras que los que acaban en -or, -n y -s añaden normalmente una a (escritora, guardiana o diosa).

Como vemos, con muchas de estas terminaciones el femenino adecuado mantiene invariable la palabra y deja las marcas de género para los determinantes y adjetivos. Sin embargo, la evolución natural de muchas de estas voces es que después de ser comunes pasen a tener un forma específica para el femenino, esto es, que del masculino el juez se pase al común la juez y, de este, a la forma plenamente femenina la jueza (sin que esto implique que la forma común sea incorrecta). Opción que la gramática permite y que, desde luego, no es insólita en la vida de las palabras.

El típico argumento que se suele esgrimir en contra de esta evolución es que son voces que tienen una menor tradición y, por consiguiente, documentación en nuestra lengua. No porque esta afirmación sea cierta para algunas voces se convierte en un argumento necesariamente válido: muchos femeninos de cargos y profesiones no se empleaban sencillamente porque no había mujeres ejerciendo esos empleos. No existía, por tanto, ninguna necesidad de nombrarlos.

Foto: ©Archivo Efe/J. F. Moreno

En otros casos sí que contamos con femeninos de larga tradición en español: infanta, sirvienta, regenta, etc., llevan siglos formando parte de nuestros diccionarios. Pero formaban parte de estos lexicones con distinta fortuna: con el femenino regenta, por ejemplo, se aludía a ‘la mujer del regente’; mientras que la sirvienta sí que era ‘la que sirve’ y no ‘la mujer del que sirve’.

Gran parte de las novedades que estas voces han ido experimentando edición tras edición del diccionario han estado relacionadas no tanto con admitir como válida su morfología, lo que ya se hizo hace siglos, sino con actualizar su significado. Presidenta, por ejemplo, que figura recogida desde 1803, tiene ya hoy como primera acepción ‘que preside’ y no ‘mujer del presidente’, como se definía en primer lugar entonces.

Sin embargo, estos datos están muy lejos de zanjar la cuestión. Son muchas las voces que hoy en día se alzan en contra de la feminización de los cargos: algunos aducen supuestas razones de morfología histórica (curiosamente lo hacen en contra de femeninos como presidenta, pero no en contra de sirvienta o parturienta); otros ven en estas formas un ejemplo más de la corrupción del español (sí, les voy a dar unos segundos para que digan, como siempre, «entonces tendremos que decir estudianta y cantanta, ¡adónde vamos a llegar!»); otros, y otras, conocen la forma en femenino y saben que es adecuada, pero no la emplean («yo soy arquitecto, ingeniero, médico; no arquitecta, ni ingeniera, ni médica, que me suena raro»).

Pues yo soy filóloga y desde la Fundación del Español Urgente trabajamos por ofrecer una forma en femenino, una alternativa válida para quien la quiera porque creemos que es tarea de todos normalizar estos términos, usándolos con confianza en la lengua y con respeto por las personas que hay detrás.

El masculino genérico es, desde luego, otra cuestión, pero, en lo que aquí nos atañe, nombrar a las mujeres con las formas masculinas de las profesiones y cargos configura en la mente del receptor un panorama que no siempre es el más ajustado a la realidad. Hace tan solo unos días el estudio de arquitectura catalán RCR ganó el prestigioso premio Pritzker. La mayoría de los medios titularon «Los arquitectos catalanes recibirán el Pritzker, considerado el Nobel de la Arquitectura», «Los arquitectos catalanes Aranda, Pigem y Vilalta, Premio Pritzker 2017» o «El jurado premia por primera vez a tres arquitectos españoles». Permítanme una pregunta: ¿al leer estos titulares han imaginado a una mujer entre los tres galardonados? No se preocupen, por fortuna la noticia llevaba foto. Y es que a veces, sobre todo para los más inmovilistas, una imagen vale, en efecto, más que mil palabras.

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